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domingo, 24 de junio de 2012

La violencia es el recurso de los incompetentes

Mineros en lucha
Mineros en lucha (Fuente: Finanzas.com)
  

El gobierno quiere eliminar las subvenciones a la minería. Oooootro recorte más... Esto supondría el cierre de las minas, y por lo tanto, la pérdida de empleos y el abandono de regiones enteras, donde sus habitantes dejarían de trabajar (tanto de manera directa como indirecta). Por eso, los mineros están en pie de guerra (literalmente).

Lo cual parece lógico, si tenemos en cuenta el nulo futuro al que lleva el gobierno de Rajoy a familias y pueblos enteros.

Y sí, estoy a favor de esta subvención a la minería; igual que apoyo la subvención a otras tantas actividades de interés para el país y (sobre todo) para sus paisanos como ganadería, la agricultura, la pesca, los automóviles, la I+D, ¡hasta la energía nuclear! (esa última no la apoyo, pero sí se subvenciona).

Sin embargo, no puedo estar de acuerdo en los métodos de protesta de los mineros.


La violencia no es éticamente aceptable

La violencia no es eficaz, porque "la violencia da la espalda a la esperanza". La violencia no es en absoluto ninguna solución contra la violencia de unos tiranos y contra la violencia de los mercados. Ninguna sociedad avanza con violencia, al contrario, involuciona. Por eso no es eficaz la violencia. 

La indignación, el enfado, el cabreo, todos esos sentimientos, se deben canalizar hacia otras vías que permitan a todos los seres humanos hacer efectivos sus derechos humanos (que son inalienables por muy alta que sea la causa) y hacer que la sociedad avance en paz y en libertad para todos y cada unos de sus integrantes.

Porque ¿Quien puede poner precio a los derechos de otra persona (del antidisturbios, del gobernante, del minero)? ¿Quien valora y como valora los "daños colaterales" que esta violencia genera? ¿En que punto se puede considerar que el trabajo de uno mismo está por encima del trabajo de otros?

La violencia no es útil para la causa

El interés mediático en la violencia
El interés mediático en la violencia
En pleno siglo XXI las formas de protestan decimonónicas no afectan al patrón, ni al gobierno, ni a las élites. Les resbala. Una predada más, una cohete menos, un antidisturbios arriba o uno abajo, no influyen más a la opinión pública que otras acciones bien dirigidas mediáticamente.

Claro, los medios de comunicación prefieren un charquito de sangre para ilustrar la noticia.  Y eso lo da una buena algarada. Una buena barricada ardiendo con humo negro también es válido. Violencia en general, vamos. Pero el problema es que la noticia pasa a ser el charquito de sangre, no la reinvindicación original.

Un antidisturbios herido no afecta al gobierno, que puede mandar mil más. Una carretera cortada no afecta a nadie más que al currela que tiene que ir a su puesto de trabajo.

Por eso, la violencia no es efectiva.

La violencia ni es ética ni es efectiva

Y no, no digo que los mineros se queden callados y aguanten. Ni tampoco se lo digo a los ciudadanos que sufrimos recortes en sanidad, en educación, en libertades, en infraestructuras, en servicios... Hay otras maneras de protestar, que incluso son más dañinas para el gobierno de turno; hablo de boikots, hablo de insumisión fiscal, hablo de manifestaciones, de ruido social, de generar opinión pública contraria al gobierno, de visibilización permanente del cabreo, de huelgas, de paralización de servicios gubernamentales...


Pero la violencia, no.

martes, 5 de junio de 2012

De borrachos que buscan llaves bajo la farola

Chicas, chicas: agarraros que vienen curvas. En el hipotético caso de que pagáramos todos, el agujerito del esperpento Bankia nos va a salir, cuanto menos, a más de 500 euritos por barba. Y ya hemos asumido — bravo por la manipulación a la que se nos somete— que así ha de ser. En fin, Gora Islandia! Ojala sólo sean éstos 500, porque visto el carrusel de trolas con las que el chiringuito patrio nos inunda a diario, a saber qué novedad chusca ocupará los titulares de mañana.

Corren ríos de tinta más o menos bien documentados que dan muchas perspectivas de lo que está pasando en Bankia en particular y en el sufriente paisito en general. Los análisis que diagnostican la situación tratan de explicarnos lo que ha pasado y nos está pasando. La verdad, es que ningún achuchón o taran-tantán sistémico anterior del capitalismo habrá tenido tanta cobertura mediática y ciudadana como el síncope por el que transitamos. Luego felicitémonos al menos porque la ciudadanía — aunque se la estén calzando—, por lo menos está informada. (Es harina de otro costal el que lleguemos a entender realmente el tejemaneje que se ha urdido a lo largo de la acción de muchos años; pero bueno).

A la luz de lo que leemos y escuchamos, asusta que, por un lado, las recetas, tratamiento y estrategias que se barajan para nuestro paisito prometen más que el sangre, sudor y lágrimas churchilianos: un cambio de reglas de juego en toda regla, una involución democrática al cubo y una ruptura de facto del contrato social; y acojona, que por otro lado, desde la democracia liberal no seamos capaces de estructurar una alternativa al paradigma económico, ecológico, social y político capitalista actualmente imperante en la piel de toro y que nos ha traído hasta esta zozobra colectiva.

El deseo.

Me pregunto si será posible aspirar a nuevas políticas económicas, nuevos valores económicos, salirnos del capitalismo desde las instituciones democráticas liberales. Desde luego, es necesario. Porque ya se nos ha caído la venda de los ojos y vemos que otros caminos son necesarios. ¿Acaso podemos esperar honestamente que el turbocapitalismo tecnocrático hiperacelerado global en el que estamos nos sirva como herramienta para hacer personas ciudadanas libres con plenos derechos? Sabemos que no sirve y que su deriva nos lleva hacia un estadio bien diferente. Lo que no sabemos es cómo superarlo y trascenderlo.

Las democracias liberales están siendo fagocitadas y metamorfoseadas por una loca máquina omnicomprensiva hiperproductivista que es el capitalismo, que reduce la persona a útil de producción prescindible, manipulable, descartable, que convierte la persona en temerosa y neurótica competidora constante desde la cuna a la tumba, que arrasa con los recursos públicos (afecciones al medioambiente, socialización de pérdidas, garantías públicas para la inversión privada, endeudamiento públicos crecientes para garantizar deudas privadas fallidas, conglomerados tecnocráticos poderosos que vampirizan la acción pública para promover intereses económicos privados espurios… que cada uno se busque su ejemplo, que abundan)…

La Izquierda liberal tiene la responsabilidad histórica de ver y dar a conocer esta realidad y vencer las resistencias a estos discursos que ponen la atención en la superación del sistema capitalista que asociábamos a utopistas cultos de salón afrancesado. Porque chicas, chicos… Con esta no-crisis-sino-cambio-de-modelo, nos han pintado en patio del recreo de negro tizón — como los cojones de un grillo — y creo que seguimos creyendo que se trata de un nubarrón pasajero.

El borracho en busca de sus llaves.
Seguimos apegados a las herramientas, a las formas de funcionar, a un campo de juego conocido que ya ha cambiado, como el borracho que busca las llaves bajo el haz de luz de la farola, aunque sepa que se le han caído en la penumbra, en esa en la que no puede ver ni orientarse: que si austeridad, que si crecimiento, que si un poquito más de déficit, que si vencimientos laxos para las obligaciones de la deuda… Esto es urgente, pero no puede ser todo aquello que ofrezcamos porque hay cosas muy importantes a las que hemos de dar respuesta.

Apegados a las herramientas del pasado, echamos de menos un crecimiento económico y mientras, delante de nuestras narices, asistimos a una regresión en la distribución de la renta — a la chita callando — que me río yo de la involución del Fernando VII, salvando las distancias del momento histórico. Regresión en la distribución de la renta que se acrecienta con la mayoría de medidas que se están proponiendo para salir de la no-crisis-sino-cambio-de-modelo y volver a darle pedales a la máquina. En el pasado, hemos fallado al desear que el crecimiento llegara a las clases populares a partir de la abundancia, libertad y opulencia de los ricos. Esto sólo lo hemos conseguido en períodos históricamente cortos, a costa de especular, generar producciones y consumos insostenibles, endeudarnos y arrasar el territorio. Por no hablar de que era y es un modelo no universalizable: ahora, hemos de generar unos modelos válidos para todo el planeta y sostenibles en el tiempo; nuestro modelo de paisito, no lo era.

Necesitamos una linterna para recuperar las llaves de nuestra casa.Y en este ínterin, hemos hecho –hablo de las democracias liberales en general y de la Izquierda en particular-- dejación de nuestro deber moral de emancipar. Y emancipar es generar bienes públicos de calidad que lo permitan, no fomentar una inundación de bienes de consumo accesibles vía endeudamiento con la que crear la ilusión de que todos somos iguales.

Sólo somos iguales y libres de verdad si la cosa pública actúa y lo procura. Si no es el caso, accedemos a discursos publicitarios con los que nos identificamos y a los que emulamos. Así, nos creeremos iguales, pero no lo seremos porque la distribución de poder real es estructuralmente no igualitaria. Y con la mayoría de medidas que se están proponiendo para salir de la no-crisis-sino-cambio-de-modelo y volver darle pedales a la máquina, la emancipación y la distribución de poder, empeora y mucho.

Para vivir sanos, libres, iguales, conscientes, fraternos, necesitamos satisfacer necesidades reales y postergar cosas que deseamos porque así se nos induce para mantener la maquinaria en marcha… Necesitamos meterle mano sin complejos al reparto del pastel de la riqueza porque la regresión distributiva de la renta hace perder libertad real a mucha gente. Necesitamos volver al ritmo sereno, lento, nutritivo, pensante, sintiente, compartiendo vivencias, ayudándonos… Suena un tanto lili-moñas, pero es una resistencia que se puede superar. Lo que está claro es que seguir el camino trillado hasta ahora, será “de sentido común” a lo Mariano –qué miedo—pero demuestra un apego a lo viejo conocido muy perjudicial, que no ayuda a emancipar a la ciudadanía e insiste en convertirla en útil de producción para satisfacer las necesidades de un sistema capitalista.

Creo que ha llegado la hora de volver a los orígenes en el sentido de replantearnos el sistema a fondo: crecimiento para qué y para quién; la generación de riqueza ha de ir de la mano de su distribución equitativa; hemos de poder debatir qué necesitamos producir como sociedad; hemos de aspirar a derivar los incrementos de productividad a la libertad de las personas y no a la a la acumulación de capital; hemos de reclamar que la libertad económica no puede anteponerse a la emancipación de la ciudadanía; hemos de crear un sistema que requiera menos financiación exterior o menos recursos físicos que hayamos de detraer en detrimento del bienestar de otros pueblos; hemos de saber discernir lo necesario de lo superfluo; hemos de aportar análisis y herramientas que ayuden a la ciudadanía a ser más conscientes y libres…

Vale; el diagnóstico lo sabemos todos. Pero, ¿qué hacemos?
Lo jodido de la situación es que como el borracho bajo la farola, no sabemos qué pasos dar para encontrar nuestras llaves en la penumbra. Es una limitación frustrante de la Izquierda. Ya uno de sus padres, Carlos Marx, demostró que era brillante diagnosticando la perversión del sistema capitalista que aún hoy aprieta —si bien, de forma mucho más elegante que entonces— pero que sus alternativas no eran especialmente recomendables. Hoy, a falta de herramientas nuevas a aplicar desde las democracias liberales, ponemos parches, pomaditas, tiritas. Pero no abordamos la no-crisis-sino-cambio-de-modelo. Aspiramos a volver a darle pedales a la máquina cuanto antes, pero no nos atrevemos a bajarnos, porque el riesgo a lo desconocido y a sus posibles consecuencias nos atenaza. Da igual que lo viejo conocido nos ahogue y nos cambie el mundo y el paisito. El miedo a decidir y construir el cambio nos atenaza. Es lo que hay.

Pero la tozuda realidad nos está instando a responder a retos de enjundia: ¿Seremos capaces de articular una propuesta que cuestione el crecimiento sin distribución de la riqueza progresivamente equitativa? Sí, tenemos que decidir.
La salida a esta no-crisis-sino-cambio-de-modelo pasa olímpicamente de la distribución igualitaria de la renta tanto en el paisito como a nivel internacional, requiere de una división internacional del trabajo con vencedores y vencidos y nos hemos rendido a la evidencia de que ha de ser así. No, estamos decidiendo políticamente que así sea. Decidamos a la contra.
¿Seremos capaces de articular una economía de la sobriedad, en la que prime la persona como fin en sí mismo (7000 millones de fines en sí mismos) y en la que se integre sin excusas el respeto a los límites físicos para el sostenimiento de 7000 millones de personas? Sí, tenemos que decidir.

No hay planeta para el modelo de crecimiento que hemos llevado y que se está extendiendo a más población en el mundo. No necesitamos tanto el crecimiento como una organización social que priorice la satisfacción de las necesidades reales de la gente común; por cierto, cada vez más desatendidas por el modelo capitalista y el crecimiento económico. Hemos de decidir un cambio de modelo.

¿Seremos capaces de generar metanarrativas, valores, relatos nuevos a los actualmente imperantes en la ciudadanía y que nos ayuden a promover una acción pública emancipadora? Sí, tenemos que decidir.

Especulemos. Mientras hayamos de seguir anclados en la metanarrativa del Homo Economicus que actúa en el mercado desde el cálculo racional inmaculado —bien informa, libre y coerciones—, promovamos la información de la trazabilidad de todos los productos y servicios que nos hallamos prestos a consumir. Trazabilidad sobre qué insumos ha requerido, cuántos kilómetros ha recorrido, qué huella ecológica ha tenido, qué trato tienen los trabajadores que lo han hecho posible…

Se da la paradoja que en el turbocapitalismo que canta loas constantes a la libertad de movimiento de los factores productivos, no permite un flujo real de información que aclare la trazabilidad de lo que consumimos. Nos inundan con publicidad —también en nombre de la libertad de expresión— pero no informamos suficientemente de los productos para un consumo consciente de la ciudadanía.

¿Seremos capaces que explicar que la colaboración puede generar tanto como la competición? Sí, tenemos que decidir

Hay una metanarrativa muy cachonda que nos hemos tragado. Damos por supuesto que ante todo hemos de competir, porque —creemos— somos seres en liza constante y que, de ahí, la apabullante legitimidad capitalista, mero reflejo de nuestra naturaleza intrínseca. Venga hombre! Somos hijos de las Luces, y podemos crear nuevas formas de entendernos y gestionarnos. Y la cooperación, colaboración es una vía.

Salud a raudales para todas.

jueves, 17 de mayo de 2012

Algo tiene que cambiar para que todo siga igual

“Algo tiene que cambiar para que todo siga igual”. La frase es de “El Gatopardo”, la astronómica novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa que el director Luchino Visconti tuvo la osadía y el acierto de convertir en película en 1963. La obra se construye a base de los magistrales soliloquios (mediante epigramas como el que abre este texto) de Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina, encarnado en el filme por Burt Lancaster; reflexiones estructuradas, conducidas y aunadas gracias al engrudo de una lucidez tan diabólica como aleccionadora. El personaje, jaque de la rancia nobleza italiana, asiste al cambio social prendido a los vientos de la revolución garibaldina y reflexiona sobre el encaje en ellos de la vieja aristocracia a la que él representa; eran los momentos en que la burguesía se abría camino, marcando los estertores del Antiguo Régimen. La conclusión a la que llega el patricio es que, a la sazón, la lucha de los azulones debía centrarse en lograr que, aunque de forma subrepticia, el sistema siguiera bajo su control. Un control no ejercido de forma directa, sino mediante marionetas de las nuevas clases mercantiles, con las que los jóvenes nobles (encarnados en el filme por el sobrino del tiufado) se apresuraron a unirse mediante ventajosos matrimonios.

Estrategia de mimetismo
¿Y a qué demonios –se preguntará el lector- viene todo esto? Pues viene, porque la reflexión del noble de ficción sirve también como resumen y diagnóstico de la crisis socialdemócrata. Los que nos encuadramos en la familia izquierdista, característica de la democracia occidental, a mi entender, hemos tenido las mismas opciones que una familia de esquimales en Almería, a saber: o tornar el abrigo por unas bermudas, o volvernos cagando leches al Ártico. Lo que no es viable es ir de esquimal en las tórridas colinas sureñas. O bien nuestra ideología o bien el sistema tenían que cambiar. Al final se ha optado por travestirse y aceptar el sistema de derechas como si este formara parte del ADN occidental. Lo que no se ha previsto es lo obvio: que era el sistema el que no funcionaba. El Partido Socialista Obrero Español se ha dotado de las bermudas del liberalismo sólo para ver cómo, con la crisis, ha acabado nevando en el desierto. El chaparrón nos ha pillado disfrazados de neocons y ahí radica nuestra mayor tragedia: no se trata de perder escaños, sino de perder la fe, la vergüenza, la razón de ser. ¿Posibilismo? No, lo que ha tenido la familia socialdemócrata es ceguera. En muchos países europeos, España entre ellos, en vez de frenar el sistema de empacho en masa orquestado por el liberalismo económico, los gobiernos de izquierdas han preferido tirar de las mismas ubres demostrando una visión cobarde y cortoplacista, que, a la postre, lo que ha hecho es abocar a todo Occidente al desastre. De la derecha democristiana no podemos esperar más reacción que la de aceite de ricino, admoniciones maniqueas, populismo xenófobo y rezos periódicos a los santos de la economía. En ellos no habrá reflexión y se aferrarán al sistema como lo hicieron los soviéticos al suyo: y como ellos se hundirán, recalcitrantes como el capitán del Titanic. Porque, si, como se demostró en los 80, el comunismo era inviable, hoy nos damos cuenta de que el liberalismo también lo es. Inviable económica y moralmente y, lo que es peor, insostenible desde un punto de vista ecológico.

Ahora bien, ¿cómo no lo vemos claro desde la izquierda? En algún momento dado, el Orbe entero se derechizó; los estados retrocedieron frente a las multinacionales y los demiurgos de las finanzas jaquearon el sistema operativo. La estrategia socialdemócrata se basó en el mimetismo. Competir con la derecha derechizándose y con los nacionalismos étnicos, remozando el discurso con el invento del vasquismo. ¿Puede un vasco ser vasquista? ¿Puede ser un escocés escocesista? Así solo se logra que hedamos a complejos, a derrota, a descreimiento en nuestra propia forma de ser y sentir. Somos los indios con gorro tejano, los negros que se alisan el pelo y se clarean la piel y los gatitos que aúllan a la luna. No podemos competir con la derecha, sea española o vasca, con su propio discurso y en su propio terreno. Estamos viendo el resultado de semejante estrategia. El público no es idiota. La gente ha procesado que para hacer políticas de derechas será mejor un neocon que un socialista. Lo mismo que para pescar una trucha es mejor una caña que un revólver. Si de ser “más vasco” se trata, mejor los apóstoles de los ocho apellidos y el RH negativo que un vasco vasquista, que se queda en tierra de nadie, bajo las botas de los chicos de la super-raza, sea esta española de Guzmanes o vasca de Ibarretxes. Para visiones miopes del mundo ya está la carcunda de PeNuVeros y PePitos, que agitan los mismos avisperos con distintos colores. Y las cosas no mejoran si, como se ha venido haciendo, se hacen políticas de derechas intentando enmascararlas con gestos vacuos de populismo buenista, que además de ser caros e inútiles, son percibidos por muchos como un insulto a la inteligencia.

Falta de relevo generacional
Explicada la crisis de valores, creo el momento de abordar una circunstancia que, al parecer, ha sido pasada por alto: la falta de relevo generacional, que -según quien esto escribe- es debida al conflicto y la falta de entendimiento entre el poder socialista y las juventudes del electorado. Los antropólogos suelen decir que las revoluciones y los grandes cambios funcionan si se consigue convencer a los jóvenes de entre 20 y 35 años de que tal evolución es necesaria.


Así pasó en la Transición, cuando un movimiento liderado y sustentado por jóvenes se comprometió con un cambio necesario. Lo malo es que esa misma generación sigue en el poder. No han sabido o no han querido dejar el espacio a las nuevas generaciones. Y esto tiene su efecto, como se ha visto en los movimientos del 15-M. No cabe duda de que muchos jóvenes –la mayoría de izquierdas- dejaron de percibir a la cúpula de la socialdemocracia como representantes de sus valores. En aquel momento se fraguó un cambio que, no nos engañemos, afectó a las izquierdas y no a las derechas. Las acampadas de Sol, con un Zapatero todavía en el poder, evidenciaron la falta de conexión entre una troika envejecida y acomodada (sin importar su papel, su trabajo o el merecimiento de este acomodo) y la juventud española de izquierdas; y esto es una mala noticia si de cambiar algo se trata.

Todos sabemos –excepciones gloriosas a parte-, por lógica puñetera, que un joven sin trabajo ni propiedades, tiene más energía y menos miedo al cambio que un madurón con dos casas y dos coches, además de un trabajo que le roba casi todas las horas del día. No se trata de juzgar a las generaciones, cada una tiene su papel. Mucho menos a los individuos. Pero es un hecho evidente que, a día de hoy, la socialdemocracia en general y el PSOE en concreto, no han sabido sustentar un movimiento joven sino todo lo contrario: se enrocan en un liderazgo, ejercido masivamente (no en un caso concreto, lo que sería normal) por generaciones que ya no contactan con los nuevos tiempos representados por la juventud. Y el problema no es fácil de solucionar. Porque, si los venerables se creen imprescindibles, los alevines se han acomplejado y no se ven capaces (ni les interesa) de participar en política. La pescadilla, una vez más, se muerde la cola. Y así nos luce el pelo.

La crisis vista como oportunidad
Decía Jordi Pigem, doctor en Filosofía y autor del libro Buena crisis. Hacia un mundo posmaterialista: "Parto del término médico de crisis, que no es otra cosa que el momento crítico en el que una enfermedad empeora o mejora. La crisis puede ser una oportunidad de sanación". "Ahora toca cambio –añade-, y eso atañe a nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Ni el egoísmo ni la codicia funcionan. La tendencia que está creciendo con más rapidez en estos momentos es la de la generosidad, se manifiesta en la banca ética, en la cantidad de ONG que funcionan en el mundo, en el comercio justo, en redes sociales preocupadas por compartir... Y todo se articula dentro de una visión del mundo en el que las personas no estamos por encima de la naturaleza. No se puede volver a donde estábamos porque no es sostenible".

Lo que viene a decir que vamos a cambiar nos guste o no, gracias al sistema más viejo y efectivo: a base de palos. La derecha también va a cambiar, pero, dada su proverbial incapacidad de mutación, lo hará cuando hayamos cruzado la línea de no retorno. Por eso, la izquierda es más necesaria que nunca. ¿Está en crisis la izquierda porque ya no tiene cabida? Nunca ha sido más necesaria. Sólo la izquierda puede frenar el suicidio obsceno y colectivo al que está abocada la humanidad. Sólo la izquierda puede liderar el movimiento verde, la integración intercultural, la ruta hacia una recuperación del papel de los Estados frente a los bancos.

En el caso concreto del partido socialista, creo que la pérdida del poder no sólo no es una mala noticia, sino que es la única posibilidad que nos queda de encontrar nuestro papel. Me comentó una vez un cubano que trabajaba en una granja de cocodrilos, que, para que estos no atacaran durante una exhibición ante turistas, había que tenerlos bien cebados. Empachados perdían toda voluntad de acción. Lo mismo se puede achacar al PSOE. Por eso creo que es una buena noticia que estemos otra vez en la calle, en el asfalto, con el populacho. Que es donde el socialismo siempre se ha sentido cómodo. Estamos en el bosque y somos lobos, aunque, eso sí, necesitaremos un tiempo para perder los michelines que la domesticación nos ha generado. Porque tenemos dos opciones. O nos tumbamos y morimos de inanición, o nos ponemos las pilas y nos vamos de caza.

Recuperar la juventud, recuperar la calle
Las crisis, decíamos, pueden ser oportunidades. Son termómetros que miden el nivel de fiebre del paciente. Con la crisis empezarán las reacciones de una ciudadanía poco proclive a al movimiento mientras la vaca da leche. Pero como ya no es el caso, la indignación, el sufrimiento y la desesperación van a menudear en nuestras calles. Y allí tendrá que estar el Partido Socialista. Porque hemos perdido las calles, que es de donde nunca debimos salir. Incluso los nazis (y la izquierda abertzale) lo entendieron. Los primeros repartían pan y daban esperanza a los alemanes en el durísimo periodo de entreguerras; el pueblo los vio como salvadores y subieron como la espuma. Los bildutarras siempre han trabajado sobre la juventud y ahora amenazan a un aburguesado y fofo PNV al que le está pasando lo mismo que a la familia socialista.

Por eso digo: estemos ahí, en la calle. Asesorando, escuchando y apoyando; a las personas que se queden sin casa, a los obreros en paro, a los ancianos, a los inmigrantes en estado de indefensión. Engrosemos (esto no puede esperar) el aparato y el activismo de las juventudes. Preparemos actos continuos y visibles y que la ciudadanía sepa que estamos ahí. Lideremos (no se trata de ya de gestos de cara a la galería) el moviendo verde y las políticas de sostenibilidad. Montemos saraos culturales, habilitemos espacios para los artistas, llevemos gente a todos los ámbitos de preocupación ciudadana. Ayudemos a la sociedad, no con dinero, sino con trabajo, ilusión y presencia. Acompañemos a la gente, sostengámosla. Ahora podemos, porque, perdido el poder, estamos otra vez en la calle. Ahora debemos porque se nos necesita; porque es nuestra obligación y porque, si no actuamos, lo harán otros y las alternativas -Bildu, el Frente Nacional de Marine Le Pen, etc.-, ya sabemos qué quieren y a dónde nos llevan. Ahora es el momento de que algo cambie para que todo siga igual, para que el socialismo recupere su papel. Ahora o nunca.



Escrito por Domingo Escandela


lunes, 14 de mayo de 2012

¡Al toro! De encierros y cencerros

Y ahora, Bankia. Diagnóstico a vuela pluma: una de las entidades financieras sistémicas del sufriente paisito, a puntito de hacer catacrock y armarla parda, es nacionalizada. Se nos dice que por el bien de todas las españolitas y españolitos. Off the record, para tranquilizar a nuestros otrora “dadivosos” prestamistas que financiaron nuestro “nuevoriquismo”, que hicieron negocio, que ahora temen no recuperar lo prestado, y que, con eso de la desconfianza, nos prestan mucho más caro porque, a día de hoy, seguimos necesitando financiarnos fuera.

Acto y seguido, en menos que canta un gallo, se pone en marcha, nada menos que la cuarta reforma financiera desde 2008, para incrementar la confianza del otrora cuasi mejor sistema financiero del mundo. Y, de nuevo, barra libre, nuevo chorretón público de eurotones a montones a las entidades privadas. Tened en cuenta, sufrientes conciudadanos — nos dicen—, que Bankia es una entidad sistémica y que si una entidad sistémica cae, la financiación de la economía española se vería cortocircuitada. (La ciudadanía se queja. Pero,… ¡Haya Paz! Rauda y veloz, emerge la voz de la sabiduría desde el Sancta Sanctorum capitalista: No seas impertinente y demagoga ciudadanía. Da igual que el dinero público que han recibido no lo usen para la función social que se le presupone, financiar. Es por el bien de España, de Europa y del Mundo, porque España también es sistémica para el sacrosanto chiringuito capitalista global).

El resultado de este nuevo sainete del tocomocho financiero: a verlas venir, porque no sabemos si no hará falta una nueva reforma con su consiguiente manguerazo —y ya vamos unos cuantos— de dinero público, de nuevo, al sector privado.

Mientras…

Lagarde y Vam Rompuy aplauden con las orejas. Pero no; no somos de fiar aún. Nos queda el nubarrón del déficit. Europa aún no ha decidido si han de darnos permiso - estos vagos del sur - para permitirnos encorsetar el déficit un año más tarde y han de decidir si nos instan o no a apretarnos más el cinto alrededor de la cinturita de avispa que se nos está quedando. (¡Ay españolitos!, ¡A que os pedimos nuevas reformas! ¡Nos nos hacéis los deberes capitalistas con suficiente devoción!!Umm!!). Es decir, pasta a espuertas a los Bancos, recortes por doquier y pende la espadota de Damócles en forma de posibles nuevos recortes en políticas sociales…

Y nuestro ilustre y muy requetenacional gobierno, presenta la batería de medidas de economía de guerra capitalista como si se tratara de un equipo de asépticos técnicos que no hacen política, que se limitan a aplicar un conocimiento responsable, serio, no demagógico, no politizado, no ideologizado aunque abstruso para el ciudadano profano. Sí, ese mismo supuesto conocimiento técnico que generó la burbuja, ése que incrementa la desigualdad en el reparto de la riqueza entre capital y trabajo, ése que nos endeudó per secula seculorum, ése que nos arrasó y afeó el territorio, ese al que cedimos nuestra responsabilidad ciudadana y nuestro poder de crítica, ese al que la Izquierda —sí, admitámoslo, la Izquierda. Curémonos para salir con fuerza— dio demasiado pábulo y legitimidad durante muchos años…

Y para asegurarse el consenso y el patriotismo en el sufrimiento compartido –esto va por barrios, pero aceptemos pulpo como animal de compañía-, la caverna brama al unísono: los culpables, los sociatas y perroflautas facinerosos.

Hasta aquí.

Como dirían nuestros queridos vecinos del norte, Ras le bol! En castizo, ¡Hasta el excroto! ¿Dónde está la cámara oculta?

Bankia, pese a lo obsceno de la escena, no es más que otra vuelta de tuerca, la más reciente, en el marco de una acción global regresiva y antisocial, que fomenta una distribución de la riqueza más desigual entre el centro y periferia a escala global, nacional y local, que fomenta un rol de ciudadanía pasivo y en el que la acción pública prioriza —porque así lo decide conscientemente— la seguridad del factor productivo capital. Y a la ciudadanía, que se la den con queso. Sin medias tintas.

A las pruebas me remito; Bankia: no hay ni dinero ni decisión para aligerar el coste social de la mal llamada crisis, pero sí lo hay para salvar a Bancos Privados, todo por el bien de España. (Grita la caverna: ¡Qué demagogo! ¡Qué ignorante! ¡Qué poco patriota! ¡Ya me gustaría veros a los perroflautas trasnochados si quebraran los bancos! ¡Qué antisistema!) Y encima, habrá que darles las gracias.

Los poderosos prebostes que fomentan esta realidad económica —y política— angustiosa, rezuman un corpus teórico potentísimo que disfrazan de pulcra y aséptica técnica, y dan puntadas con hilo filo al construir un relato bien coherente en el que contraponen su “evidente sapiencia” con la supuesta chapuza, infantilismo, demagogia, prejuicios, trasnochadas ideologías —¡O cielos!, ha dicho ideología, ¡qué mal gusto!— de La Izquierda. Una Izquierda a la que retratan —menos mal que no tienen ideología— machacona y reiteradamente como caviar, burgesa-bohemia, desconectada de las necesidades del país, … en contraste con ellos —asépticos, técnicos, pulcros y guiados por la razón— que actúan por el bien de España.

Este discurso, este relato cansino pero efectivo cala en sociedad, sea en España, Francia, Grecia, Italia… y desarma la capacidad movilizadora de quien puede hacer frente a esta asepsia de naftalina, ésta que mata el Progreso social. Toca a las Izquierdas dar forma a un cuerpo teórico discursivo ideologizado que haga frente a las dentelladas de esta fiera de modales pulcros. Porque a día de hoy se echa de menos un afilado escalpelo ideológico con el que diseccionar e interpretar la realidad y dotar de sentido y dirección a la acción colectiva de una ciudadanía perdida, atomizada y temerosa.

Las izquierdas, fragmentadas en etiquetas variopintas —más marketinianas que de enjundia programática—, divididas por fronteras nacionales y ciegamente adscritas a un testarudo productivismo —un sacrosanto Citius, Altius Fortius económico— que obvia los límites de la base física de la que dependemos, asisten como convidadas de piedra a los toros desde la barrera. A día de hoy, ideológicamente famélicas para liderar una contestación social a tanta cornamenta. Nos enfrentamos atomizadamente a unos toros bravos globales que reparten estopa al unísono a ciudadanos nacionales-locales. Ciudadanos obligados a correr —en un encierro constante— despavoridos, atomizados, empequeñecidos y temerosos.

Se echa de menos una izquierda poderosa que señale y explique los afilados cuernos con los que estos toros globales ensartan cualquier obstáculo que les impida ampliar su poder y ascendente; una izquierda que coloque sonoros cencerros con los que veamos venir los afilados cuernos; una izquierda que genere sinergias allende las fronteras nacionales, porque el embate es sistémico, trasnacional y bien estructurado.

Gora a una Izquierda que nos describa bien el ruedo: estos toros bravos están programática e ideológicamente muy bien pertrechados, han logrado ocupar la centralidad de la plaza la cosa pública amén de la agenda mediática glocal; embisten y desgarran cualquier progreso social democrático conquistado; y son bravos defensores de la democracia orgánica, ésta de la “de por mis cojo…”.

Pero las Izquierdas, a escala global, están inconexas y acoquinadas, sentadas en los tendidos de sol de la plaza de su pueblo-terruño, quemándose y cegadas por tanta acción regresiva contra la ciudadanía, insistiendo en herramientas y análisis del pasado, relatando un cuento sin profundidad. Las izquierdas se queman la piel sin torero programático global presto a torear a estos morlacos sistémicos globales. Y las ciudadanías de cada país-ciudad, estructuradas en terruños, les toca asistir a una carrera de fondo, el que prima el sálvese quien pueda, sin poder apreciar por dónde ni a quién embestirá la turbocapitalista cornamenta, sin poder parar y aunarse para torear.

En plata, Bankia se nacionaliza porque hay que dar confianza y nuestro bienestar se precariza porque no es prioridad sistémica. Discurso político donde los haya. Elección de economía política de libro. Asistimos a una decisión política que decide velar por el Capital Global (Ceteris Paribus, con las normas de juego actuales, si cae Bankia, tiemblan España y Europa). El paisito, exhausto, tembloroso y sin fuerza. Las ciudadanías seguimos adscritas a un entorno nacional, fragmentadas por tontas identidades nacionales, competimos entre sí por unas migas —de un pastel cada vez peor repartido— en la división internacional del trabajo (atacamos cada vez con más furia a un ciudadano trabajador extranjero al que etiquetamos como inmigrante) y seguimos creyendo que hay que producir más (Si el trabajo es progresivamente factor productivo redundante y la creación de riqueza es una función social, por qué demonios no priorizamos producir menos repartir y repartir más… ! Seré perroflauta demagogo!).

Toca reducir los encierros ciudadanos, poner sonoros cencerros a las fieras, amansarlas y estabularlas. Es de ley.

Salud raudales.


Escrito por Rosa de Luxemburgo: rosaluxemburgo.1871.1976@gmail.com