Julio Herrero Romero. @HerreroJulio jherrero2007@gmail.com
Está claro que Euskadi es un país de disensos. Es difícil encontrar asuntos en los que haya un acuerdo general, aunque sea de mínimos. Bien sea la enseñanza de idiomas en la educación pública, bien la propia ponencia de paz y convivencia en el seno del Parlamento Vasco, no hay manera de que todos se pongan a trabajar sobre bases comunes.
Lo de la educación tiene miga: ni siquiera consensuan si debe llamarse “trilingüe” o “plurilingüe” que posiblemente debe de ser una diferencia de mucha enjundia pero que los no entendidos creemos integrada. Intuyo que la cosa debe de ir si hay que ser vascoparlante antes de emprender otras inmersiones o simplemente aprender las tres lenguas simultáneamente. La política es lo que tiene: magnifica lo accesorio y olvida lo sustancial, que en este caso es que lo jóvenes puedan expresarse adecuadamente en las lenguas que necesiten. Me temo que tal como están las cosas habrá que añadir alguna otra: alemán, chino, brasileño o catarí.
Lo de la ponencia es todavía peor ya que se había llegado a un acuerdo previo al aprobar las conclusiones de la etapa anterior. El “suelo ético”. Y ahora es el PP el que no asiste por…ni ellos mismos se aclaran. Miedo a que el “relato” modifique aquellos puntos básicos alcanzados: no puede haber olvido de las víctimas, ni justificación de una violencia pasada. Y es impensable que esto ocurra por mucho que algunos quieran justificar en la falta de “diálogo político” las atrocidades cometidas, u otros, los crímenes de estado en la “situación vivida”.
No hay tampoco acuerdo en la política fiscal, ni en los presupuestos del gobierno y de otras instituciones, ni en qué hacer con las “preferentes” ni con los “desahucios”. No hay acuerdo en si somos una nación, o un pueblo, o un Estado, o nada. Lo único que parece suscitar unanimidad es que la situación es crítica, que a este paso el tejido social se descompone y que los recortes, ¡por fin!, son un desastre que nos lleva a la ruina. Miles de personas se lanzan a la calle pidiendo soluciones, cientos de empresas cierran por falta de crédito, y los sindicatos evitan estar juntos por el color de sus banderas y no unidos en la defensa de los trabajadores. ¿Cuánto tiempo tardaran en darse cuenta de que si las instituciones no resuelven los problemas, la sociedad prescindirá de ellas?
(Publicado en Diario Noticias de Álava, domingo 14 de abril)
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domingo, 14 de abril de 2013
domingo, 24 de marzo de 2013
Diálogos imposibles
Julio Herrero Romero. @HerreroJulio jherrero2007@gmail.com
Cuando Laura Mintegi intervino en el Parlamento Vasco, haciendo referencia al “origen político de las víctimas”, poco imaginaba que sus palabras iban a ser analizadas, desmenuzadas e interpretadas con tanta intensidad por parte de analistas, propios y extraños. Hay quien ve en ellas una justificación de los crímenes de ETA, o simplemente la exculpación de toda una terrible historia de asesinatos de “raíz política”, que se producen por “la falta de diálogo” entre los que empuñaban las pistolas y los que morían por sus balas. ¡Difícil relación ésta! Algunos se han apresurado a contestar que “el que mata a un hombre no defiende una doctrina, sólo mata a un hombre”, lo que debería ser fácilmente entendido, pero a veces el empecinamiento hace derivar hacia intentos de justificación imposibles que, no por dichos con fingida ingenuidad, resultan aceptables.
En el fondo subyace la idea de si la violencia política, que llega hasta el aniquilamiento del adversario, puede en algún caso ser aceptable cuando los fines lo “justifican”. Terrible cuestión que ha configurado la historia pero que ha sido analizada y rebatida en los múltiples tratados sobre la formación de los estados democráticos, haciendo mención a la violencia “legítima” patrimonio de ellos.
Se puede coincidir con Mintegi en que la falta de diálogo es una causa de los conflictos políticos, pero no que la consecuencia “inevitable” sea la muerte del adversario, y mucho menos que se quiera encontrar en ella la justificación para quienes practicaron tan execrable doctrina. Dudo que, tras las palabras de la representante de EH Bildu, haya tanta “esencia política” como se ha querido ver, máxime cuando vemos el contexto en que se hicieron, replica parlamentaria, pero a veces las verdades del corazón aparecen cuando el cerebro pierde la calma.
En cualquier caso la fiscalía ya se ha ocupado de entrar en el “jardín” y poner en duda la inviolabilidad del Parlamento, al abrir una investigación sobre si se ha podido cometer un delito de “enaltecimiento del terrorismo”. Al fiscal superior del País Vasco se le llena la boca con “el cuidado que hay que tener en que no se humille a las víctimas” reconociendo que puede “constreñir la libertad en el ejercicio de las opiniones”, incluso en sede Parlamentaria. ¡Cortos argumentos para tan grave decisión!
viernes, 15 de marzo de 2013
Mintegi y el largo camino de EH Bildu
Aurelio Romero. Vitoria-Gasteiz. @romeronomada
Sólida o no, la creación de la ponencia de paz del Parlamento vasco propuesta por el lehendakari Patxi López en la anterior legislatura es la iniciativa más importante que se ha registrado en toda España tras el alto el fuego voluntario anunciado y hasta ahora cumplido por parte de ETA. Si en aquella ocasión fue la duda del PP para participar en dicha ponencia, en el Pleno de este jueves fue el duro debate entre PP y EHBildu lo que llevó a la presidenta jeltzale a posponer su constitución hasta que se recupere un nivel de diálogo razonable. Es muy probable que, de no haberlo pospuesto, se hubiera destruido ese conato de diálogo entre visiones diferentes de la reciente historia del País Vasco que, hasta ahora, al menos había permitido convertir el Parlamento en un foro menos interesado o “de parte” que cualquiera de los otros convocados o abiertos.
La presidenta Bakartxo Tejería erró el término cuando, poniendo freno a la discusión, apeló al “respeto” entre los miembros de la Cámara. En su intervención, Laura Mintegui, candidata a la Lehenkaritza por EHBildu y su portavoz Parlamentaria, se situó por encima o lejos de ese concepto al abandonar el lenguaje de la campaña electoral y recuperar los tradicionales planteamientos de Batasuna, como si ETA mantuviese su nivel de actividad y la presencia en el Parlamento de la izquierda abertzale fuese consecuencia de una laguna legal.
La intervención de Mintegui fue como un nuevo zarpazo de león mortecino donde aún cuesta ver que la carne vaya cicatrizando, cuando todo el país en su conjunto quiere creer, con un pie en la esperanza y otro en la desconfianza, que un nuevo tiempo va tomando tierra en Euskadi. Hace pocos días que Mintegui acudía al homenaje del Parlamento en conmemoración del asesinato de Fernando Buesa y su escolta, Jorge Díez. Ayer, la portavoz de EH Bildu reflexionaba al hablar de Buesa sobre los muertos que lo son por “causa política”, abriendo de nuevo el foso en el durante casi medio siglo se ha hundido tanta vida y tanto futuro.
Durante este año y medio desde el alto el fuego el debate ya no era la violencia y su legitimación por parte de los violentos, sino cómo ir poniendo una base sólida en esa raya negra del pasado. Hemos avanzado contra la equidistancia y a favor de la conveniencia –y la necesidad- de confiar en que el pasado no puede volver a ser futuro y que, mientras alguien va tomando apunte para el relato, vamos construyendo una nueva realidad sobre la que avanzar. Hoy reviven con fuerza las palabras de Koldo Martínez, portavoz de Geroa Bai junto a Uxue Barcos y presidente de la Asociación de España de Bioética, quien, tajante, afirmaba que la condena de la violencia es el principio de todo lo demás, siendo ese “todo lo demás” por lo que aspiramos. O cuando decía que no hay ética en la comparación de dos violencias desiguales, la de los violentos y la violencia del Estado cuando no cae en la ilegalidad.
Sabemos que el camino futuro sería, será, difícil, lento, complejo y por momentos frustrante. Partimos de una mínima sospecha de paz, pero todos nos hemos aferrado a él como el clavo ardiendo que nos revuelve mientras confiamos en que dure. Laura Mintegui y EH Bildu ha llevado el Parlamento vasco a un día cualquiera de hace dos años y ha provocado, como buscándolo, que la ponencia de paz embarranque contra las palabras o navegue con toda dificultad entre el hierro de la memoria.
Un año y medio de paz no es suficiente para reconstruir medio siglo de destrucción de la convivencia. Laura Mintegui salta por ambos lados del foso negro y anuncia que su recorrido es más particular que común, aun sabiendo que ese largo camino le lleva a ninguna parte.
Sólida o no, la creación de la ponencia de paz del Parlamento vasco propuesta por el lehendakari Patxi López en la anterior legislatura es la iniciativa más importante que se ha registrado en toda España tras el alto el fuego voluntario anunciado y hasta ahora cumplido por parte de ETA. Si en aquella ocasión fue la duda del PP para participar en dicha ponencia, en el Pleno de este jueves fue el duro debate entre PP y EHBildu lo que llevó a la presidenta jeltzale a posponer su constitución hasta que se recupere un nivel de diálogo razonable. Es muy probable que, de no haberlo pospuesto, se hubiera destruido ese conato de diálogo entre visiones diferentes de la reciente historia del País Vasco que, hasta ahora, al menos había permitido convertir el Parlamento en un foro menos interesado o “de parte” que cualquiera de los otros convocados o abiertos.
La presidenta Bakartxo Tejería erró el término cuando, poniendo freno a la discusión, apeló al “respeto” entre los miembros de la Cámara. En su intervención, Laura Mintegui, candidata a la Lehenkaritza por EHBildu y su portavoz Parlamentaria, se situó por encima o lejos de ese concepto al abandonar el lenguaje de la campaña electoral y recuperar los tradicionales planteamientos de Batasuna, como si ETA mantuviese su nivel de actividad y la presencia en el Parlamento de la izquierda abertzale fuese consecuencia de una laguna legal.
La intervención de Mintegui fue como un nuevo zarpazo de león mortecino donde aún cuesta ver que la carne vaya cicatrizando, cuando todo el país en su conjunto quiere creer, con un pie en la esperanza y otro en la desconfianza, que un nuevo tiempo va tomando tierra en Euskadi. Hace pocos días que Mintegui acudía al homenaje del Parlamento en conmemoración del asesinato de Fernando Buesa y su escolta, Jorge Díez. Ayer, la portavoz de EH Bildu reflexionaba al hablar de Buesa sobre los muertos que lo son por “causa política”, abriendo de nuevo el foso en el durante casi medio siglo se ha hundido tanta vida y tanto futuro.
Durante este año y medio desde el alto el fuego el debate ya no era la violencia y su legitimación por parte de los violentos, sino cómo ir poniendo una base sólida en esa raya negra del pasado. Hemos avanzado contra la equidistancia y a favor de la conveniencia –y la necesidad- de confiar en que el pasado no puede volver a ser futuro y que, mientras alguien va tomando apunte para el relato, vamos construyendo una nueva realidad sobre la que avanzar. Hoy reviven con fuerza las palabras de Koldo Martínez, portavoz de Geroa Bai junto a Uxue Barcos y presidente de la Asociación de España de Bioética, quien, tajante, afirmaba que la condena de la violencia es el principio de todo lo demás, siendo ese “todo lo demás” por lo que aspiramos. O cuando decía que no hay ética en la comparación de dos violencias desiguales, la de los violentos y la violencia del Estado cuando no cae en la ilegalidad.
Sabemos que el camino futuro sería, será, difícil, lento, complejo y por momentos frustrante. Partimos de una mínima sospecha de paz, pero todos nos hemos aferrado a él como el clavo ardiendo que nos revuelve mientras confiamos en que dure. Laura Mintegui y EH Bildu ha llevado el Parlamento vasco a un día cualquiera de hace dos años y ha provocado, como buscándolo, que la ponencia de paz embarranque contra las palabras o navegue con toda dificultad entre el hierro de la memoria.
Un año y medio de paz no es suficiente para reconstruir medio siglo de destrucción de la convivencia. Laura Mintegui salta por ambos lados del foso negro y anuncia que su recorrido es más particular que común, aun sabiendo que ese largo camino le lleva a ninguna parte.
martes, 12 de marzo de 2013
Más allá de los sentimientos
Vicente Carrión Arregui. Vitoria-Gasteiz
(En respuesta al artículo “VOLVER A EMPEZAR”, publicado el 23 de febrero, de Pili Zabala, con cariño)
He leído con sumo interés tu artículo y comparto buena parte de los sentimientos que en él transmites, especialmente los referidos al esfuerzo necesario para reinstaurar la convivencia social dañada por tantos años de terrorismo.. No tengo la menor duda de que como hermana de Jose Ignacio Zabala, víctima del terrorismo de los GAL en 1983, tu sufrimiento es equiparable al de las víctimas de ETA –con el agravante de las humillaciones añadidas en tu caso- pero ello no significa, en mi opinión, que podamos establecer simetría alguna entre dos bandos. Aunque el dolor sea emocionalmente similar nuestra capacidad racional nos obliga a comprender que desde la Transición hasta hoy mismo ha sido ETA la responsable principalísima del sufrimiento que necesitamos dejar atrás.
Porque ese “volver a empezar” que propones tuvo su oportunidad perdida en 1977 cuando la amnistía vació de etarras las cárceles una vez recuperadas las elecciones democráticas y otras libertades. Claro que había habido una guerra civil, una dictadura, una opresión nacional y múltiples motivos para enfrentarse al franquismo –por cuestionable que sea siempre el recurso la violencia- pero todo ello concluyó con el nuevo escenario democrático que ETA no quiso aceptar. Creo que desde 1977 las alusiones a la dictadura, a la represión y a la mitología etarra son tan innecesarias como aludir al carlismo o a la Contrarreforma para legitimar que ETA no depusiera las armas. Esa denominada “confrontación armada” no fue, creo, sino un inmenso error del nacionalismo radical vasco al creer que el uso de la violencia precipitaría la revolución vasca de sus sueños. Parafraseando al Muñoz Molina de “Todo lo que era sólido” estaríamos ante el extremismo de una élite que se aprovecha de situaciones sociales dolorosas para crear dinámicas que acaban arrastrando a una sociedad entera.
Yo puedo entender a nivel personal, Pili, que las tropelías que diversos funcionarios cometieron contra tu hermano, más las dificultades para investigar tales hechos a las que aludes en tu artículo, te hayan hecho dudar de la imparcialidad y de la honestidad de la lucha antiterrorista. Pero la legitimidad de tu dolor no debería ocultarte que hay 326 atentados etarras sin esclarecer, que el Estado acabó condenando –ciertamente, con tibieza- la “guerra sucia” de Galindo y compañía y que, por injusto que fuera el crimen de tu hermano, él había decidido integrarse en ETA para ejercer una violencia que acabó atrapándole. Una gran diferencia respecto a los centenares de asesinados por ETA en razón de sus convicciones, de sus oficios o de la mera casualidad de estar comprando en tal hipermercado o pasar por tal calle. No, Pili, el sufrimiento no iguala a las víctimas, no banaliza su razón de ser. Unos eligieron un camino, otros lo padecieron.
Arremetes en tu artículo, también, contra las “necedades” proferidas por algún que otro catedrático de Filosofía jubilado. Me imagino en quien piensas y, más allá de sus ocasionales humoradas, me duele la ofensa hacia su maestría profesional y a su coraje cívico. Yo también soy profesor de Filosofía y me desconcierta profundamente con qué facilidad hay tantos adultos en el País Vasco que incurren en errores básicos de mis alumnos adolescentes, como el de invertir la relación causa-efecto. Si los hechos objetivos confirman que a partir de 1977 ETA, con el apoyo de un sector muy minoritario de entre la población vasca, defendió sus fines “políticos” con medios delictivos y criminales, los presos actuales serán el efecto resultante de sus acciones y no la causa que legitime nuevos desafíos. Salvo contadísimas excepciones, la mayoría de las víctimas del lado etarra lo son como consecuencia de los delitos que estaban cometiendo o de excesos policiales que –sin ánimo de justificación alguna- constituyeron reacciones (efectos) desmesurados o no a la cacería (causa) que hubieron de soportar los miembros de las fuerzas armadas y muchas otras personas que se negaron a someterse al totalitarismo abertzale que, sobre todo en los entornos rurales, permitía acosar, arruinar, amenazar y forzar el exilio de quien no comulgara con las ruedas de molino de los matoncetes locales que, con pendiente o sin él, durante muchos años impusieron su ley. Causas y efectos, sí, Pili, que pueden resultar discutibles porque a veces se encadenan como cerezas en una cesta pero a cuya aclaración han contribuido muy positivamente las “necedades” proferidas por Savater, Arteta, Iriondo, Aranzadi, Azurmendi y tantos otros intelectuales cuya libertad de expresión ha coartado terriblemente su libertad de movimientos.
Para decirte todo esto escribo estas líneas, para intentar transmitirte que la empatía ante el dolor de todas las víctimas es un paso valiosísimo –hago un inciso para aplaudir los esfuerzos que promueven al respecto desde la alcaldía de Rentería- pero que resulta insuficiente si no se acompaña de cierto rigor histórico. Más en concreto, del reconocimiento de la legitimidad del Estado democrático para administrar el monopolio de la violencia, por disconformes que puedan estar una parte de sus miembros respecto a la propia legitimidad del Estado. El paso que parecen estar dando hoy deberían haberlo dado hace 36 años y sabio sería reconocerlo. Pero parece que no.
(((PD. Ligado con este asunto, desde Ezkerretik Ekintza - Con mano izquierda os recomendamos la atenta lectura de la entrevista a Urrusolo Sistiaga de la que varios medios se hicieron eco este fin de semana)))
(En respuesta al artículo “VOLVER A EMPEZAR”, publicado el 23 de febrero, de Pili Zabala, con cariño)
He leído con sumo interés tu artículo y comparto buena parte de los sentimientos que en él transmites, especialmente los referidos al esfuerzo necesario para reinstaurar la convivencia social dañada por tantos años de terrorismo.. No tengo la menor duda de que como hermana de Jose Ignacio Zabala, víctima del terrorismo de los GAL en 1983, tu sufrimiento es equiparable al de las víctimas de ETA –con el agravante de las humillaciones añadidas en tu caso- pero ello no significa, en mi opinión, que podamos establecer simetría alguna entre dos bandos. Aunque el dolor sea emocionalmente similar nuestra capacidad racional nos obliga a comprender que desde la Transición hasta hoy mismo ha sido ETA la responsable principalísima del sufrimiento que necesitamos dejar atrás.
Porque ese “volver a empezar” que propones tuvo su oportunidad perdida en 1977 cuando la amnistía vació de etarras las cárceles una vez recuperadas las elecciones democráticas y otras libertades. Claro que había habido una guerra civil, una dictadura, una opresión nacional y múltiples motivos para enfrentarse al franquismo –por cuestionable que sea siempre el recurso la violencia- pero todo ello concluyó con el nuevo escenario democrático que ETA no quiso aceptar. Creo que desde 1977 las alusiones a la dictadura, a la represión y a la mitología etarra son tan innecesarias como aludir al carlismo o a la Contrarreforma para legitimar que ETA no depusiera las armas. Esa denominada “confrontación armada” no fue, creo, sino un inmenso error del nacionalismo radical vasco al creer que el uso de la violencia precipitaría la revolución vasca de sus sueños. Parafraseando al Muñoz Molina de “Todo lo que era sólido” estaríamos ante el extremismo de una élite que se aprovecha de situaciones sociales dolorosas para crear dinámicas que acaban arrastrando a una sociedad entera.
Yo puedo entender a nivel personal, Pili, que las tropelías que diversos funcionarios cometieron contra tu hermano, más las dificultades para investigar tales hechos a las que aludes en tu artículo, te hayan hecho dudar de la imparcialidad y de la honestidad de la lucha antiterrorista. Pero la legitimidad de tu dolor no debería ocultarte que hay 326 atentados etarras sin esclarecer, que el Estado acabó condenando –ciertamente, con tibieza- la “guerra sucia” de Galindo y compañía y que, por injusto que fuera el crimen de tu hermano, él había decidido integrarse en ETA para ejercer una violencia que acabó atrapándole. Una gran diferencia respecto a los centenares de asesinados por ETA en razón de sus convicciones, de sus oficios o de la mera casualidad de estar comprando en tal hipermercado o pasar por tal calle. No, Pili, el sufrimiento no iguala a las víctimas, no banaliza su razón de ser. Unos eligieron un camino, otros lo padecieron.
Arremetes en tu artículo, también, contra las “necedades” proferidas por algún que otro catedrático de Filosofía jubilado. Me imagino en quien piensas y, más allá de sus ocasionales humoradas, me duele la ofensa hacia su maestría profesional y a su coraje cívico. Yo también soy profesor de Filosofía y me desconcierta profundamente con qué facilidad hay tantos adultos en el País Vasco que incurren en errores básicos de mis alumnos adolescentes, como el de invertir la relación causa-efecto. Si los hechos objetivos confirman que a partir de 1977 ETA, con el apoyo de un sector muy minoritario de entre la población vasca, defendió sus fines “políticos” con medios delictivos y criminales, los presos actuales serán el efecto resultante de sus acciones y no la causa que legitime nuevos desafíos. Salvo contadísimas excepciones, la mayoría de las víctimas del lado etarra lo son como consecuencia de los delitos que estaban cometiendo o de excesos policiales que –sin ánimo de justificación alguna- constituyeron reacciones (efectos) desmesurados o no a la cacería (causa) que hubieron de soportar los miembros de las fuerzas armadas y muchas otras personas que se negaron a someterse al totalitarismo abertzale que, sobre todo en los entornos rurales, permitía acosar, arruinar, amenazar y forzar el exilio de quien no comulgara con las ruedas de molino de los matoncetes locales que, con pendiente o sin él, durante muchos años impusieron su ley. Causas y efectos, sí, Pili, que pueden resultar discutibles porque a veces se encadenan como cerezas en una cesta pero a cuya aclaración han contribuido muy positivamente las “necedades” proferidas por Savater, Arteta, Iriondo, Aranzadi, Azurmendi y tantos otros intelectuales cuya libertad de expresión ha coartado terriblemente su libertad de movimientos.
Para decirte todo esto escribo estas líneas, para intentar transmitirte que la empatía ante el dolor de todas las víctimas es un paso valiosísimo –hago un inciso para aplaudir los esfuerzos que promueven al respecto desde la alcaldía de Rentería- pero que resulta insuficiente si no se acompaña de cierto rigor histórico. Más en concreto, del reconocimiento de la legitimidad del Estado democrático para administrar el monopolio de la violencia, por disconformes que puedan estar una parte de sus miembros respecto a la propia legitimidad del Estado. El paso que parecen estar dando hoy deberían haberlo dado hace 36 años y sabio sería reconocerlo. Pero parece que no.
(((PD. Ligado con este asunto, desde Ezkerretik Ekintza - Con mano izquierda os recomendamos la atenta lectura de la entrevista a Urrusolo Sistiaga de la que varios medios se hicieron eco este fin de semana)))
domingo, 7 de octubre de 2012
Ellos, nosotros
Denis Itxaso. Donostia. (denisitxaso@gmail.com)
A la hora de hacer el balance de lo bueno y malo que ha acontecido en esta Legislatura vasca que ya va tocando a su fin, parece haber absoluto consenso en distinguir dos aspectos fundamentales de la vida pública: por una parte está la gestión de la crisis, con todas las ramificaciones que se quieran incluir, pero básicamente resumidas todas ellas en el análisis de cómo se han gestionado los gastos y cómo los ingresos. Por otra parte, -la que en este post quiero desarrollar-, parece ineludible reparar en todo lo que tiene que ver con la convivencia, en un país enormemente plural en lo identitario y cultural, y que ha arrastrado hasta anteayer un lacerante problema de violencia ideológica.
El trasfondo sobre el que se han dibujado estas singularidades políticas, nos habla de una comunidad próspera y moderna, con altos índices de desarrollo humano y tecnológico, y capaz de generar excedentes económicos para reequilibrar desde valores de equidad y solidaridad, las persistentes diferencias sociales con las que convivimos.
Creo sinceramente que, si uno echa la vista atrás, tanto la otrora militarización de las conciencias como el nivel de crispación política, han disminuido notablemente durante los últimos tres años. A ello ha contribuido definitivamente el fin de ETA, aunque pueden remarcarse algunos otros ingredientes que también han jugado un papel importante.
El Gobierno socialista de Patxi López ha ejercido de fronterizo en todo lo que tiene que ver con las identidades. Ha rebajado la carga emocional, que a veces tanto pesaba, de muchas de las políticas culturales, lingüísticas, educativas o simbólicas que antes estaban presididas por una eterna polémica. Disquisiciones metafísicas sobre lo que somos, lo que deseamos, lo que fuimos o lo que soñamos, han quedado reservadas al ámbito legítimo de lo privado. Los sentimientos de pertenencia, en toda su amplia y variada graduación, sólo habían provocado en el pasado enfrentamientos que nos impedían avanzar en el mutuo reconocimiento de lo que somos unos y otros. De la intrínseca pluralidad de la sociedad vasca, al fin y a la postre.
Por eso me da pena y rabia leer eslóganes de campaña que dicen 'somos más del 51% los que nos sentimos vascos y españoles' u otros que dicen 'si tú no vas, ellos ganan', en referencia al ejercicio del voto. Ese ellos, ese nosotros, ese más del 51%, contiene unas implicaciones nefastas en Euskadi. ¿De qué estamos hablando? ¿De Hutus y Tutsis? ¿De católicos y protestantes? ¿De judíos y musulmanes? ¿Es ese el modelo de convivencia que deseamos para Euskadi? Sinceramente creo que tras la denominación de 'Constitucionalistas' no se pueden ni se deben mezclar opciones políticas que amparen ese tipo de visiones, que sólo aportan material inflamable a los frágiles equilibrios que de forma cotidiana la gente acostumbra a hacer en este País.
Por eso creo que el papel de lo fronterizo, de lo empático con el diferente, del respeto a la diferencia, de la convivencia en definitiva, debe seguir cultivándose, por mucho que aún haya partidos que interpreten las campañas como una barra libre para cualquier recurso que permita arañar votos o pescar en caladeros cautivos. Yo pensaba que el PP vasco había comenzado hace tiempo a representar posiciones más templadas y responsables que las enarboladas en el pasado por Mayor Oreja o Iturgaiz. Por favor, recuérdense los resultados políticos de aquella estrategia.
A la hora de hacer el balance de lo bueno y malo que ha acontecido en esta Legislatura vasca que ya va tocando a su fin, parece haber absoluto consenso en distinguir dos aspectos fundamentales de la vida pública: por una parte está la gestión de la crisis, con todas las ramificaciones que se quieran incluir, pero básicamente resumidas todas ellas en el análisis de cómo se han gestionado los gastos y cómo los ingresos. Por otra parte, -la que en este post quiero desarrollar-, parece ineludible reparar en todo lo que tiene que ver con la convivencia, en un país enormemente plural en lo identitario y cultural, y que ha arrastrado hasta anteayer un lacerante problema de violencia ideológica.
El trasfondo sobre el que se han dibujado estas singularidades políticas, nos habla de una comunidad próspera y moderna, con altos índices de desarrollo humano y tecnológico, y capaz de generar excedentes económicos para reequilibrar desde valores de equidad y solidaridad, las persistentes diferencias sociales con las que convivimos.
Creo sinceramente que, si uno echa la vista atrás, tanto la otrora militarización de las conciencias como el nivel de crispación política, han disminuido notablemente durante los últimos tres años. A ello ha contribuido definitivamente el fin de ETA, aunque pueden remarcarse algunos otros ingredientes que también han jugado un papel importante.
El Gobierno socialista de Patxi López ha ejercido de fronterizo en todo lo que tiene que ver con las identidades. Ha rebajado la carga emocional, que a veces tanto pesaba, de muchas de las políticas culturales, lingüísticas, educativas o simbólicas que antes estaban presididas por una eterna polémica. Disquisiciones metafísicas sobre lo que somos, lo que deseamos, lo que fuimos o lo que soñamos, han quedado reservadas al ámbito legítimo de lo privado. Los sentimientos de pertenencia, en toda su amplia y variada graduación, sólo habían provocado en el pasado enfrentamientos que nos impedían avanzar en el mutuo reconocimiento de lo que somos unos y otros. De la intrínseca pluralidad de la sociedad vasca, al fin y a la postre.
Por eso me da pena y rabia leer eslóganes de campaña que dicen 'somos más del 51% los que nos sentimos vascos y españoles' u otros que dicen 'si tú no vas, ellos ganan', en referencia al ejercicio del voto. Ese ellos, ese nosotros, ese más del 51%, contiene unas implicaciones nefastas en Euskadi. ¿De qué estamos hablando? ¿De Hutus y Tutsis? ¿De católicos y protestantes? ¿De judíos y musulmanes? ¿Es ese el modelo de convivencia que deseamos para Euskadi? Sinceramente creo que tras la denominación de 'Constitucionalistas' no se pueden ni se deben mezclar opciones políticas que amparen ese tipo de visiones, que sólo aportan material inflamable a los frágiles equilibrios que de forma cotidiana la gente acostumbra a hacer en este País.
Por eso creo que el papel de lo fronterizo, de lo empático con el diferente, del respeto a la diferencia, de la convivencia en definitiva, debe seguir cultivándose, por mucho que aún haya partidos que interpreten las campañas como una barra libre para cualquier recurso que permita arañar votos o pescar en caladeros cautivos. Yo pensaba que el PP vasco había comenzado hace tiempo a representar posiciones más templadas y responsables que las enarboladas en el pasado por Mayor Oreja o Iturgaiz. Por favor, recuérdense los resultados políticos de aquella estrategia.
viernes, 3 de agosto de 2012
La brújula de medianoche
Óscar Rodríguez Vaz. Vitoria-Gasteiz
El pasado 20 de octubre empezó a aclararse el oscuro cielo vasco. Tras décadas de esfuerzo democrático y tres procesos de paz dinamitados con otros tantos atentados, ETA anunció el cese definitivo de su actividad terrorista. Lo conseguimos.
Hace un año sólo parecía posible un final así. Pero hace tres, cuando ETA asesinaba a dos agentes de la Guardia Civil en Mallorca, el actual nos parecía un escenario casi imposible. Nos costaba pensar que serían los últimos asesinados por ETA en España.
Si vemos con urgencias temporales y mediáticas lo ocurrido, nos parecerá que la decisión terrorista de no volver a matar ha sido casi un apunte más de su historia sangrienta, consustancial al mismo hecho de su nacimiento. Si lo vemos con perspectiva, esta legislatura vasca, que nació bajo la amenaza directa de ETA, pasará a la historia por poner fin a una trayectoria que no era sólo violenta, sino que iba acompañada de un componente de justificación, comprensión o consentimiento por parte de sectores sociales, que le habían permitido sobrevivir cincuenta años. Las llamas de los apoyos explícitos e implícitos fueron menguando, pero los rescoldos quedaron.
Lograda la paz, que ha sido lo más duro, tenemos que poner en el objetivo la convivencia, que probablemente será lo más difícil. Porque no va a ser fácil que quienes encontraron en el terror el sentido a sus vidas, reconozcan el daño causado. No va a ser fácil que quienes han crecido en el odio hacia nuestras instituciones, reconozcan ahora la legitimidad de las mismas. Tampoco va a ser fácil que admitamos indubitadamente que no hay atajos en la lucha contra el terrorismo y que hay que aclarar las situaciones en las que estos fueron empleados. No va a ser nada fácil que todos los que han sufrido amenazas en su propia casa, en su barrio, en el bar, junto a sus hijos, vayan ahora a excusarlas, cuando al otro lado todavía hay quienes piensan (e incluso verbalizan) que "algo habrán hecho". Será difícil.
Sin embargo, las cosas no han podido empezar mejor en el terreno de la construcción de la convivencia futura. En las primeras semanas del nuevo tiempo abierto en Euskadi, de la mano del lehendakari, y a raíz de una propuesta de los entonces parlamentarios de Aralar, se constituyó una ponencia parlamentaria para la paz y la convivencia.
Entre dudas, críticas y mucho ruido, la ponencia ha trabajado discretamente, pidiendo aportaciones, escuchando opiniones propias y ajenas, leyendo y escribiendo a varias manos. Y en apenas dos meses de trabajo, 72 de los 75 parlamentarios nos hemos comprometido en un documento en cuyo frontispicio se colocan dos principios:
1. Para una paz con memoria. La paz y la convivencia futura requieren el reconocimiento de la injusticia de la violencia, el reconocimiento del daño causado y de la dignidad de las víctimas, todas ellas merecedoras del derecho a la verdad, la justicia y la reparación.
2. Garantía de no repetición. Ni una sola causa política puede situarse por encima de los principios básicos de la ética y el respeto a los derechos humanos. Los derechos humanos constituyen un absoluto ético por encima de cualquier causa.
PNV, PSE-EE, PP, Ezker Anitza y los tres parlamentarios expulsados de Aralar (precisamente por impulsar esta ponencia parlamentaria), acordamos esos principios que constituyen un suelo ético para el futuro. Un suelo por el que todos, los que están y los que estarán en las instituciones, tendremos que pasar en el camino hacia el futuro.
Ese acuerdo se formalizó y publicitó a los pies de una escultura que preside la entrada al Parlamento Vasco, la "brújula de medianoche" de Cristina Iglesias, que se erigió en memoria de todas las víctimas del terrorismo. Un lugar simbólico para dar luz a un acuerdo, en mi opinión, histórico. Un acuerdo, el primero, en el largo camino hacia un futuro diferente, hacia un futuro mejor.
Porque yo imagino un futuro mejor. Imagino un futuro en el que el debate público en Euskadi esté centrado en la lucha contra la pobreza (aquí y fuera de aquí), en la ampliación de los derechos de ciudadanía y en la multiplicación de la inversión en creatividad e I+D como fórmula para lograr un desarrollo sostenible en su sentido más amplio.
Imagino gobiernos diferentes en el futuro en nuestros ayuntamientos. Gobiernos "normales" (hoy impensables) entre PP y PNV o entre el PSE-EE y la izquierda abertzale al frente de las instituciones comunes.
Imagino el futuro de Euskadi como el amanecer de cualquiera de los días que viviemos en este periodo estival, luminoso. Pero para superar nuestro oscuro pasado y atravesar el nublado presente, necesitamos dejarnos guiar por la “brújula de medianoche”. Para no olvidar. Para que nunca más se vuelva a repetir.
domingo, 24 de junio de 2012
La violencia es el recurso de los incompetentes
| Mineros en lucha (Fuente: Finanzas.com) |
El gobierno quiere eliminar las subvenciones a la minería. Oooootro recorte más... Esto supondría el cierre de las minas, y por lo tanto, la pérdida de empleos y el abandono de regiones enteras, donde sus habitantes dejarían de trabajar (tanto de manera directa como indirecta). Por eso, los mineros están en pie de guerra (literalmente).
Lo cual parece lógico, si tenemos en cuenta el nulo futuro al que lleva el gobierno de Rajoy a familias y pueblos enteros.
Y sí, estoy a favor de esta subvención a la minería; igual que apoyo la subvención a otras tantas actividades de interés para el país y (sobre todo) para sus paisanos como ganadería, la agricultura, la pesca, los automóviles, la I+D, ¡hasta la energía nuclear! (esa última no la apoyo, pero sí se subvenciona).
Y sí, estoy a favor de esta subvención a la minería; igual que apoyo la subvención a otras tantas actividades de interés para el país y (sobre todo) para sus paisanos como ganadería, la agricultura, la pesca, los automóviles, la I+D, ¡hasta la energía nuclear! (esa última no la apoyo, pero sí se subvenciona).
Sin embargo, no puedo estar de acuerdo en los métodos de protesta de los mineros.
La violencia no es éticamente aceptable
La violencia no es eficaz, porque "la violencia da la espalda a la esperanza". La violencia no es en absoluto ninguna solución contra la violencia de unos tiranos y contra la violencia de los mercados. Ninguna sociedad avanza con violencia, al contrario, involuciona. Por eso no es eficaz la violencia.
La indignación, el enfado, el cabreo, todos esos sentimientos, se deben canalizar hacia otras vías que permitan a todos los seres humanos hacer efectivos sus derechos humanos (que son inalienables por muy alta que sea la causa) y hacer que la sociedad avance en paz y en libertad para todos y cada unos de sus integrantes.
Porque ¿Quien puede poner precio a los derechos de otra persona (del antidisturbios, del gobernante, del minero)? ¿Quien valora y como valora los "daños colaterales" que esta violencia genera? ¿En que punto se puede considerar que el trabajo de uno mismo está por encima del trabajo de otros?
La violencia no es útil para la causa
| El interés mediático en la violencia |
En pleno siglo XXI las formas de protestan decimonónicas no afectan al patrón, ni al gobierno, ni a las élites. Les resbala. Una predada más, una cohete menos, un antidisturbios arriba o uno abajo, no influyen más a la opinión pública que otras acciones bien dirigidas mediáticamente.
Claro, los medios de comunicación prefieren un charquito de sangre para ilustrar la noticia. Y eso lo da una buena algarada. Una buena barricada ardiendo con humo negro también es válido. Violencia en general, vamos. Pero el problema es que la noticia pasa a ser el charquito de sangre, no la reinvindicación original.
Un antidisturbios herido no afecta al gobierno, que puede mandar mil más. Una carretera cortada no afecta a nadie más que al currela que tiene que ir a su puesto de trabajo.
Por eso, la violencia no es efectiva.
Por eso, la violencia no es efectiva.
La violencia ni es ética ni es efectiva
Y no, no digo que los mineros se queden callados y aguanten. Ni tampoco se lo digo a los ciudadanos que sufrimos recortes en sanidad, en educación, en libertades, en infraestructuras, en servicios... Hay otras maneras de protestar, que incluso son más dañinas para el gobierno de turno; hablo de boikots, hablo de insumisión fiscal, hablo de manifestaciones, de ruido social, de generar opinión pública contraria al gobierno, de visibilización permanente del cabreo, de huelgas, de paralización de servicios gubernamentales...
Gene-Sharp, ha escrito sobre como derrocar tiranos con métodos de protesta no violentos. Y funcionan.
Pero la violencia, no.
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martes, 22 de mayo de 2012
Arrepentimiento, perdón,... convivencia
Me encuentro estos días reflexionando: ¿es posible construir la convivencia entre los vascos después de la situación de violencia vivida a lo largo de tantos años en nuestra sociedad? Y, la verdad, el tema es mucho más complejo de lo que algunos quisiéramos.
Podemos hablar y discutir de muchos temas, pero en definitiva, únicamente podremos impedir los formatos totalitarios asegurando las formulas democráticas mediante un trabajo de convencimiento a largo plazo, elaborando un relato que integre en la memoria las vivencias de todos los sectores, aceptando todas las singularidades y respetando todas las diferencias.
Difícil. Difícil porque el convencimiento tiene que ser sincero y debe venir por todas las parte. Para ello, de cara al futuro, es imprescindible que los hechos se presenten de forma completa siendo conscientes que no existe una única verdad y todos los puntos de vista tienen su propia realidad… y también la nuestra.
El relato que debemos procesar de nuestro pasado, de nuestro presente, debe ser objetivo. Los hechos, los datos, deben ser analizados con profesionalidad sin ocultar ningún aspecto de manera intencionada y alejándolos de la pasión propia de los sentimientos para ser justos en el resultado final.
Y la conclusión a la que llego echando una mirada a mi alrededor, es que para alcanzar el objetivo de la convivencia va a ser necesario un proceso largo en el tiempo, muy largo. Y a buen seguro, algunos no lo vamos a ver finalizado.
Por ejemplo, a pesar de los 151 años pasados desde que el norte y el sur de los Estados Unidos se enfrentaran en la sangrienta Guerra de Secesión, aún hoy en lo más profundo del país se sigue habla de las “dos almas”. Y eso por no entrar en el típico pero más cercano ejemplo de “las 2 españas”.
Y es que desde mi rincón sigo viendo una división tan clara entre los que han utilizado la violencia para condicionar la vida de los que no pensamos igual, que cualquier aproximación nos va a obligar a grandes dosis de respeto por todas las partes. Un respeto que, querámoslo o no, inconscientemente, no nos merecen los de enfrente. Un respeto que deberán y deberemos conquistar.
Los que creemos que se ha diseñado un falso conflicto para argumentar disculpas mientras desde los pulpitos se bendecía a los verdugos, los que hemos resistido mientras otros recogían nueces, los que no hemos aceptado la situación como algo normal mientras otros miraban hacia otro lado, los que hemos puesto una y mil veces la otra mejilla… ahora tenemos un desafío de extraordinarias dimensiones. Nunca debiéramos haber vivido una experiencia como la que nos ha tocado vivir. Pero si bien no podemos cambiar lo que ha ocurrido, ¿podremos aprender de ello? Seguro que sí. Tenemos que hacerlo.
En estos momentos, en nuestras manos tenemos la oportunidad de cimentar el futuro reforzando los valores del modelo democrático y construir las bases de la convivencia que impidan que cualquier tipo de violencia totalitaria pueda volver a implantarse entre nosotros. Está en nuestras manos, porque no solamente somos fundamentales, somos imprescindibles. Sin nosotros no hay futuro.
No es fácil. No nos lo están poniendo fácil. Y mucho menos aún cuando nosotros tenemos que tragar saliva, mientras que del lado del nacionalismo nos provocan con proposiciones secesionistas negando la condición de vascos a quienes nos rebelamos a sus tesis y viendo que su único fin es el de forzar una postura siniestra: “o conmigo o contra mí”.
Para construir la convivencia, además de nosotros, muchos son los que deberán reflexionar. Porque, evidentemente, únicamente no se puede construir la convivencia en el contexto de una sociedad democrática donde exclusivamente se respete la pluralidad de las ideas, y donde no se argumenten “diferencias” para injuriar, o se utilice “la cultura” para excluir. Sino que, además será necesario alcanzar un formato legal ampliamente aceptado, que equivalga a un largo periodo de distensión y donde se fijen unas reglas de juego ciertas e inamovibles que nos permitan vivir juntos entre diferentes por muchos, muchos años. Unas reglas que, tras ser fijadas no se pretendan de manera sistemática rebasar. Cualquier otra cosa no es solución. Si "su" paz es cualquier otra cosa, no la queremos.
Por otra parte, personalmente estoy seguro de que, con el tiempo, muy poca gente hablará de reconciliación, porque todos debemos ser conscientes que si no hay arrepentimiento, el perdón se hace imposible… y están dejando muy claro que no están arrepentidos. Ni están arrepentidos, ni están pidiendo perdón, ni siquiera han dejado claro que no vayan a volver a las andadas… más bien todo lo contrario.
Y sin ambas cosas, sin arrepentimiento y sin perdón, de la misma forma que pasa en otros puntos del mundo, la reconciliación parece improbable. Claro que tanto el arrepentimiento como el perdón, son algo que suponen procesos internos personales muy complejos que ni se han dado, ni se dan en ninguna parte del universo.
Debemos entender que la mención de la reconciliación es algo que queda muy bien en negro sobre blanco (el papel lo soporta todo), pero en tanto que el mero hecho de su exigencia puede ser una piedra insalvable en nuestro camino de convivencia, el arrepentimiento, el perdón y, en definitiva, la reconciliación no deben ser temas prioritarios. En nuestra tarea para la convivencia no pueden ser objetivo principales. No pueden ser, ni lo van a ser. Simplemente respeto.Por lo tanto, contentémonos con defender la consolidación del régimen democrático, apuntalemos unas normas que asienten los preceptos mínimos para no hacernos daño los unos y los otros, impidamos la construcción de murallas y miremos al futuro para que las próximas generaciones puedan tener la oportunidad que a nosotros nos fue negada. Hagámoslo por ellas.
Escrito por Tony Alonso Intriago: landaigo@gmail.com
Podemos hablar y discutir de muchos temas, pero en definitiva, únicamente podremos impedir los formatos totalitarios asegurando las formulas democráticas mediante un trabajo de convencimiento a largo plazo, elaborando un relato que integre en la memoria las vivencias de todos los sectores, aceptando todas las singularidades y respetando todas las diferencias.
Difícil. Difícil porque el convencimiento tiene que ser sincero y debe venir por todas las parte. Para ello, de cara al futuro, es imprescindible que los hechos se presenten de forma completa siendo conscientes que no existe una única verdad y todos los puntos de vista tienen su propia realidad… y también la nuestra.
El relato que debemos procesar de nuestro pasado, de nuestro presente, debe ser objetivo. Los hechos, los datos, deben ser analizados con profesionalidad sin ocultar ningún aspecto de manera intencionada y alejándolos de la pasión propia de los sentimientos para ser justos en el resultado final.
Y la conclusión a la que llego echando una mirada a mi alrededor, es que para alcanzar el objetivo de la convivencia va a ser necesario un proceso largo en el tiempo, muy largo. Y a buen seguro, algunos no lo vamos a ver finalizado.
Por ejemplo, a pesar de los 151 años pasados desde que el norte y el sur de los Estados Unidos se enfrentaran en la sangrienta Guerra de Secesión, aún hoy en lo más profundo del país se sigue habla de las “dos almas”. Y eso por no entrar en el típico pero más cercano ejemplo de “las 2 españas”.
Y es que desde mi rincón sigo viendo una división tan clara entre los que han utilizado la violencia para condicionar la vida de los que no pensamos igual, que cualquier aproximación nos va a obligar a grandes dosis de respeto por todas las partes. Un respeto que, querámoslo o no, inconscientemente, no nos merecen los de enfrente. Un respeto que deberán y deberemos conquistar.
Los que creemos que se ha diseñado un falso conflicto para argumentar disculpas mientras desde los pulpitos se bendecía a los verdugos, los que hemos resistido mientras otros recogían nueces, los que no hemos aceptado la situación como algo normal mientras otros miraban hacia otro lado, los que hemos puesto una y mil veces la otra mejilla… ahora tenemos un desafío de extraordinarias dimensiones. Nunca debiéramos haber vivido una experiencia como la que nos ha tocado vivir. Pero si bien no podemos cambiar lo que ha ocurrido, ¿podremos aprender de ello? Seguro que sí. Tenemos que hacerlo.
En estos momentos, en nuestras manos tenemos la oportunidad de cimentar el futuro reforzando los valores del modelo democrático y construir las bases de la convivencia que impidan que cualquier tipo de violencia totalitaria pueda volver a implantarse entre nosotros. Está en nuestras manos, porque no solamente somos fundamentales, somos imprescindibles. Sin nosotros no hay futuro.
No es fácil. No nos lo están poniendo fácil. Y mucho menos aún cuando nosotros tenemos que tragar saliva, mientras que del lado del nacionalismo nos provocan con proposiciones secesionistas negando la condición de vascos a quienes nos rebelamos a sus tesis y viendo que su único fin es el de forzar una postura siniestra: “o conmigo o contra mí”.
Para construir la convivencia, además de nosotros, muchos son los que deberán reflexionar. Porque, evidentemente, únicamente no se puede construir la convivencia en el contexto de una sociedad democrática donde exclusivamente se respete la pluralidad de las ideas, y donde no se argumenten “diferencias” para injuriar, o se utilice “la cultura” para excluir. Sino que, además será necesario alcanzar un formato legal ampliamente aceptado, que equivalga a un largo periodo de distensión y donde se fijen unas reglas de juego ciertas e inamovibles que nos permitan vivir juntos entre diferentes por muchos, muchos años. Unas reglas que, tras ser fijadas no se pretendan de manera sistemática rebasar. Cualquier otra cosa no es solución. Si "su" paz es cualquier otra cosa, no la queremos.
Por otra parte, personalmente estoy seguro de que, con el tiempo, muy poca gente hablará de reconciliación, porque todos debemos ser conscientes que si no hay arrepentimiento, el perdón se hace imposible… y están dejando muy claro que no están arrepentidos. Ni están arrepentidos, ni están pidiendo perdón, ni siquiera han dejado claro que no vayan a volver a las andadas… más bien todo lo contrario.
Y sin ambas cosas, sin arrepentimiento y sin perdón, de la misma forma que pasa en otros puntos del mundo, la reconciliación parece improbable. Claro que tanto el arrepentimiento como el perdón, son algo que suponen procesos internos personales muy complejos que ni se han dado, ni se dan en ninguna parte del universo.
Debemos entender que la mención de la reconciliación es algo que queda muy bien en negro sobre blanco (el papel lo soporta todo), pero en tanto que el mero hecho de su exigencia puede ser una piedra insalvable en nuestro camino de convivencia, el arrepentimiento, el perdón y, en definitiva, la reconciliación no deben ser temas prioritarios. En nuestra tarea para la convivencia no pueden ser objetivo principales. No pueden ser, ni lo van a ser. Simplemente respeto.Por lo tanto, contentémonos con defender la consolidación del régimen democrático, apuntalemos unas normas que asienten los preceptos mínimos para no hacernos daño los unos y los otros, impidamos la construcción de murallas y miremos al futuro para que las próximas generaciones puedan tener la oportunidad que a nosotros nos fue negada. Hagámoslo por ellas.
Escrito por Tony Alonso Intriago: landaigo@gmail.com
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