Se viene hablando mucho de los ajustes en la prensa escrita, en cualquier programa que uno ponga en la radio o en la televisión y, especialmente, en este blog. Comparto la idea de que la política de ajuste sobre ajuste que está impulsando el Gobierno de Rajoy, de la mano de algunos dirigentes de Europa (me da vergüenza decir Unión), no sólo sirve ya para retrasar una recuperación que cada vez vemos más lejana, sino que todo apunta a que no nos va a sacar del atolladero.
Pero, más allá de lo económico, pienso que el ajuste busca un cambio de modelo en nuestro país. Pienso que el ajuste es sobre todo ideológico. En tres sentidos, en el social, en el institucional y en lo discursivo.
Es incuestionable, en primer lugar, que asistimos a un ajuste ideológico en lo social. El Gobierno Rajoy, entusiásticamente apoyado por su recién conseguido poder autónómico, se estrenó cargándose sin pestañear la dependencia, el aún no consolidado cuarto pilar del Estado del Bienestar. Posteriormente, celebró sus primeros 4 meses de mandato, dando un paso atrás de 40 años en cuanto a los derechos de los trabajadores y la función del sindicalismo en España, con la aprobación de la Reforma Laboral. Y en las últimas semanas, ha dado a conocer los recortes en Educación y Sanidad, unos recortes que además de suponer una pérdida en la calidad de la prestación de los servicios básicos, son un paso decidido hacia el fin de su universalidad.
Mi generación, no ha conocido un país sin sindicatos que velasen por el mantenimiento de unas condiciones laborales más o menos dignas, ni sin derecho a recibir educación básica o ser atendido en un centro de salud, al margen de la familia en la que hubiéramos nacido. Pero esto no significa que no lo vayamos a conocer. Y esto supone un cambio sustancial de modelo.
En segundo lugar, estamos ante un ajuste ideológico en lo institucional. Hace ya más de dos años, asistí a un curso que organizaba la Universidad de Alcalá. El curso se llamaba "El reto de la competitividad de la economía española", lo dirigió Rodrigo Rato y lo coordinó Juan Costa, y contó con la presencia de empresarios de primer nivel como el entonces Consejero Delegado de Zara, Pablo Isla, o el Presidente de AC Hoteles, Antonio Catalán, además de con relevantes miembros del Gobierno socialista. Una mayoría de la cincuentena de políticos (diputadados, senadores, parlamentarios autonómicos) que asistieron a aquel curso, pertenecían al PP y había una nutrida representación de CíU y el PNV. La representación del PSOE fue raquítica, apenas 3 ó 4 parlamentarios autonómicos.
En aquel curso, la clave para mejorar la competitividad, por lo visto, era la "inexcusable" necesidad de cambio del modelo de Estado. Se hablase de lo que se hablara, siempre salía a relucir esta necesidad. Era una auténtica obsesión. El Estado de las Autonomías - se decía - rompía la unidad de mercado, la condición necesaria para sacar al país de una crísis que aún no conocíamos al completo, ya que ni siquiera nos había presentado a su prima.
En nuestros días, la forma en la que, por ejemplo, el Gobierno ha planteado los recortes en Sanidad y Educación, viene a coincidir con la visión que se expresaba en aquel maldito curso. Es igual que las Autonomías (unas más que otras) hayan hecho una gestión eficiente de sus competencias en esta materia. Es igual que existan mecanismos de coordinación interterritorial y órganos para el acuerdo entre el Estado y las Comunidades Autónomas. Más allá de los recortes económicos, es igual que hayamos vivido 30 años ininterrumpidos de progreso e igualación en las condiciones de vida de los ciudadanos del país gracias, entre otras cosas, al Estado Autonómico. Es igual. Y esto también significa un cambio de modelo.
Y en tercer lugar, considero que también empieza a tomar cuerpo un ajuste ideológico en lo discursivo. Un ajuste tan peligroso, al menos, como los dos anteriores. Ya en la campaña electoral, el candidato Rajoy deslizó más de alguna propuesta con tintes xenófobos, cuando se refería al excesivo volumen de personas inmigrantes que habíamos recibido en los últimos años o que hacían uso de los servicios públicos "de los españoles". Pero nunca como en los últimos tiempos hemos asistido a medidas concretas, que parecen encaminadas a propiciar la segregación y una mayor excitación de las bajas pasiones que todos llevamos dentro. ¿Es que acaso piensa el Gobierno que van a dejar los médicos de atender a una persona inmigrante que llegue a una consulta con síntomas evidentes de alguna enfermedad contagiosa? ¿O acaso soluciona algún problema en la sanidad pública dejar como única opción para estas personas la asistencia en urgencias? No, radicalmente, no. Lo que sí hacen estas medidas, es poner una alfombra roja a laprivatización a plazos (cada vez más cortos) de la sanidad en nuestro país.
Y estas medidas, vamos al ajuste discursivo, están siendo bien acompañadas por campañas públicas del partido que, a mi juicio, rozan lo inconstitucional, afuer de resultar indecentes. Sirva como ejemplo la campaña lanzada por el PP en Bilbao, en la que se denuncia que el Reglamento de Viviendas "favorece al colectivo de inmigrantes". "Primero los de Bilbao", se llama la campaña. "Primero los griegos" ha sido el eslogan que ha llevado al Parlamento griego al partido neofascista Amanecer Dorado. Y esto, también busca un cambio de modelo.
Dos ejes de acción: combatir el triple ajuste y estar en la calle
Dicho esto, cabría preguntarse si está (estamos) preparada la socialdemocracia de nuestro país para combatir este triple ajuste? ¿Cómo debe (debemos) hacerlo? Supongo que si lo supiera, estaría también escribiéndolo en este blog, pero, a buen seguro, desde un lugar diferente del que estoy en estos momentos.
De cualquier modo (y sirva esto para el debate en el foro abierto que pretende ser "Ezkerretik Ekintza - Con Mano Izquierda"), pienso que nuestra acción debe basarse en un doble eje.
Por un lado, debemos ofrecer alternativas creíbles ante el ajuste ideológico-económico. No podemos resignarnos ante la máxima del "no hay otra alternativa", porque la hay, las hay:
- Podemos y debemos construir una alternativa fiscal en nuestro país, que nos permita sostener los servicios públicos del Estado del Bienestar garantizando su universalidad. Y para ello, debemos hacer que sea más justa. La gente que está en nómina en España - un trabajador de la manufactura - paga menos impuestos que lo que se paga en Suecia (26 puntos menos) o que lo que se paga como media en la UE-15 (14 puntos menos). Pero observamos lo que pagan personas más adineradas - el 1% de personas con rentas superiores - la diferencia es mucho mayor (80 puntos menos que en Suecia y 50 menos que la media UE-15). ¿Alguien se atreve a decir que nuestra fiscalidad no diferencia entre clases sociales? Pues pongámonos a ello, porque utilizando proyecciones del profesor Vicenç Navarro, si España tuviera la fiscalidad de Suecia, el Estado ingresaría 200.000 millones más, con los que se podrían crear 5 millones de puestos de trabajo, haciendo que se multiplicara por 4 el número de empleados destinados a la garantización de los servicios del Estado del Bienestar.
- Podemos y debemos defender el Estado de las Autonomías (en nuestro caso particular, el Autogobierno vasco), proponiendo una reforma del mismo, haciendo una revisión crítica de las luces y sombras que ha arrojado en los últimos 30 años, que avance hacia una mayor federalización, valorando y replanteando el actual reparto competencial, creando una Cámara territorial, etc. Sólo quienes creen en el sistema, plantean su reforma. Por eso es necesario poner una alternativa encima de la mesa ya.
- Y podemos y debemos combatir el ajuste discursivo hacia el extremismo al que se nos quiere someter. Para garantizar la sanidad a las personas sin tarjeta, bastaría con recortar (levemente) el gasto en equipamiento militar. Pero para combatir el discurso xenófobo hace falta algo más, hace falta recuperar algo básico. Yo no reniego de ser quién soy, de ser hijo de quienes soy y de venir de donde vengo. Y como partido tampoco deberíamos hacerlo nunca. En demasiadas ocasiones en los últimos tiempos, he sentido que lo hacíamos, que renegábamos de ser quienes éramos. Porque sólo desde ese prisma, podría entenderse que a veces hayamos renunciado a defender lo que siempre hemos defendido: la dignidad de las personas, la igualdad de oportunidades para los más humildes. Y de aquellos polvos, estos lodos, porque (otra convicción profunda) creo que la gente, comparta o no tus propuestas, castiga a quien reniega de sí mismo.
Por otro lado, y para finalizar, debemos prestar atención a la calle... Qué digo! Debemos estar en la calle! Mientras se siguen escuchando en boca de responsables de la izquierda frases del tipo "esa no es nuestra gente", "es un movimiento que se creó para desalojarnos del gobierno", o "no tienen ni idea", 8 de cada 10 votantes socialistas, coinciden con los objetivos que plantea el movimiento 15-M. Pienso que debemos ser capaces de liderar a la sociedad, se encuentre ésta donde se encuentre, en las fábricas, en las instituciones o en la calle. Porque o la lidera la socialdemocracia, o corremos el riesgo de que sea liderada por el populismo. Y el populismo, puede tener su origen en la izquierda, pero acabar en la derecha más extrema. Ejemplos nos ofrece la historia reciente.
Iremos viendo.
PD. Un homenaje. El acojono que sentí al volver del curso de Galicia, quedó en nada tras ver vídeos como el que me envió el otro día un amigo que está en cama y a quien, desde aquí, deseo una pronta recuperación:
Escrito por Óscar Rodríguez Vaz: oscarrodriguezvaz@gmail.com
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domingo, 20 de mayo de 2012
jueves, 17 de mayo de 2012
Algo tiene que cambiar para que todo siga igual
“Algo tiene que cambiar para que todo siga igual”. La frase es de “El Gatopardo”, la astronómica novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa que el director Luchino Visconti tuvo la osadía y el acierto de convertir en película en 1963. La obra se construye a base de los magistrales soliloquios (mediante epigramas como el que abre este texto) de Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina, encarnado en el filme por Burt Lancaster; reflexiones estructuradas, conducidas y aunadas gracias al engrudo de una lucidez tan diabólica como aleccionadora. El personaje, jaque de la rancia nobleza italiana, asiste al cambio social prendido a los vientos de la revolución garibaldina y reflexiona sobre el encaje en ellos de la vieja aristocracia a la que él representa; eran los momentos en que la burguesía se abría camino, marcando los estertores del Antiguo Régimen. La conclusión a la que llega el patricio es que, a la sazón, la lucha de los azulones debía centrarse en lograr que, aunque de forma subrepticia, el sistema siguiera bajo su control. Un control no ejercido de forma directa, sino mediante marionetas de las nuevas clases mercantiles, con las que los jóvenes nobles (encarnados en el filme por el sobrino del tiufado) se apresuraron a unirse mediante ventajosos matrimonios.
Estrategia de mimetismo
¿Y a qué demonios –se preguntará el lector- viene todo esto? Pues viene, porque la reflexión del noble de ficción sirve también como resumen y diagnóstico de la crisis socialdemócrata. Los que nos encuadramos en la familia izquierdista, característica de la democracia occidental, a mi entender, hemos tenido las mismas opciones que una familia de esquimales en Almería, a saber: o tornar el abrigo por unas bermudas, o volvernos cagando leches al Ártico. Lo que no es viable es ir de esquimal en las tórridas colinas sureñas. O bien nuestra ideología o bien el sistema tenían que cambiar. Al final se ha optado por travestirse y aceptar el sistema de derechas como si este formara parte del ADN occidental. Lo que no se ha previsto es lo obvio: que era el sistema el que no funcionaba. El Partido Socialista Obrero Español se ha dotado de las bermudas del liberalismo sólo para ver cómo, con la crisis, ha acabado nevando en el desierto. El chaparrón nos ha pillado disfrazados de neocons y ahí radica nuestra mayor tragedia: no se trata de perder escaños, sino de perder la fe, la vergüenza, la razón de ser. ¿Posibilismo? No, lo que ha tenido la familia socialdemócrata es ceguera. En muchos países europeos, España entre ellos, en vez de frenar el sistema de empacho en masa orquestado por el liberalismo económico, los gobiernos de izquierdas han preferido tirar de las mismas ubres demostrando una visión cobarde y cortoplacista, que, a la postre, lo que ha hecho es abocar a todo Occidente al desastre. De la derecha democristiana no podemos esperar más reacción que la de aceite de ricino, admoniciones maniqueas, populismo xenófobo y rezos periódicos a los santos de la economía. En ellos no habrá reflexión y se aferrarán al sistema como lo hicieron los soviéticos al suyo: y como ellos se hundirán, recalcitrantes como el capitán del Titanic. Porque, si, como se demostró en los 80, el comunismo era inviable, hoy nos damos cuenta de que el liberalismo también lo es. Inviable económica y moralmente y, lo que es peor, insostenible desde un punto de vista ecológico.
Ahora bien, ¿cómo no lo vemos claro desde la izquierda? En algún momento dado, el Orbe entero se derechizó; los estados retrocedieron frente a las multinacionales y los demiurgos de las finanzas jaquearon el sistema operativo. La estrategia socialdemócrata se basó en el mimetismo. Competir con la derecha derechizándose y con los nacionalismos étnicos, remozando el discurso con el invento del vasquismo. ¿Puede un vasco ser vasquista? ¿Puede ser un escocés escocesista? Así solo se logra que hedamos a complejos, a derrota, a descreimiento en nuestra propia forma de ser y sentir. Somos los indios con gorro tejano, los negros que se alisan el pelo y se clarean la piel y los gatitos que aúllan a la luna. No podemos competir con la derecha, sea española o vasca, con su propio discurso y en su propio terreno. Estamos viendo el resultado de semejante estrategia. El público no es idiota. La gente ha procesado que para hacer políticas de derechas será mejor un neocon que un socialista. Lo mismo que para pescar una trucha es mejor una caña que un revólver. Si de ser “más vasco” se trata, mejor los apóstoles de los ocho apellidos y el RH negativo que un vasco vasquista, que se queda en tierra de nadie, bajo las botas de los chicos de la super-raza, sea esta española de Guzmanes o vasca de Ibarretxes. Para visiones miopes del mundo ya está la carcunda de PeNuVeros y PePitos, que agitan los mismos avisperos con distintos colores. Y las cosas no mejoran si, como se ha venido haciendo, se hacen políticas de derechas intentando enmascararlas con gestos vacuos de populismo buenista, que además de ser caros e inútiles, son percibidos por muchos como un insulto a la inteligencia.
Falta de relevo generacional
Explicada la crisis de valores, creo el momento de abordar una circunstancia que, al parecer, ha sido pasada por alto: la falta de relevo generacional, que -según quien esto escribe- es debida al conflicto y la falta de entendimiento entre el poder socialista y las juventudes del electorado. Los antropólogos suelen decir que las revoluciones y los grandes cambios funcionan si se consigue convencer a los jóvenes de entre 20 y 35 años de que tal evolución es necesaria.
Así pasó en la Transición, cuando un movimiento liderado y sustentado por jóvenes se comprometió con un cambio necesario. Lo malo es que esa misma generación sigue en el poder. No han sabido o no han querido dejar el espacio a las nuevas generaciones. Y esto tiene su efecto, como se ha visto en los movimientos del 15-M. No cabe duda de que muchos jóvenes –la mayoría de izquierdas- dejaron de percibir a la cúpula de la socialdemocracia como representantes de sus valores. En aquel momento se fraguó un cambio que, no nos engañemos, afectó a las izquierdas y no a las derechas. Las acampadas de Sol, con un Zapatero todavía en el poder, evidenciaron la falta de conexión entre una troika envejecida y acomodada (sin importar su papel, su trabajo o el merecimiento de este acomodo) y la juventud española de izquierdas; y esto es una mala noticia si de cambiar algo se trata.
Todos sabemos –excepciones gloriosas a parte-, por lógica puñetera, que un joven sin trabajo ni propiedades, tiene más energía y menos miedo al cambio que un madurón con dos casas y dos coches, además de un trabajo que le roba casi todas las horas del día. No se trata de juzgar a las generaciones, cada una tiene su papel. Mucho menos a los individuos. Pero es un hecho evidente que, a día de hoy, la socialdemocracia en general y el PSOE en concreto, no han sabido sustentar un movimiento joven sino todo lo contrario: se enrocan en un liderazgo, ejercido masivamente (no en un caso concreto, lo que sería normal) por generaciones que ya no contactan con los nuevos tiempos representados por la juventud. Y el problema no es fácil de solucionar. Porque, si los venerables se creen imprescindibles, los alevines se han acomplejado y no se ven capaces (ni les interesa) de participar en política. La pescadilla, una vez más, se muerde la cola. Y así nos luce el pelo.
La crisis vista como oportunidad
Decía Jordi Pigem, doctor en Filosofía y autor del libro Buena crisis. Hacia un mundo posmaterialista: "Parto del término médico de crisis, que no es otra cosa que el momento crítico en el que una enfermedad empeora o mejora. La crisis puede ser una oportunidad de sanación". "Ahora toca cambio –añade-, y eso atañe a nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Ni el egoísmo ni la codicia funcionan. La tendencia que está creciendo con más rapidez en estos momentos es la de la generosidad, se manifiesta en la banca ética, en la cantidad de ONG que funcionan en el mundo, en el comercio justo, en redes sociales preocupadas por compartir... Y todo se articula dentro de una visión del mundo en el que las personas no estamos por encima de la naturaleza. No se puede volver a donde estábamos porque no es sostenible".
Lo que viene a decir que vamos a cambiar nos guste o no, gracias al sistema más viejo y efectivo: a base de palos. La derecha también va a cambiar, pero, dada su proverbial incapacidad de mutación, lo hará cuando hayamos cruzado la línea de no retorno. Por eso, la izquierda es más necesaria que nunca. ¿Está en crisis la izquierda porque ya no tiene cabida? Nunca ha sido más necesaria. Sólo la izquierda puede frenar el suicidio obsceno y colectivo al que está abocada la humanidad. Sólo la izquierda puede liderar el movimiento verde, la integración intercultural, la ruta hacia una recuperación del papel de los Estados frente a los bancos.
En el caso concreto del partido socialista, creo que la pérdida del poder no sólo no es una mala noticia, sino que es la única posibilidad que nos queda de encontrar nuestro papel. Me comentó una vez un cubano que trabajaba en una granja de cocodrilos, que, para que estos no atacaran durante una exhibición ante turistas, había que tenerlos bien cebados. Empachados perdían toda voluntad de acción. Lo mismo se puede achacar al PSOE. Por eso creo que es una buena noticia que estemos otra vez en la calle, en el asfalto, con el populacho. Que es donde el socialismo siempre se ha sentido cómodo. Estamos en el bosque y somos lobos, aunque, eso sí, necesitaremos un tiempo para perder los michelines que la domesticación nos ha generado. Porque tenemos dos opciones. O nos tumbamos y morimos de inanición, o nos ponemos las pilas y nos vamos de caza.
Recuperar la juventud, recuperar la calle
Las crisis, decíamos, pueden ser oportunidades. Son termómetros que miden el nivel de fiebre del paciente. Con la crisis empezarán las reacciones de una ciudadanía poco proclive a al movimiento mientras la vaca da leche. Pero como ya no es el caso, la indignación, el sufrimiento y la desesperación van a menudear en nuestras calles. Y allí tendrá que estar el Partido Socialista. Porque hemos perdido las calles, que es de donde nunca debimos salir. Incluso los nazis (y la izquierda abertzale) lo entendieron. Los primeros repartían pan y daban esperanza a los alemanes en el durísimo periodo de entreguerras; el pueblo los vio como salvadores y subieron como la espuma. Los bildutarras siempre han trabajado sobre la juventud y ahora amenazan a un aburguesado y fofo PNV al que le está pasando lo mismo que a la familia socialista.
Por eso digo: estemos ahí, en la calle. Asesorando, escuchando y apoyando; a las personas que se queden sin casa, a los obreros en paro, a los ancianos, a los inmigrantes en estado de indefensión. Engrosemos (esto no puede esperar) el aparato y el activismo de las juventudes. Preparemos actos continuos y visibles y que la ciudadanía sepa que estamos ahí. Lideremos (no se trata de ya de gestos de cara a la galería) el moviendo verde y las políticas de sostenibilidad. Montemos saraos culturales, habilitemos espacios para los artistas, llevemos gente a todos los ámbitos de preocupación ciudadana. Ayudemos a la sociedad, no con dinero, sino con trabajo, ilusión y presencia. Acompañemos a la gente, sostengámosla. Ahora podemos, porque, perdido el poder, estamos otra vez en la calle. Ahora debemos porque se nos necesita; porque es nuestra obligación y porque, si no actuamos, lo harán otros y las alternativas -Bildu, el Frente Nacional de Marine Le Pen, etc.-, ya sabemos qué quieren y a dónde nos llevan. Ahora es el momento de que algo cambie para que todo siga igual, para que el socialismo recupere su papel. Ahora o nunca.
Escrito por Domingo Escandela
Estrategia de mimetismo
¿Y a qué demonios –se preguntará el lector- viene todo esto? Pues viene, porque la reflexión del noble de ficción sirve también como resumen y diagnóstico de la crisis socialdemócrata. Los que nos encuadramos en la familia izquierdista, característica de la democracia occidental, a mi entender, hemos tenido las mismas opciones que una familia de esquimales en Almería, a saber: o tornar el abrigo por unas bermudas, o volvernos cagando leches al Ártico. Lo que no es viable es ir de esquimal en las tórridas colinas sureñas. O bien nuestra ideología o bien el sistema tenían que cambiar. Al final se ha optado por travestirse y aceptar el sistema de derechas como si este formara parte del ADN occidental. Lo que no se ha previsto es lo obvio: que era el sistema el que no funcionaba. El Partido Socialista Obrero Español se ha dotado de las bermudas del liberalismo sólo para ver cómo, con la crisis, ha acabado nevando en el desierto. El chaparrón nos ha pillado disfrazados de neocons y ahí radica nuestra mayor tragedia: no se trata de perder escaños, sino de perder la fe, la vergüenza, la razón de ser. ¿Posibilismo? No, lo que ha tenido la familia socialdemócrata es ceguera. En muchos países europeos, España entre ellos, en vez de frenar el sistema de empacho en masa orquestado por el liberalismo económico, los gobiernos de izquierdas han preferido tirar de las mismas ubres demostrando una visión cobarde y cortoplacista, que, a la postre, lo que ha hecho es abocar a todo Occidente al desastre. De la derecha democristiana no podemos esperar más reacción que la de aceite de ricino, admoniciones maniqueas, populismo xenófobo y rezos periódicos a los santos de la economía. En ellos no habrá reflexión y se aferrarán al sistema como lo hicieron los soviéticos al suyo: y como ellos se hundirán, recalcitrantes como el capitán del Titanic. Porque, si, como se demostró en los 80, el comunismo era inviable, hoy nos damos cuenta de que el liberalismo también lo es. Inviable económica y moralmente y, lo que es peor, insostenible desde un punto de vista ecológico.
Ahora bien, ¿cómo no lo vemos claro desde la izquierda? En algún momento dado, el Orbe entero se derechizó; los estados retrocedieron frente a las multinacionales y los demiurgos de las finanzas jaquearon el sistema operativo. La estrategia socialdemócrata se basó en el mimetismo. Competir con la derecha derechizándose y con los nacionalismos étnicos, remozando el discurso con el invento del vasquismo. ¿Puede un vasco ser vasquista? ¿Puede ser un escocés escocesista? Así solo se logra que hedamos a complejos, a derrota, a descreimiento en nuestra propia forma de ser y sentir. Somos los indios con gorro tejano, los negros que se alisan el pelo y se clarean la piel y los gatitos que aúllan a la luna. No podemos competir con la derecha, sea española o vasca, con su propio discurso y en su propio terreno. Estamos viendo el resultado de semejante estrategia. El público no es idiota. La gente ha procesado que para hacer políticas de derechas será mejor un neocon que un socialista. Lo mismo que para pescar una trucha es mejor una caña que un revólver. Si de ser “más vasco” se trata, mejor los apóstoles de los ocho apellidos y el RH negativo que un vasco vasquista, que se queda en tierra de nadie, bajo las botas de los chicos de la super-raza, sea esta española de Guzmanes o vasca de Ibarretxes. Para visiones miopes del mundo ya está la carcunda de PeNuVeros y PePitos, que agitan los mismos avisperos con distintos colores. Y las cosas no mejoran si, como se ha venido haciendo, se hacen políticas de derechas intentando enmascararlas con gestos vacuos de populismo buenista, que además de ser caros e inútiles, son percibidos por muchos como un insulto a la inteligencia.
Falta de relevo generacional
Explicada la crisis de valores, creo el momento de abordar una circunstancia que, al parecer, ha sido pasada por alto: la falta de relevo generacional, que -según quien esto escribe- es debida al conflicto y la falta de entendimiento entre el poder socialista y las juventudes del electorado. Los antropólogos suelen decir que las revoluciones y los grandes cambios funcionan si se consigue convencer a los jóvenes de entre 20 y 35 años de que tal evolución es necesaria.
Así pasó en la Transición, cuando un movimiento liderado y sustentado por jóvenes se comprometió con un cambio necesario. Lo malo es que esa misma generación sigue en el poder. No han sabido o no han querido dejar el espacio a las nuevas generaciones. Y esto tiene su efecto, como se ha visto en los movimientos del 15-M. No cabe duda de que muchos jóvenes –la mayoría de izquierdas- dejaron de percibir a la cúpula de la socialdemocracia como representantes de sus valores. En aquel momento se fraguó un cambio que, no nos engañemos, afectó a las izquierdas y no a las derechas. Las acampadas de Sol, con un Zapatero todavía en el poder, evidenciaron la falta de conexión entre una troika envejecida y acomodada (sin importar su papel, su trabajo o el merecimiento de este acomodo) y la juventud española de izquierdas; y esto es una mala noticia si de cambiar algo se trata.
Todos sabemos –excepciones gloriosas a parte-, por lógica puñetera, que un joven sin trabajo ni propiedades, tiene más energía y menos miedo al cambio que un madurón con dos casas y dos coches, además de un trabajo que le roba casi todas las horas del día. No se trata de juzgar a las generaciones, cada una tiene su papel. Mucho menos a los individuos. Pero es un hecho evidente que, a día de hoy, la socialdemocracia en general y el PSOE en concreto, no han sabido sustentar un movimiento joven sino todo lo contrario: se enrocan en un liderazgo, ejercido masivamente (no en un caso concreto, lo que sería normal) por generaciones que ya no contactan con los nuevos tiempos representados por la juventud. Y el problema no es fácil de solucionar. Porque, si los venerables se creen imprescindibles, los alevines se han acomplejado y no se ven capaces (ni les interesa) de participar en política. La pescadilla, una vez más, se muerde la cola. Y así nos luce el pelo.
La crisis vista como oportunidad
Decía Jordi Pigem, doctor en Filosofía y autor del libro Buena crisis. Hacia un mundo posmaterialista: "Parto del término médico de crisis, que no es otra cosa que el momento crítico en el que una enfermedad empeora o mejora. La crisis puede ser una oportunidad de sanación". "Ahora toca cambio –añade-, y eso atañe a nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Ni el egoísmo ni la codicia funcionan. La tendencia que está creciendo con más rapidez en estos momentos es la de la generosidad, se manifiesta en la banca ética, en la cantidad de ONG que funcionan en el mundo, en el comercio justo, en redes sociales preocupadas por compartir... Y todo se articula dentro de una visión del mundo en el que las personas no estamos por encima de la naturaleza. No se puede volver a donde estábamos porque no es sostenible".
Lo que viene a decir que vamos a cambiar nos guste o no, gracias al sistema más viejo y efectivo: a base de palos. La derecha también va a cambiar, pero, dada su proverbial incapacidad de mutación, lo hará cuando hayamos cruzado la línea de no retorno. Por eso, la izquierda es más necesaria que nunca. ¿Está en crisis la izquierda porque ya no tiene cabida? Nunca ha sido más necesaria. Sólo la izquierda puede frenar el suicidio obsceno y colectivo al que está abocada la humanidad. Sólo la izquierda puede liderar el movimiento verde, la integración intercultural, la ruta hacia una recuperación del papel de los Estados frente a los bancos.
En el caso concreto del partido socialista, creo que la pérdida del poder no sólo no es una mala noticia, sino que es la única posibilidad que nos queda de encontrar nuestro papel. Me comentó una vez un cubano que trabajaba en una granja de cocodrilos, que, para que estos no atacaran durante una exhibición ante turistas, había que tenerlos bien cebados. Empachados perdían toda voluntad de acción. Lo mismo se puede achacar al PSOE. Por eso creo que es una buena noticia que estemos otra vez en la calle, en el asfalto, con el populacho. Que es donde el socialismo siempre se ha sentido cómodo. Estamos en el bosque y somos lobos, aunque, eso sí, necesitaremos un tiempo para perder los michelines que la domesticación nos ha generado. Porque tenemos dos opciones. O nos tumbamos y morimos de inanición, o nos ponemos las pilas y nos vamos de caza.
Recuperar la juventud, recuperar la calle
Las crisis, decíamos, pueden ser oportunidades. Son termómetros que miden el nivel de fiebre del paciente. Con la crisis empezarán las reacciones de una ciudadanía poco proclive a al movimiento mientras la vaca da leche. Pero como ya no es el caso, la indignación, el sufrimiento y la desesperación van a menudear en nuestras calles. Y allí tendrá que estar el Partido Socialista. Porque hemos perdido las calles, que es de donde nunca debimos salir. Incluso los nazis (y la izquierda abertzale) lo entendieron. Los primeros repartían pan y daban esperanza a los alemanes en el durísimo periodo de entreguerras; el pueblo los vio como salvadores y subieron como la espuma. Los bildutarras siempre han trabajado sobre la juventud y ahora amenazan a un aburguesado y fofo PNV al que le está pasando lo mismo que a la familia socialista.
Por eso digo: estemos ahí, en la calle. Asesorando, escuchando y apoyando; a las personas que se queden sin casa, a los obreros en paro, a los ancianos, a los inmigrantes en estado de indefensión. Engrosemos (esto no puede esperar) el aparato y el activismo de las juventudes. Preparemos actos continuos y visibles y que la ciudadanía sepa que estamos ahí. Lideremos (no se trata de ya de gestos de cara a la galería) el moviendo verde y las políticas de sostenibilidad. Montemos saraos culturales, habilitemos espacios para los artistas, llevemos gente a todos los ámbitos de preocupación ciudadana. Ayudemos a la sociedad, no con dinero, sino con trabajo, ilusión y presencia. Acompañemos a la gente, sostengámosla. Ahora podemos, porque, perdido el poder, estamos otra vez en la calle. Ahora debemos porque se nos necesita; porque es nuestra obligación y porque, si no actuamos, lo harán otros y las alternativas -Bildu, el Frente Nacional de Marine Le Pen, etc.-, ya sabemos qué quieren y a dónde nos llevan. Ahora es el momento de que algo cambie para que todo siga igual, para que el socialismo recupere su papel. Ahora o nunca.
Escrito por Domingo Escandela
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