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sábado, 16 de febrero de 2013

Las 7 diferencias

Óscar Rodríguez Vaz. Vitoria-Gasteiz

Cuando me pidieron que explicara en unas líneas las diferencias entre quienes defendemos una regeneración y quienes, legítimamente, apuestan por el continuismo en el PSE-EE de Álava, reconozco que me costó decidirme. No porque no existan diferencias, que las hay, y algunas de mucho calado. No. Me costó porque en los partidos existe un miedo atávico a expresarlas públicamente.

Yo apuesto por una regeneración de la política, y de mi Partido, mirando al futuro. Y creo que el futuro pasa por cambiar los parámetros clásicos de la política, pasa por expresar la diferencia, pasa por aprender a autocriticarse, pasa por ser transparentes,… todo ello es lo que me animó a escribir este artículo.

Previamente diré que, como militante socialista – y como la mayoría de la afiliación –, comparto el 80% de la “doctrina” de mi Partido. De no ser así, estaría en otro. Y yo estoy muy a gusto donde estoy, en la que ha sido y debe seguir siendo la casa común de los progresistas.

Dicho esto, hay diferencias entre el “Stablishment” y quienes defendemos la regeneración del Partido – y de la política – en Álava, que afectan básicamente a la forma de organizarnos y a la manera de relacionarnos con la sociedad. Resumiré estas diferencias en siete.

Primera, la autocrítica. Cuando tras un varapalo electoral, los representantes de los partidos salimos ante la opinión pública - generalmente, sonrientes - a decir que “hemos obtenido unos buenos resultados” o que “hemos ganado a las encuestas”, nos equivocamos. Ante estas situaciones, creo que sería mucho mejor salir a hacer público un análisis crítico de los resultados obtenidos y, posteriormente, asumir responsabilidades. Así empezaríamos a ganar credibilidad. Se trata de una diferencia política sustancial.

Segunda. En mi Partido – en los partidos, en general – no se aprovecha el principal capital de que disponemos: las personas. Tenemos el privilegio de contar con centenares de militantes pertenecientes a muy diferentes sectores de la sociedad, voluntarios dispuestos a colaborar. Sin embargo, no hay hueco para tanta cabeza en la política clásica. ¡Y si no aprovechamos a los militantes, qué decir de los simpatizantes y los votantes, con quienes nuestra única relación se da prácticamente una vez cada cuatro años! El futuro pasa por cambiar esta realidad, y este enfoque supone también una diferencia política de peso.

Tercera, la austeridad. Esta semana lo ha expresado de forma muy gráfica, la militante de las Juventudes Socialistas Beatriz Talegón: “¿Cómo pretendemos dar lecciones desde un hotel de cinco estrellas?”. Nuestro cónclave alavés tendrá lugar en un hotel “sólo” de cuatro estrellas…, cuando tenemos centros cívicos y palacios de congresos en desuso y las arcas públicas renqueantes. Otra diferencia de peso.

Cuarta. Uno de los principales factores por los que la política arrastra falta de credibilidad – según los estudios del CIS, somos el tercer problema para la sociedad – es la falta de transparencia. La mayoría de quienes se dedican a la política son gente honrada, que trabaja por su sociedad de referencia y que no se dedica a robar. Pero el problema es que hoy no nos creen. Y o cambiamos o nos cambian. El cambio, a nuestro juicio, consiste en la firma de un nuevo contrato entre los partidos, las instituciones y la ciudadanía basado en la transparencia. Algunas medidas podrían ser que los partidos den cuenta de su patrimonio y de los ingresos procedentes de la Administración periódica y públicamente; que los cargos públicos estén obligados a publicitar sus declaraciones de actividades y bienes; o que cualquier ciudadano pueda conocer el destino de los dineros públicos que reciba cualquier empresa (pública, parapública o participada) o pueda acceder a las declaraciones de bienes y actividades de los responsables de tales empresas.

Quinta, el debate. Dice el fallecido profesor Tony Judt en su magistral epílogo literario-vital, que “la disposición al desacuerdo, al rechazo o la disconformidad constituyen la savia de una sociedad abierta”. Hoy en mi Partido – y en el resto – el debate crítico no se estila y, sin embargo, éste se me antoja imprescindible para empezar a recuperar parte de la credibilidad perdida. Es otra gran diferencia.

Sexta, la participación. Las innovaciones que han ido dando forma a la sociedad actual han hecho aún más flagrante la falta de adaptación de la política a la nueva realidad. Apenas hay diferencias entre el sistema político que yo vivo y el que pudieron conocer mis abuelos en los años previos a la dictadura. Y como los partidos tienen una gran importancia en el sistema constitucional español, deberíamos empezar el cambio por ellos. Concretamente, para nuestro Partido reclamamos mejorar los mecanismos participativos que ya existen y crear algunos nuevos, como las primarias y las listas abiertas para la elección de representantes, consultas a la militancia y a la sociedad de referencia aprovechando las nuevas tecnologías, etc.

Y séptima. Uno de los déficits de la política – y de mi Partido – es la falta de evaluación de lo que se hace, algo clave para la legitimación de la política. Para remediarlo, deberíamos poner en marcha mejores mecanismos de rendición de cuentas, para que los militantes y votantes sepan a quién pedir responsabilidades por una mala decisión o por una no-decisión; o podríamos, incorporar mecanismos ciudadanos de revocación de cargos públicos por incumplimiento de programa o por mala gestión, etc.

Espero que seamos capaces de acertar a dirimirlas todas ellas en clave de futuro en el VII. Congreso del PSE-EE de Álava.


(Artículo Publicado en Diario Noticias de Álava, 16.02.13)

lunes, 21 de enero de 2013

El futuro de la política

Óscar Rodríguez Vaz. Vitoria-Gasteiz

“Algo huele a rancio en la política. Y no me refiero a la corrupción. No es un olor hediondo; se trata más bien de ese olor a cuero o tejidos pasados que recuerda vagamente a su fragancia original, pero que ha perdido ya la fuerza evocadora originaria”. Con esta cita comienzael profesor Vallespín una obra titulada como este artículo que, con apenas unadécada, es ya un clásico en el campo politológico.
 
A pesar de todas las crisis, pienso que aún somos mayoría quienes creemos en una democracia representativa dotada de legitimidad social, pero también reformada, tocando dos de sus pilares clave: los partidos – cuyo papel es “fundamental para la participación política”, según el art. 2.6 de la  Constitución, y que hoy son percibidos como un problema - y las instituciones de representación.

Debemos innovar para obtener la fórmula que cierre la brecha entre la política – partidos e instituciones - y la voluntad popular en la que se fundamenta su legitimidad. Una fórmula reformista que responda tres cuestiones clave: qué nuevos mecanismos contractuales ponemos en marcha para con la sociedad; cómo se forma la voluntad colectiva; y qué nuevos mecanismos de participación implementamos. 

Respecto de la primera cuestión, las relaciones sociales en democracia se establecen de acuerdo a mecanismos contractuales. Debemos firmar un nuevo contrato basado en la confianza. Y no hay mejor forma de transmitir confianza que la transparencia, en los partidos y en las instituciones. No hay excusa alguna para no poner a disposición de la gente lo que es suyo.

Medidas de transparencia que pasarían, por ejemplo, porque los partidos dieran cuenta de su patrimonio y de los ingresos procedentes de la Administración periódica y públicamente. Por ejemplo, porque los cargos públicos estuvieran obligados a publicitar sus declaraciones de actividades y bienes. O, por ejemplo, porque cualquier ciudadano pudiera conocer el destino de los dineros públicos que reciba cualquier empresa (pública, parapública o participada) o pudiera acceder a las declaraciones de bienes y actividades de los responsables de tales empresas.

En cuanto a la segunda cuestión, dice el fallecido profesor Judt en su magistral epílogo literario-vital que “la disposición al desacuerdo, al rechazo o la disconformidad constituyen la savia de una sociedad abierta”. Así pues, en la formación de la voluntad colectiva, resulta imprescindible que haya debates serios, escucha activa y autocrítica.

Las estructuras internas y modos de funcionamiento de los partidos distan bastante de ser todo lo democráticas que debieran. También en las instituciones de representación asistimos a debates prefabricados y rígidos, ajenos al propio sentido del parlamentarismo. O vemos debates esperpénticos para aparentar que ciertas decisiones se toman en el Parlamento, cuando mucha gente ya sabe que se han tomado en salas más pequeñas, con poca luz y con menos gente.

¿Cómo cambiar esta realidad? O lo que es lo mismo, ¿cómo fomentar la libertad de pensamiento y de opinión en un sistema que ha degenerado? La teoría parecería sencilla: quitando poder a las cúpulas de los partidos y dándoselas a los militantes y votantes, a la ciudadanía. La práctica quizás no lo sea tanto.

Y esto me lleva a la tercera cuestión. En poco tiempo hemos pasado de las palomas mensajeras a los smartphones. Se ha transformado todo. Y las innovaciones que han ido dando forma a la sociedad actual han hecho aún más flagrante la falta de adaptación de la política a la nueva realidad. Es más, en ocasiones se han operado cambios en la dirección inadecuada, pues “lapolítica en directo” – como la llama Daniel Innerarity –dificulta “las vías de acceso y permeabilización” de esta con la sociedad.

Ha cambiado todo, menos los partidos y sus estructuras; todo, menos las instituciones y los sistemas de representación. Apenas hay diferencias entre el sistema político que yo vivo y el que pudieron conocer mis abuelos en los años 40.

En este sentido, considero que, además de reducir drásticamente el número de instituciones con criterios de eficacia y eficiencia (sobran las Diputaciones Provinciales y hay que agrupar los 8.100 Ayuntamientos), podríamos incorporar mecanismos ciudadanos de revocación de cargos públicos por incumplimiento de programa o por mala gestión. También hace falta un sistema electoral más dinámico, buscando una mejor representatividad del voto y desbloqueando las listas en las elecciones al Congreso. Se podrían convertir en autonómicas las circunscripciones, para hacer del Senado una Cámara de representación territorial; en todo caso, si no se reforma, carece de sentido. O lejos de los debates populistas sobre su número, se podría mejorar la legitimidad de los parlamentos autonómicos con un sistema mixto de elección: eligiendo una parte como hasta ahora (desbloqueando las listas cerradas, eso sí), y que otra fuera elegida directamente por la ciudadanía en listas abiertas.

Y también habría que impulsar reformas internas en los propios partidos. Por ejemplo, estableciendo primarias y listas abiertas para la elección de sus representantes. O por ejemplo, impulsando consultas a la militancia y a la sociedad de referencia. O, por ejemplo, con mejores mecanismos de rendición de cuentas, para que sus militantes y votantes sepan a quién pedir responsabilidades por una mala decisión o por una no-decisión.

En resumen, la fórmula para corregir la erosionada legitimidad de la política, pasa por la construcción de una mejor democracia sobre la transparencia, el debate crítico y la participación. Me permito la licencia de instar a la izquierda a que patente la fórmula, sea esta o cualquier otra. 



(Artículo publicado hoy en El Diario Vasco y en El Correo)

lunes, 12 de noviembre de 2012

El valor político de la discrepancia

Antonio Gutiérrez-Rubí. Asesor de comunicación. Artículo publicado en la IDEAS.


"Cuando un partido se da cuenta de que un afiliado se ha convertido de un adepto incondicional en un adepto con reservas, tolera esto tan poco que, mediante toda clase de provocaciones y agravios, trata de llevarlo a la defección irrevocable y de convertirlo en adversario; pues tiene la sospecha de que la intención de ver en su credo algo de valor relativo que permite un pro y un contra, un sopesar y descartar, sea más peligrosa para él que un oposición frontal”. Friedrich Nietzsche

El hecho de que, en la mayoría de los partidos políticos, el número dos sea el secretario de organización es algo más que una casualidad o una tradición. Un lugar estratégico, justo detrás -y no necesariamente debajo- del máximo responsable del partido, sea el secretario general o el presidente del partido (según sea la cultura política). Una posición que inspira más temor que respeto, más reverencia que complicidad.
Es sorprendente esta posición jerárquica. Pareciera que para una fuerza política, y más en el ámbito progresista, las  propuestas, la acción política o la comunicación deberían ser áreas ejecutivas con mayor protagonismo y relevancia, asumiendo que no es posible el liderazgo electoral y social, si antes no se gana y se compite por el cultural y el de las ideas (ver todavía a Antonio Gramsci). Pero no. Los secretarios de organización mandan más. Mucho más.

Los partidos políticos que se organizan -la mayoría- a través de la cultura del centralismo democrático necesitan poderosos instrumentos de organización que rápidamente derivan en disciplina, no en procesos culturales de eficacia y eficiencia. Tal es el pavor que genera la discrepancia -que es vista como un cuestionamiento de la autoridad- que se le niega cualquier valor político. Pero ¿lo que se gana en supuesta homogeneidad es comparable con lo que se pierde en plasticidad y porosidad social?
Existe una grave incapacidad en las fuerzas políticas para ofrecer su pluralidad interna como un atractivo político en la sociedad de la diversidad. Esta limitación, que deriva en patología autoritaria, invoca la unidad y la lealtad como valores supremos que no pueden interpretarse desde la complementariedad ni desde la libertad. Ambas virtudes -personales y profesionales- son juzgadas peligrosamente en su articulación política colectiva. Se desconfía del autónomo y del libre pensador. Se premia al homogéneo y al silente.

En un lúcido y pedagógico artículo, El futuro (probable) del PSOE, Juan José Laborda (miembro del Consejo de Estado, senador constituyente en 1978 y presidente del Senado entre 1989-1996) aborda el tema de la pluralidad interna de los partidos, en particular en el espacio socialdemócrata, con gran habilidad y precisión. Y reclama un ambicioso programa de reformas que, entre otros desafíos, garantice que la selección de candidatos y dirigentes políticos para la representación se articule desde los principios de la diversidad y la democracia interna para ofrecer un nueva representación que recupere la legitimidad. “El fin de estas reformas no es otro que devolver a los ciudadanos confianza en los partidos políticos. La causa profunda de la desconfianza actual y por la que el PSOE no se recupera electoralmente está en la percepción ciudadana de que los partidos instrumentalizan las instituciones, en lugar de servir -como señala el artículo 6 de la Constitución- como instrumentos de “participación política”.

Y por si no queda claro, Laborda lo precisa, sin ambigüedades: “Buscar la representación de millones de individuos, de personas conscientes de sus derechos, exige aceptar plenamente el pluralismo. Eso quiere decir que el PSOE será una organización de personas que, pensando de distinta manera, son capaces de ponerse de acuerdo. Un partido así consigue que su democracia interna le permita aspirar al ideal aristocrático cuando propone sus candidatos a las instituciones. Las elecciones primarias para elegirlos son congruentes con lo dicho anteriormente. Pero esas elecciones solo obtendrán las virtudes que se esperan de ellas si todo el Partido Socialista se transforma como organización política, previamente a su convocatoria. Los votantes deben ser millones de personas, pues los afiliados no son representativos de la sociedad, sino una minoría que lucha para cambiarla. Y es una (frustrante) temeridad que se elija un candidato por primarias y el partido, como “intelectual orgánico”, decida todo lo demás, desde el programa electoral, al resto de los candidatos y cargos orgánicos” (fin de la cita)[1].

¿Quién teme a la libertad? Esta sigue siendo la pregunta clave. ¿Es posible abrazar un modelo de organización que no se esclerotice en la gestión del poder clientelar (listas y cargos) y en la lealtad acrítica? Es preciso recuperar un nuevo código de conducta interna que estimule la regeneración democrática y actualice la oferta política con otra cultura de la participación. Estas podrían ser algunas de las claves.

1. La diversidad de perfiles, caracteres y estilos enriquece y hace más atractiva una oferta electoral si aspira a ser representativa y mayoritaria. La pluralidad de nuestra sociedad se representa mejor con la pluralidad política interna, no con su negación o su ocultación.

2. La discrepancia estimula el combate de las ideas. Y es absolutamente compatible con la cohesión interna si se aceptan las reglas democráticas dentro de la organización. La lealtad del silencio es peor, siempre, que la lealtad de la libertad. Los ciudadanos deben percibir que hay matices, diferencias y estilos diferentes, pero que es posible estar juntos, competir unidos y ofrecer coherencia estimulante, no claudicante. Y competir, lealmente, cuando se producen los procesos de selección de liderazgos.

3. Los liderazgos políticos deben ser corales, si quieren establecer conexiones múltiples con la sociedad a la que se quiere representar y servir. Esto es clave. Es muy difícil que una sola persona (o muy pocas) representen bien la amplia gama de registros sociales y culturales que una profunda y transversal mayoría electoral significa. Equipos plurales para mayorías diversas.

4. Los retos (propuestas y soluciones) que hay que abordar deben resolverse con altísimas dosis de creatividad. Necesitamos soluciones nuevas. Disrupción y caos creativo. Hay que reivindicar -y estimular- la pluralidad interna, incluso la discrepancia -y no castigarla-, como fuente legitimadora de democracia y de soluciones plurales y creativas en la oferta política de los partidos. En el mundo de la innovación (empresarial, social, académica) la discrepancia, la heterogeneidad, la pluralidad, la diferencia son EL ECOSISTEMA natural para crear y desarrollar productos, servicios, ideas… Es así siempre; pero en la política, no. Cuando se buscan soluciones nuevas, estas no se encuentran en el mismo aire que se respira. Hay que abrir las ventanas.

La transformación de nuestros partidos en organizaciones porosas y creadoras de atmósferas y entornos de libertad y participación pasan por una profunda reconversión organizativa. Hay que hacer un reset total.

Los partidos políticos se mueven con un ADN cada vez más alejado de la realidad de nuestra sociedad. Jerarquía organizativa, frente a autoridad meritocrática. Centralismo radial, frente a redes distribuidas. Consignas políticas, frente a creatividad política. Cultura analógica, frente a realidad digital. Modelo vertical, frente a sociedad horizontal. Liderazgo unipersonal, frente a liderazgo coral.

No hay tiempo que perder. La discrepancia no es el problema. El miedo, la envidia, el recelo… sí que lo son.

martes, 11 de septiembre de 2012

El futuro de la política

Óscar Rodríguez Vaz. Vitoria-Gasteiz (http://oscarrodriguezvaz.blogspot.com)


El título de este nuevo post no es nada original, se lo debemos al profesor Vallespín, pues así se llama una de sus obras que podríamos considerar ya un clásico de este siglo.

Y la primera reflexión que he querido compartir con vosotros, en forma de Power Point, es sobre el futuro de la política y del Parlamento (paradojas de la vida!!!!). Es una exposición que tuve ocasión de hacer hace una semana en los curso de verano de la UPV.

La fórmula es sencilla: Autocrítica y Debate + Transparencia + Participación = Mejor Democracia. Espero que os motive!

El Parlamento del futuro

viernes, 18 de mayo de 2012

La trampa del péndulo del poder

Leyendo algunos comentarios en las redes sociales, no puedo evitar hacer unas breves  consideraciones que no van, precisamente, en una dirección optimista sobre la fortaleza  del PSOE sino realista, siempre en función de las encuestas sociológicas y los datos electorales. Y la última del CIS, en el punto referido a la opinión de la ciudadanía sobre los políticos, me ratifica. Porque los recientes resultados en Asturias y Andalucía no han significado la recuperación del voto socialista y de la credibilidad ciudadana. Indican que hemos tocado suelo y que el PP empieza a acusar el desgaste porque ya no inspira confianza tras sus demostradas mentiras en campaña.

Han transcurrido mas de 100 días del Gobierno Rajoy y la calidad de la democracia no mejora. Ni siquiera se salva la metodología prepotente del PP en la toma de decisiones,  algo que tanto criticaba al ex-Presidente Zapatero. Además, el diálogo con la ciudadanía y la oposición brilla por su ausencia. De ahí mi insistencia en acertar con un modelo de oposición democrática para el PS que combine dos frentes de acción política :

-de un lado, la labor como oposición útil y constructiva, con alternativas reales y pedagogía en la comunicación con la ciudadanía, para controlar y dar respuesta a las decisiones del Gobierno de Rajoy. A la vez, se impone acercar a la calle el papel del Parlamento de Bruselas y relanzar iniciativas que abran camino a una reconstrucción cívica y solidaria de Europa de la mano de Hollande. Porque la idea y el crédito de Europa también han entrado en crisis.

-de otro, el trabajo de reflexión y debate en la organización socialista y en la sociedad española para ir construyendo, con la participación de agentes y movimientos sociales, un nuevo proyecto alternativo desde la izquierda dirigido a lograr una salida más justa y solidaria de la crisis, con el saneamiento de la administración y un nuevo orden en la economía con medidas de dimensión europea dirigidas a promover el crecimiento y la creación de empleo.

Como oposición, no podemos caer en la tentación de jugar sistemáticamente al desgaste del PP, porque los millones de parados de esta crisis no han perdido la memoria de nuestra presencia y papel en el gobierno hasta hace pocos meses y se merecen que actuemos con el mayor rigor y responsabilidad. Por cierto, lo sucedido en Grecia con el  castigo a los Partidos mayoritarios debe llevarnos a la reflexión.

Tampoco habría que caer en la trampa de creer que la teoría del péndulo de poder nos garantiza la próxima vuelta al gobierno por el simple juego de la alternancia. Incluso sin haber hecho los deberes con el conjunto de los Partidos Socialistas de Europa para intentar regular los mercados y sin poner sobre la mesa soluciones concretas para el saneamiento de la Banca, activar el sector paralizado de la vivienda, acabar con los desahucios salvajes, atacar el paro del 52% de los jóvenes o sin abordar la reforma fiscal y la reforma electoral pendientes. Rubalcaba y su equipo tienen una tarea apasionante por delante que sería reconocida.

En los dos anteriores escenarios, se entendería que en la labor de oposición del PSOE prima la ansiedad de volver al gobierno. Esas actitudes y las estrategias que les pudieran acompañar no nos permitirían ganar en credibilidad, ni superar la desconfianza, indignación y descrédito que la política y los políticos (me incluyo) despiertan en la ciudadanía. Necesitamos estar muy atentos a los acontecimientos para recuperar nuestra identidad en parte perdida.

En los próximos meses vamos a pasar por una doble prueba del algodón para dejar constancia de hasta donde puede llegar nuestra voluntad de "cambio de actitud" en la idea de profundizar el sistema democrático. Porque tendremos que debatir y tramitar la Ley de Financiación de los Partidos y la Ley de la Transparencia. Ahí es nada, dos leyes de contenido complejo y polémico con las que deberíamos superar actitudes y dinámicas erróneas y opacidades injustificables con el objetivo de mejorar, de manera sustancial, la calidad de la democracia en España. Y no podemos defraudar aprobando dos leyes que estén contaminadas.

Pero para avanzar en la buena dirección, cabría preguntarse: ¿Hemos sacado conclusiones sinceras de los resultados electorales obtenidos a lo largo de la crisis? ¿Somos conscientes de cómo se nos ve en la calle por una ciudadanía angustiada por la crisis y el paro, de lo que es reflejo las recientes encuestas de intención de voto de El País y el CIS, en las que el PP pierde apoyo por desgaste pero también refleja que se mantiene la desconfianza hacia la oposición Socialista? Yo pienso que si. En todo caso, apunto que el distanciamiento entre los políticos y la ciudadanía es anterior a la aparición de la crisis y se justifica por los casos de corrupción, los comportamientos irresponsables que interesa aflorar, la falta de diálogo y transparencia con los electores y la carencia de ideas para impulsar una democracia más participativa.

Así veo las cosas; con gran preocupación y algunas dudas. Pero constato que un claro posicionamiento del PSOE en la izquierda exige profundizar en la vía de la regeneración política y en la oferta de soluciones alternativas para devolver la confianza perdida a la sociedad española. Nuestra apuesta se llama : honestidad, transparencia y espíritu de transformación de esta sociedad, los mismos objetivos que le dan sentido al Partido Socialista de Pablo Iglesias tras 133 años de vida. Ahora bien, no podemos cometer más errores ante la avalancha de indignación y la magnitud de la tragedia que convierten a este País en una olla a presión, cada día más al limite.


Escrito por Odón Elorza: odonelorzag@gmail.com