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viernes, 24 de mayo de 2013

Los idus de mayo o la suficiencia del PSOE como partido

Aurelio Romero. Vitoria-Gasteiz. @romeronomada

Conforme pasan los días, surgen permanentemente cuestiones que nos llevarían a la reflexión también constante sobre el presente y el futuro del socialismo español, alejados ya todos del eco triunfal del pasado, porque el más reciente tampoco fue glorioso. No son los medios de comunicación quienes están marcando esa agenda de la vicisitud del PSOE, sino el entorno generado por su acción e inacción y, con más ruido aún, su propia entraña organizativa, que no ha parado desde hace meses de dar pie a su presencia en los medios.

Más que de meses, se podría hablar desde aquel mes de mayo en que Zapatero descubrió que la socialdemocracia era ajena a los escenarios financieros, que diseñaban nuevas estrategias políticas al margen de los partidos mayoritarios e incluso los gobernantes. Fue en ese mes, como unos nuevos idus de mayo, cuando también todos comprobamos que el tiempo de las ideologías sobre el bienestar social habían caído hasta la postguerra, porque se había roto unilateralmente aquel pacto implícito europeo de permitir generar una sociedad sobre la que los partidos pudieran gobernar desde principios democráticos, siempre flexibles, tanto como la realidad fuese haciendo conveniente.

Estábamos lejos de comprobar aquel mayo de hace tres años que la caída de la red política que nos sostenía iba a suponer también el final de otras dos cuestiones no menos importantes: la credibilidad de quienes ejercían el poder y, por ende, el valor de la propia democracia como régimen. Es sintomático que, en plena crisis –si es que alguna vez fue una sola-, la sociedad española reclame unos nuevos Pactos de la Moncloa, que supusieron la puesta de largo formal del nuevo periodo post-dictadura y avalaron la figura de Adolfo Suárez como cabeza de ese salto a la democracia, y la de Felipe González como cabeza visible de una oposición más perfilada que la de ahora mismo. Sintomático porque, como aventuraba en una ocasión la “dura” ex ministra de Fomento, Magdalena Álvarez de forma gráfica, “la gente recibe el salchichón entero y luego no se acuerda” y las décadas de gobierno e incidencia social socialista parecen haber sido borrados con el último “trienio Zapatero” y en ese viaje ha ido al suelo la credibilidad de las instituciones que sostuvieron la “marca” del país como percepción exterior y como vivencia interna. Peor aún, en todo caso, es la sustitución de esas señas por la incredulidad sobre la propia democracia, que es el riesgo mayor que nos acecha.

Los 15 de mayo pasarán a nuestra pequeña historia como el día en que una parte de la sociedad que no recuerda aquellos avatares hacia la democracia y otra que apostaba por una vía más rápida llamada ruptura democrática con el régimen, acamparon en la Puerta del Sol y otras plazas españolas para marcar un “hasta aquí” a la contrarreforma del Partido Popular, que ha conseguido levantar tiendas de propios y extraños. Con todo, la fecha es menos importante que la actitud de la sociedad, que se ha mantenido en todo este año mientras la gran mayoría de la “democracia instalada” sigue preguntándose si son galgos o podencos.

Al PSOE el 15 de mayo le ha pasado por la puerta y no para hacerle perder las elecciones, porque no todo el voto perdido estaba encerrado en una plaza, sino en casa y sin votar, sino para hacerle ver que el templo y el tiempo de la transición había pasado cuando el propio socialismo gobernante rindió las armas en Bruselas, pese a las explicaciones en Nueva York y Londres de la “primera ministra de Economía de derechas” como se ha dado en llamar a Elena Salgado. Sigue advirtiéndole que aún no hay respuestas suficientes frente a la estrategia popular aunque su mayoría absoluta electoral se vea más que resquebrajada socialmente.

La urgencia de un Congreso como el de los socialistas en Sevilla, hace ya un año y un mes, intentó cerrar un tiempo de excepcionalidad pero solo tapó la fuga de agua de la dirección y pidió tiempo para ir diseñando el nuevo modelo político y, sobre todo, de país que debía aportar como principal partido de la oposición. El eco ruidoso de sus congresos posteriores ha intentado acallarse con la llamada al bien común del partido y, en bien de ese fin pero sin buscar mayores complicidades, se ha cortazo de raíz debate y personas, sin saber ver que ese eco del vacío interno sobre el futuro y la defensa a ultranza de la arquitectura presente solo ha generado más miradas hacia las campadas del 15 M, no por la terquedad de quienes alzaron la voz para pedir un nuevo modelo de partido, sino por la enquistada obsesión de vivir una realidad insuficiente.

Compuertas contra el agua hacia dentro o hacia fuera, mientras comienza abrirse paso desde el fondo de la sociedad el germen de un modelo inconcreto, inconexo, peligroso como abono de quienes nunca comulgaron con ese sistema, el “menos malo” pero cada vez con mayores cicatrices.

Periódicamente, las encuestas –que fuera del periodo electoral tienen principalmente el valor de la llamada de atención- vienen advirtiendo de la caída a la baja de los partidos mayoritarios, y el ascenso de fuerzas hasta ahora más minoritarias. No es significativo ese incremento del favor hacia IU o la nueva derecha que representa UPyD cuando el destino del magro del voto es desconocido y cabe pensar que no todo es abstención sino desorientación. Ese distanciamiento entre la sociedad y la política del Gobierno del PP, que no aplica la que anunciaba, sino lo que cada tres meses se le indica que desarrolle desde fuera de nuestras instituciones democráticas, y esa falta de encuentro del principal partido de la oposición y anterior gobernante consigo mismo y con la sociedad, demuestran que el significado de ruptura que tienen los idus en su origen es cada vez más manifiesto en nuestro país.

Se viene reclamando al PSOE una estrategia diferente que remarque su posición frente al Gobierno de Rajoy. Incluso se han producido cambios en su organización por cuestiones más de estilo político que de calado en la actual coyuntura. La impresión general, no obstante, es que amén de las personas, lo que faltan, como decía gráficamente el sociólogo Ignacio Urquizu, son “personas con ideas” que sustituyan a la actual dirección, absorbida por la cautela organizativa, situada en una acera de la plaza política y hacia la que la sociedad ha dejado de mirar en busca de respuestas. La Conferencia Política anunciada en el Congreso de Sevilla y postergada casi un año está teniendo como respuesta la pregunta, esa que se pretendía evitar, sobre la capacidad real del socialismo español para estructurar un partido y una respuesta adecuadas.

Solo llega el eco de las apetencias internas cara al futuro, que pretenden ignorarse o descalificar con la objeción mayor de que no es la hora. Y, efectivamente, no es la hora de los nombres propios, como se insiste en decir, sino la de convocar a las personas y poner fin a esta excepcionalidad que, por irreal, sobrevive en un escenario voluntario que puede quebrar cualquier mes, aunque no sea en este del 15 M.

Artículo publicado en Diario Noticias (15.05.13)

martes, 23 de abril de 2013

Demócratas y republicanos

Denis Itxaso. Donostia. @DenisItxaso

El aniversario de la proclamación de la II República Española ha venido a coincidir con uno de los momentos, desde la transición a la democracia, de mayor efervescencia en el debate sobre la forma de Estado que más conviene a España.
En este contexto, mi compañero Ramón Jáuregui reclamaba en el Diario Vasco del pasado 10 de abril "prudencia real" (ver más abajo), ponía en valor las virtudes integradoras de la Corona y alertaba del riesgo de pretender cambiarlo todo ingenuamente en un momento de tanto descreimiento social y sin los consensos necesarios. Participo de las tres premisas y, sin embargo, creo que vale la pena replantearnos la virtualidad de la Monarquía.
Como militante socialista siempre he aceptado que la lealtad del PSOE a la Corona formaba parte de una renuncia política -que no ideológica- de compromiso y reconciliación, a la muerte de Franco y ante un futuro entonces incierto. Pero pertenezco a una generación que jamás ha considerado que fuera un tabú hablar sobre la forma de Estado, y que ha visto en el velo informativo que ha protegido a la Familia Real, un ejercicio innecesario de paternalismo institucional.
Por eso no entiendo que, 35 años después, ahora que el debate puede retomarse en un país cuya conciencia democrática ha madurado -aunque sea a golpe de decepción-, aún haya un <em>stablishment</em> pegado a ese sentido extraño de la responsabilidad que invoca no se qué estabilidad, precisamente cuando la Corona comienza a percibirse más como un problema que como una solución, lo que implica que su utilidad histórica comienza a desvanecerse. Es demasiado evidente que la clase política que protagonizó aquellos convulsos años, guarda una mal entendida lealtad a esa institución que se torna incompatible con el sentido crítico que exigen los tiempos hacia muchas de las cosas que se han deteriorado en España. Y creo que es compatible y perfectamente natural, reconocer el papel desempeñado en el pasado por el Rey, incluidas sus presuntas virtudes integradoras, con aceptar la decadencia sistémica que simboliza en la actualidad ese modelo de Jefatura de Estado.
Afirmar, como lo hacía mi admirado Ramón, que el Monarca es garantía de neutralidad en la Jefatura del Estado en un país tan polarizado, es tanto como socavar las bases mismas del pensamiento republicano. La búsqueda de perfiles sin excesivas aristas, que conciten amplios consensos, no es algo que este vedado a la fórmula republicana, como lo demuestran diferentes ejemplos dentro de la misma UE. Y, en todo caso, se trata de un cargo remozable cada 4 o 5 años, dependiendo de la adhesión ciudadana que reúna. Y en último término, ¿Qué hay de nuestros ideales? ¿Acaso hemos renunciado a ellos para siempre? En ese caso, recordemos dos cosas: que si así fuera, la honestidad debería llevarnos a una refundación de nuestras bases ideológicas y desideratum políticos; y en segundo lugar, que nuestra actual crisis de apoyos ciudadanos tiene mucho que ver con la renuncia práctica a algunos de nuestros ideales más genuinos.
Es verdad que el descrédito de los partidos políticos no ayuda precisamente para la defensa de un sistema de elección popular del Presidente de la República, frente a la inercia de un cargo de carácter hereditario que juegue un papel moderador en el mejor de los casos, o de títere en el peor de ellos. Pero eso, en última instancia, a quien interpela es a las propias formaciones para que se transformen y abran cauces de participación, y adopten una cultura de pacto y compromiso, tratando de desterrar el cainismo y la confrontación permanente como instrumentos de hacer política.
Por eso, ante la recurrente pregunta que muchos socialistas nos hacemos sobre cómo salir de este atolladero en el que nos encontramos, cada día estoy más convencido de que es la cultura republicana la que puede ayudarnos a encontrar la respuesta. No es que otra forma de Estado tenga virtudes curativas <em>per se</em>, ni mucho menos, si no que el inmenso calibre y profundidad de las reformas a abordar requieren de un impuso que identifique la Educación, la conciencia cívica, la sostenibilidad ambiental, la reorganización del trabajo, la participación ciudadana, la reinvención de la función pública y tantas tareas pendientes, en el epicentro de su agenda pública.
Incluso la reforma federalizante que parece estar incubando el PSOE, como respuesta a las tensiones territoriales agudizadas por la crisis y la extendida sensación de agravios comparativos, tendría mejor encaje bajo un modelo republicano. No en vano, un reino es sinónimo intrínseco de unidad y no tanto de diversidad, que es el camino que debe recorrer España y por el que no avanza con la audacia e inteligencia que debiera, aunque nuestro actual marco constitucional ofrezca más de una previsión normativa que poder emplear al efecto. ¿Se puede seguir pensando que un Rey, éste u otro, obrará de pegamento territorial y social entre las generaciones que no han vivido ninguna de las miserias ni amenazas que se invocan para seguir reivindicando la virtualidad del pacto constitucional?
En fin, rara vez el continuismo ha alumbrado cambio alguno en ningún orden, y confiar en un príncipe azul no es revulsivo suficiente para recuperar la moral colectiva, hoy derrumbada también por la falta de liderazgos estimulantes. Por el contrario, los estilos de liderazgo que se imponen aquí y ahora son compartidos, audaces y, a ser posible, capaces de representar a una sociedad que asume el riesgo y se ha acostumbrado -qué remedio- a vivir en la incertidumbre. La Monarquía obedece a la necesidad de dar respuesta a cuestiones decimonónicas, superadas, o simple y llanamente imposibles de satisfacer plenamente hoy día, como la seguridad, la indivisibilidad, la certidumbre o la invulnerabilidad. Y la fortaleza que debemos exhibir es la del músculo democrático que permite hacer profundas autocríticas, corregir y combatir las nuevas amenazas, que tienen mucho menos que ver con el orden constitucional que con el 27% de desempleo.


(Artículo publicado en Diario Vasco 21.04.13)


sábado, 16 de febrero de 2013

Las 7 diferencias

Óscar Rodríguez Vaz. Vitoria-Gasteiz

Cuando me pidieron que explicara en unas líneas las diferencias entre quienes defendemos una regeneración y quienes, legítimamente, apuestan por el continuismo en el PSE-EE de Álava, reconozco que me costó decidirme. No porque no existan diferencias, que las hay, y algunas de mucho calado. No. Me costó porque en los partidos existe un miedo atávico a expresarlas públicamente.

Yo apuesto por una regeneración de la política, y de mi Partido, mirando al futuro. Y creo que el futuro pasa por cambiar los parámetros clásicos de la política, pasa por expresar la diferencia, pasa por aprender a autocriticarse, pasa por ser transparentes,… todo ello es lo que me animó a escribir este artículo.

Previamente diré que, como militante socialista – y como la mayoría de la afiliación –, comparto el 80% de la “doctrina” de mi Partido. De no ser así, estaría en otro. Y yo estoy muy a gusto donde estoy, en la que ha sido y debe seguir siendo la casa común de los progresistas.

Dicho esto, hay diferencias entre el “Stablishment” y quienes defendemos la regeneración del Partido – y de la política – en Álava, que afectan básicamente a la forma de organizarnos y a la manera de relacionarnos con la sociedad. Resumiré estas diferencias en siete.

Primera, la autocrítica. Cuando tras un varapalo electoral, los representantes de los partidos salimos ante la opinión pública - generalmente, sonrientes - a decir que “hemos obtenido unos buenos resultados” o que “hemos ganado a las encuestas”, nos equivocamos. Ante estas situaciones, creo que sería mucho mejor salir a hacer público un análisis crítico de los resultados obtenidos y, posteriormente, asumir responsabilidades. Así empezaríamos a ganar credibilidad. Se trata de una diferencia política sustancial.

Segunda. En mi Partido – en los partidos, en general – no se aprovecha el principal capital de que disponemos: las personas. Tenemos el privilegio de contar con centenares de militantes pertenecientes a muy diferentes sectores de la sociedad, voluntarios dispuestos a colaborar. Sin embargo, no hay hueco para tanta cabeza en la política clásica. ¡Y si no aprovechamos a los militantes, qué decir de los simpatizantes y los votantes, con quienes nuestra única relación se da prácticamente una vez cada cuatro años! El futuro pasa por cambiar esta realidad, y este enfoque supone también una diferencia política de peso.

Tercera, la austeridad. Esta semana lo ha expresado de forma muy gráfica, la militante de las Juventudes Socialistas Beatriz Talegón: “¿Cómo pretendemos dar lecciones desde un hotel de cinco estrellas?”. Nuestro cónclave alavés tendrá lugar en un hotel “sólo” de cuatro estrellas…, cuando tenemos centros cívicos y palacios de congresos en desuso y las arcas públicas renqueantes. Otra diferencia de peso.

Cuarta. Uno de los principales factores por los que la política arrastra falta de credibilidad – según los estudios del CIS, somos el tercer problema para la sociedad – es la falta de transparencia. La mayoría de quienes se dedican a la política son gente honrada, que trabaja por su sociedad de referencia y que no se dedica a robar. Pero el problema es que hoy no nos creen. Y o cambiamos o nos cambian. El cambio, a nuestro juicio, consiste en la firma de un nuevo contrato entre los partidos, las instituciones y la ciudadanía basado en la transparencia. Algunas medidas podrían ser que los partidos den cuenta de su patrimonio y de los ingresos procedentes de la Administración periódica y públicamente; que los cargos públicos estén obligados a publicitar sus declaraciones de actividades y bienes; o que cualquier ciudadano pueda conocer el destino de los dineros públicos que reciba cualquier empresa (pública, parapública o participada) o pueda acceder a las declaraciones de bienes y actividades de los responsables de tales empresas.

Quinta, el debate. Dice el fallecido profesor Tony Judt en su magistral epílogo literario-vital, que “la disposición al desacuerdo, al rechazo o la disconformidad constituyen la savia de una sociedad abierta”. Hoy en mi Partido – y en el resto – el debate crítico no se estila y, sin embargo, éste se me antoja imprescindible para empezar a recuperar parte de la credibilidad perdida. Es otra gran diferencia.

Sexta, la participación. Las innovaciones que han ido dando forma a la sociedad actual han hecho aún más flagrante la falta de adaptación de la política a la nueva realidad. Apenas hay diferencias entre el sistema político que yo vivo y el que pudieron conocer mis abuelos en los años previos a la dictadura. Y como los partidos tienen una gran importancia en el sistema constitucional español, deberíamos empezar el cambio por ellos. Concretamente, para nuestro Partido reclamamos mejorar los mecanismos participativos que ya existen y crear algunos nuevos, como las primarias y las listas abiertas para la elección de representantes, consultas a la militancia y a la sociedad de referencia aprovechando las nuevas tecnologías, etc.

Y séptima. Uno de los déficits de la política – y de mi Partido – es la falta de evaluación de lo que se hace, algo clave para la legitimación de la política. Para remediarlo, deberíamos poner en marcha mejores mecanismos de rendición de cuentas, para que los militantes y votantes sepan a quién pedir responsabilidades por una mala decisión o por una no-decisión; o podríamos, incorporar mecanismos ciudadanos de revocación de cargos públicos por incumplimiento de programa o por mala gestión, etc.

Espero que seamos capaces de acertar a dirimirlas todas ellas en clave de futuro en el VII. Congreso del PSE-EE de Álava.


(Artículo Publicado en Diario Noticias de Álava, 16.02.13)

lunes, 21 de enero de 2013

El futuro de la política

Óscar Rodríguez Vaz. Vitoria-Gasteiz

“Algo huele a rancio en la política. Y no me refiero a la corrupción. No es un olor hediondo; se trata más bien de ese olor a cuero o tejidos pasados que recuerda vagamente a su fragancia original, pero que ha perdido ya la fuerza evocadora originaria”. Con esta cita comienzael profesor Vallespín una obra titulada como este artículo que, con apenas unadécada, es ya un clásico en el campo politológico.
 
A pesar de todas las crisis, pienso que aún somos mayoría quienes creemos en una democracia representativa dotada de legitimidad social, pero también reformada, tocando dos de sus pilares clave: los partidos – cuyo papel es “fundamental para la participación política”, según el art. 2.6 de la  Constitución, y que hoy son percibidos como un problema - y las instituciones de representación.

Debemos innovar para obtener la fórmula que cierre la brecha entre la política – partidos e instituciones - y la voluntad popular en la que se fundamenta su legitimidad. Una fórmula reformista que responda tres cuestiones clave: qué nuevos mecanismos contractuales ponemos en marcha para con la sociedad; cómo se forma la voluntad colectiva; y qué nuevos mecanismos de participación implementamos. 

Respecto de la primera cuestión, las relaciones sociales en democracia se establecen de acuerdo a mecanismos contractuales. Debemos firmar un nuevo contrato basado en la confianza. Y no hay mejor forma de transmitir confianza que la transparencia, en los partidos y en las instituciones. No hay excusa alguna para no poner a disposición de la gente lo que es suyo.

Medidas de transparencia que pasarían, por ejemplo, porque los partidos dieran cuenta de su patrimonio y de los ingresos procedentes de la Administración periódica y públicamente. Por ejemplo, porque los cargos públicos estuvieran obligados a publicitar sus declaraciones de actividades y bienes. O, por ejemplo, porque cualquier ciudadano pudiera conocer el destino de los dineros públicos que reciba cualquier empresa (pública, parapública o participada) o pudiera acceder a las declaraciones de bienes y actividades de los responsables de tales empresas.

En cuanto a la segunda cuestión, dice el fallecido profesor Judt en su magistral epílogo literario-vital que “la disposición al desacuerdo, al rechazo o la disconformidad constituyen la savia de una sociedad abierta”. Así pues, en la formación de la voluntad colectiva, resulta imprescindible que haya debates serios, escucha activa y autocrítica.

Las estructuras internas y modos de funcionamiento de los partidos distan bastante de ser todo lo democráticas que debieran. También en las instituciones de representación asistimos a debates prefabricados y rígidos, ajenos al propio sentido del parlamentarismo. O vemos debates esperpénticos para aparentar que ciertas decisiones se toman en el Parlamento, cuando mucha gente ya sabe que se han tomado en salas más pequeñas, con poca luz y con menos gente.

¿Cómo cambiar esta realidad? O lo que es lo mismo, ¿cómo fomentar la libertad de pensamiento y de opinión en un sistema que ha degenerado? La teoría parecería sencilla: quitando poder a las cúpulas de los partidos y dándoselas a los militantes y votantes, a la ciudadanía. La práctica quizás no lo sea tanto.

Y esto me lleva a la tercera cuestión. En poco tiempo hemos pasado de las palomas mensajeras a los smartphones. Se ha transformado todo. Y las innovaciones que han ido dando forma a la sociedad actual han hecho aún más flagrante la falta de adaptación de la política a la nueva realidad. Es más, en ocasiones se han operado cambios en la dirección inadecuada, pues “lapolítica en directo” – como la llama Daniel Innerarity –dificulta “las vías de acceso y permeabilización” de esta con la sociedad.

Ha cambiado todo, menos los partidos y sus estructuras; todo, menos las instituciones y los sistemas de representación. Apenas hay diferencias entre el sistema político que yo vivo y el que pudieron conocer mis abuelos en los años 40.

En este sentido, considero que, además de reducir drásticamente el número de instituciones con criterios de eficacia y eficiencia (sobran las Diputaciones Provinciales y hay que agrupar los 8.100 Ayuntamientos), podríamos incorporar mecanismos ciudadanos de revocación de cargos públicos por incumplimiento de programa o por mala gestión. También hace falta un sistema electoral más dinámico, buscando una mejor representatividad del voto y desbloqueando las listas en las elecciones al Congreso. Se podrían convertir en autonómicas las circunscripciones, para hacer del Senado una Cámara de representación territorial; en todo caso, si no se reforma, carece de sentido. O lejos de los debates populistas sobre su número, se podría mejorar la legitimidad de los parlamentos autonómicos con un sistema mixto de elección: eligiendo una parte como hasta ahora (desbloqueando las listas cerradas, eso sí), y que otra fuera elegida directamente por la ciudadanía en listas abiertas.

Y también habría que impulsar reformas internas en los propios partidos. Por ejemplo, estableciendo primarias y listas abiertas para la elección de sus representantes. O por ejemplo, impulsando consultas a la militancia y a la sociedad de referencia. O, por ejemplo, con mejores mecanismos de rendición de cuentas, para que sus militantes y votantes sepan a quién pedir responsabilidades por una mala decisión o por una no-decisión.

En resumen, la fórmula para corregir la erosionada legitimidad de la política, pasa por la construcción de una mejor democracia sobre la transparencia, el debate crítico y la participación. Me permito la licencia de instar a la izquierda a que patente la fórmula, sea esta o cualquier otra. 



(Artículo publicado hoy en El Diario Vasco y en El Correo)

domingo, 7 de octubre de 2012

Ellos, nosotros

Denis Itxaso. Donostia. (denisitxaso@gmail.com)

A la hora de hacer el balance de lo bueno y malo que ha acontecido en esta Legislatura vasca que ya va tocando a su fin, parece haber absoluto consenso en distinguir dos aspectos fundamentales de la vida pública: por una parte está la gestión de la crisis, con todas las ramificaciones que se quieran incluir, pero básicamente resumidas todas ellas en el análisis de cómo se han gestionado los gastos y cómo los ingresos. Por otra parte, -la que en este post quiero desarrollar-, parece ineludible reparar en todo lo que tiene que ver con la convivencia, en un país enormemente plural en lo identitario y cultural, y que ha arrastrado hasta anteayer un lacerante problema de violencia ideológica.
El trasfondo sobre el que se han dibujado estas singularidades políticas, nos habla de una comunidad próspera y moderna, con altos índices de desarrollo humano y tecnológico, y capaz de generar excedentes económicos para reequilibrar desde valores de equidad y solidaridad, las persistentes diferencias sociales con las que convivimos.

Creo sinceramente que, si uno echa la vista atrás, tanto la otrora militarización de las conciencias como el nivel de crispación política, han disminuido notablemente durante los últimos tres años. A ello ha contribuido definitivamente el fin de ETA, aunque pueden remarcarse algunos otros ingredientes que también han jugado un papel importante.

El Gobierno socialista de Patxi López ha ejercido de fronterizo en todo lo que tiene que ver con las identidades. Ha rebajado la carga emocional, que a veces tanto pesaba, de muchas de las políticas culturales, lingüísticas, educativas o simbólicas que antes estaban presididas por una eterna polémica. Disquisiciones metafísicas sobre lo que somos, lo que deseamos, lo que fuimos o lo que soñamos, han quedado reservadas al ámbito legítimo de lo privado. Los sentimientos de pertenencia, en toda su amplia y variada graduación, sólo habían provocado en el pasado enfrentamientos que nos impedían avanzar en el mutuo reconocimiento de lo que somos unos y otros. De la intrínseca pluralidad de la sociedad vasca, al fin y a la postre.

Por eso me da pena y rabia leer eslóganes de campaña que dicen 'somos más del 51% los que nos sentimos vascos y españoles' u otros que dicen 'si tú no vas, ellos ganan', en referencia al ejercicio del voto. Ese ellos, ese nosotros, ese más del 51%, contiene unas implicaciones nefastas en Euskadi. ¿De qué estamos hablando? ¿De Hutus y Tutsis? ¿De católicos y protestantes? ¿De judíos y musulmanes? ¿Es ese el modelo de convivencia que deseamos para Euskadi? Sinceramente creo que tras la denominación de 'Constitucionalistas' no se pueden ni se deben mezclar opciones políticas que amparen ese tipo de visiones, que sólo aportan material inflamable a los frágiles equilibrios que de forma cotidiana la gente acostumbra a hacer en este País.

Por eso creo que el papel de lo fronterizo, de lo empático con el diferente, del respeto a la diferencia, de la convivencia en definitiva, debe seguir cultivándose, por mucho que aún haya partidos que interpreten las campañas como una barra libre para cualquier recurso que permita arañar votos o pescar en caladeros cautivos. Yo pensaba que el PP vasco había comenzado hace tiempo a representar posiciones más templadas y responsables que las enarboladas en el pasado por Mayor Oreja o Iturgaiz. Por favor, recuérdense los resultados políticos de aquella estrategia.