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lunes, 12 de noviembre de 2012

El valor político de la discrepancia

Antonio Gutiérrez-Rubí. Asesor de comunicación. Artículo publicado en la IDEAS.


"Cuando un partido se da cuenta de que un afiliado se ha convertido de un adepto incondicional en un adepto con reservas, tolera esto tan poco que, mediante toda clase de provocaciones y agravios, trata de llevarlo a la defección irrevocable y de convertirlo en adversario; pues tiene la sospecha de que la intención de ver en su credo algo de valor relativo que permite un pro y un contra, un sopesar y descartar, sea más peligrosa para él que un oposición frontal”. Friedrich Nietzsche

El hecho de que, en la mayoría de los partidos políticos, el número dos sea el secretario de organización es algo más que una casualidad o una tradición. Un lugar estratégico, justo detrás -y no necesariamente debajo- del máximo responsable del partido, sea el secretario general o el presidente del partido (según sea la cultura política). Una posición que inspira más temor que respeto, más reverencia que complicidad.
Es sorprendente esta posición jerárquica. Pareciera que para una fuerza política, y más en el ámbito progresista, las  propuestas, la acción política o la comunicación deberían ser áreas ejecutivas con mayor protagonismo y relevancia, asumiendo que no es posible el liderazgo electoral y social, si antes no se gana y se compite por el cultural y el de las ideas (ver todavía a Antonio Gramsci). Pero no. Los secretarios de organización mandan más. Mucho más.

Los partidos políticos que se organizan -la mayoría- a través de la cultura del centralismo democrático necesitan poderosos instrumentos de organización que rápidamente derivan en disciplina, no en procesos culturales de eficacia y eficiencia. Tal es el pavor que genera la discrepancia -que es vista como un cuestionamiento de la autoridad- que se le niega cualquier valor político. Pero ¿lo que se gana en supuesta homogeneidad es comparable con lo que se pierde en plasticidad y porosidad social?
Existe una grave incapacidad en las fuerzas políticas para ofrecer su pluralidad interna como un atractivo político en la sociedad de la diversidad. Esta limitación, que deriva en patología autoritaria, invoca la unidad y la lealtad como valores supremos que no pueden interpretarse desde la complementariedad ni desde la libertad. Ambas virtudes -personales y profesionales- son juzgadas peligrosamente en su articulación política colectiva. Se desconfía del autónomo y del libre pensador. Se premia al homogéneo y al silente.

En un lúcido y pedagógico artículo, El futuro (probable) del PSOE, Juan José Laborda (miembro del Consejo de Estado, senador constituyente en 1978 y presidente del Senado entre 1989-1996) aborda el tema de la pluralidad interna de los partidos, en particular en el espacio socialdemócrata, con gran habilidad y precisión. Y reclama un ambicioso programa de reformas que, entre otros desafíos, garantice que la selección de candidatos y dirigentes políticos para la representación se articule desde los principios de la diversidad y la democracia interna para ofrecer un nueva representación que recupere la legitimidad. “El fin de estas reformas no es otro que devolver a los ciudadanos confianza en los partidos políticos. La causa profunda de la desconfianza actual y por la que el PSOE no se recupera electoralmente está en la percepción ciudadana de que los partidos instrumentalizan las instituciones, en lugar de servir -como señala el artículo 6 de la Constitución- como instrumentos de “participación política”.

Y por si no queda claro, Laborda lo precisa, sin ambigüedades: “Buscar la representación de millones de individuos, de personas conscientes de sus derechos, exige aceptar plenamente el pluralismo. Eso quiere decir que el PSOE será una organización de personas que, pensando de distinta manera, son capaces de ponerse de acuerdo. Un partido así consigue que su democracia interna le permita aspirar al ideal aristocrático cuando propone sus candidatos a las instituciones. Las elecciones primarias para elegirlos son congruentes con lo dicho anteriormente. Pero esas elecciones solo obtendrán las virtudes que se esperan de ellas si todo el Partido Socialista se transforma como organización política, previamente a su convocatoria. Los votantes deben ser millones de personas, pues los afiliados no son representativos de la sociedad, sino una minoría que lucha para cambiarla. Y es una (frustrante) temeridad que se elija un candidato por primarias y el partido, como “intelectual orgánico”, decida todo lo demás, desde el programa electoral, al resto de los candidatos y cargos orgánicos” (fin de la cita)[1].

¿Quién teme a la libertad? Esta sigue siendo la pregunta clave. ¿Es posible abrazar un modelo de organización que no se esclerotice en la gestión del poder clientelar (listas y cargos) y en la lealtad acrítica? Es preciso recuperar un nuevo código de conducta interna que estimule la regeneración democrática y actualice la oferta política con otra cultura de la participación. Estas podrían ser algunas de las claves.

1. La diversidad de perfiles, caracteres y estilos enriquece y hace más atractiva una oferta electoral si aspira a ser representativa y mayoritaria. La pluralidad de nuestra sociedad se representa mejor con la pluralidad política interna, no con su negación o su ocultación.

2. La discrepancia estimula el combate de las ideas. Y es absolutamente compatible con la cohesión interna si se aceptan las reglas democráticas dentro de la organización. La lealtad del silencio es peor, siempre, que la lealtad de la libertad. Los ciudadanos deben percibir que hay matices, diferencias y estilos diferentes, pero que es posible estar juntos, competir unidos y ofrecer coherencia estimulante, no claudicante. Y competir, lealmente, cuando se producen los procesos de selección de liderazgos.

3. Los liderazgos políticos deben ser corales, si quieren establecer conexiones múltiples con la sociedad a la que se quiere representar y servir. Esto es clave. Es muy difícil que una sola persona (o muy pocas) representen bien la amplia gama de registros sociales y culturales que una profunda y transversal mayoría electoral significa. Equipos plurales para mayorías diversas.

4. Los retos (propuestas y soluciones) que hay que abordar deben resolverse con altísimas dosis de creatividad. Necesitamos soluciones nuevas. Disrupción y caos creativo. Hay que reivindicar -y estimular- la pluralidad interna, incluso la discrepancia -y no castigarla-, como fuente legitimadora de democracia y de soluciones plurales y creativas en la oferta política de los partidos. En el mundo de la innovación (empresarial, social, académica) la discrepancia, la heterogeneidad, la pluralidad, la diferencia son EL ECOSISTEMA natural para crear y desarrollar productos, servicios, ideas… Es así siempre; pero en la política, no. Cuando se buscan soluciones nuevas, estas no se encuentran en el mismo aire que se respira. Hay que abrir las ventanas.

La transformación de nuestros partidos en organizaciones porosas y creadoras de atmósferas y entornos de libertad y participación pasan por una profunda reconversión organizativa. Hay que hacer un reset total.

Los partidos políticos se mueven con un ADN cada vez más alejado de la realidad de nuestra sociedad. Jerarquía organizativa, frente a autoridad meritocrática. Centralismo radial, frente a redes distribuidas. Consignas políticas, frente a creatividad política. Cultura analógica, frente a realidad digital. Modelo vertical, frente a sociedad horizontal. Liderazgo unipersonal, frente a liderazgo coral.

No hay tiempo que perder. La discrepancia no es el problema. El miedo, la envidia, el recelo… sí que lo son.

jueves, 13 de septiembre de 2012

La regeneración y el reencuentro con la política

Odón Elorza. Donostia (odon.elorza@congreso.es )
La politica camina a la deriva y sin crédito democrático, cuando tendría que imponer sus leyes a una economía injusta y especulativa. Porque necesitamos con urgencia y más que nunca el instrumento de la política para afrontar la salida de la crisis, tanto como la ayuda de la troikacomunitaria. Pero no cualquier política sino aquella que ayude a la regeneración de la democracia y a recuperar los valores de la honestidad, el sentido de la justicia y la transparencia.

Una política que, a un paso de la intervención, cuente la verdad y busque acuerdos imprescindibles entre diferentes en momentos críticos, así como la corresponsabilidad de todas las partes para afrontar la crisis y sentar las bases de la reforma de nuestro agotado modelo productivo con el objetivo de lograr un crecimiento sostenible que permita crear empleo de calidad y defender la cohesión social. Es la vieja lucha por la igualdad, ahora en el marco de una crisis incontrolada que está siendo pagada por la ciudadanía de a pie, mientras los patriotas de siempre sacan fuera su dinero o defraudan a Hacienda. Algún día conoceremos la lista.

Pero el desprecio y la desconfianza en los políticos han llegado al límite y el reencuentro de la ciudadanía con la política lo tiene que provocar el PSOE, especialmente. No por pura supervivencia sino desde las convicciones que aún sentimos muchos socialistas. El último Congreso en Sevilla hubiera sido el momento idóneo para marcar un antes y un después del 20-N, tratando de “pasar la página” con una lectura autocrítica del último Gobierno socialista. No se hizo la catarsis y la ciudadanía indignada así como sectores de votantes del PSOE, entre confusos y defraudados, nos siguen viendo como sucesores del Gobierno anterior. “Unos y otros hacen casi lo mismo, luego son lo mismo”, dicen en las redes y en la calle.

No es fácil cortar con el reciente pasado. Porque no se ha producido un cambio de caras y porque resulta difícil que la ciudadanía se identifique con un discurso que intenta combinar la responsabilidad que la situación exige y el ejercicio de oposición ante los recortes salvajes del PP. Arrastramos la herencia de haber gobernado en el momento de la explosión de la crisis sin haber acometido las reformas estructurales necesarias, ni previsto las consecuencias de una burbuja inmobiliaria que a tantos venía bien o saneado un sistema bancario lleno de trampas. No fuimos capaces de adaptarlos a los retos de un mundo globalizado y competitivo, con naciones emergentes que nos inundan de sus productos.

La socialdemocracia europea pensó ingenuamente que podía seguir gobernando instalada en un sistema neoliberal que garantizaba para siempre el bienestar de una sociedad cada día más compleja, conflictiva y contradictoria en intereses. Falso. No se dio cuenta de su desgaste por la acomodación al sistema y por tolerar unos mercados desregulados, sin cara, domicilio o bandera, que solo buscan especular y beneficios inmediatos.

Es evidente que el Partido Socialista necesita una reforma profunda para refundar las instituciones y combatir mejor un sistema neoliberal que ha contaminado la política con la corrupción. Unos poderes económicos que aprovechando la crisis está secuestrando la democracia ante la impotencia de los gobiernos y sembrando la incertidumbre y el miedo entre millones de hombres y mujeres. De todo ello hay quienes tratan de sacar provecho jugando a una peligrosa deslegitimación de la política, con el mensaje de que todos los políticos somos corruptos

¿Pero cómo hacer que esta pavorosa crisis se convierta en una oportunidad para el reencuentro con la política? Esa es la pregunta obligada. Y en una situación de emergencia el PSOE ha de reaccionar, como parte de la izquierda, haciendo su catarsis interna para despertar la esperanza de la gente, respondiendo a su legítima indignación con otra forma de hacer política.

No me refiero a trasladar la lucha a las barricadas ni apoyar un discurso populista. Hablo de la necesidad de buscar soluciones incorporando a la politica grandes dosis de regeneración moral y transparencia democrática. Así como innovación y generosidad intelectual para empoderar a la ciudadanía tras el objetivo de salir de la crisis con un rumbo compartido y desde el reparto equitativo de los sacrificios.

El futuro no pasa por exaltados nacionalismos sino por la apuesta, junto a otras fuerzas socialistas y de progreso, en favor de la construcción de un nuevo proyecto social, económico y financiero dentro de una gobernanza europea. Pero España necesita, además, un pacto cívico de las fuerzas políticas con muy diferentes agentes sociales, un nuevo "contrato social" de corresponsabilidad en plena crisis en defensa de una democracia de calidad y un crecimiento sostenible y solidario. ¿Si no es ahora, cuando?

Esta podría ser la columna vertebral de un relato del PSOE en su intento por recuperar la credibilidad de una ciudadanía cabreada que pide cauces democráticos de participación. Hacerlo y hacerlo bien es imprescindible para remediar la prepotencia de la derecha, favorecer el compromiso y la negociación para sumar voluntades que eviten el hundimiento del país y encauzar la agresividad de sectores que parecen dispuestos a tomar la Bastilla con la única arma de las redes sociales.

Para hacer creíble ese relato resulta imprescindible favorecer los procesos para depurar responsabilidades en los casos de gestiones fraudulentas en Bankia y Cajas, y en todo tipo de operaciones de corrupción. Superar viejos esquemas de funcionamiento y comportamientos del Partido que lo aíslan de la ciudadanía, dificultan la democracia interna e impiden la creatividad. Motivar a la militancia, sin exclusión de quienes piensen diferente dentro del PSOE. Y abandonar el partidismo a la hora de designar a los responsables de las instituciones del Estado y de los organismos públicos que han de velar por la democracia y actuar en su gestión con independencia y respeto al pluralismo social.

El Partido Socialista no puede dejar pasar la oportunidad. Por eso urge una conferencia abierta para levantar la bandera regeneracionista y transformadora y remediar los vacíos del pasado congreso. Liderar una gran causa sabiendo que se trata de un empeño difícil y que la apuesta provocará desconfianzas, dentro y fuera, es una exigencia del tiempo que nos toca vivir. Y sin embargo, el PSOE tiene la responsabilidad histórica de hacerlo. Se acabó pensar en alternancias, se ha parado el péndulo de poder.


(Artículo publicado en El País el pasado 4 de agosto)

sábado, 5 de mayo de 2012

¿Y vuelta la burra al trigo?

¿Estamos seguros que lo que Europa necesita es lograr crecimiento urgente para salir de esta no-crisis-sino-transformación-subrepticia-del-estado-social-de-derecho? Lo dudo.

El clamor contra las políticas de austeridad impuestas por diktats puritano-protestantes es ensordecedor. Sabemos que esas políticas de austeridad que ahogan nuestro querido paisito buscan, ante todo,  la devolución de la gigantesca deuda que los bancos y cajas españoles contrajeron en el mercado mayorista europeo (en buena parte alemanes y del que se obtienen pingües beneficios) para la financiación del boom inmobiliario que nos ha traído hasta la situación actual. 

Y la respuesta de la socialdemocracia del sur de Europa al clamor contra estas políticas que nos ahogan es, básicamente, crecimiento. Decimos creer que estamos ante una nueva crisis cíclica del capitalismo  al que una alegría keynesiana que dinamice la demanda agregada vendrá de perlas. De ahí que aboguemos por las políticas de estímulo a la economía para volver a crecer, puesto que con crecimiento, -decimos- se generan empleos y con más empleo se genera –creemos- más actividad, más ingresos públicos y quizá, en el futuro, repartamos –¿creemos aún en los cuentos de hadas?- parte de los ingresos por eso de la equidad social… Y así, pretendemos aliviar la carga de la austeridad. No es muy convincente.

Compañeras y compañeros, a lo que  hoy  nos enfrentamos es harina de otro costal. Despertemos. No estamos ante una crisis cíclica, sino ante un cambio de modelo, un abandono de las políticas del bienestar, un putsch versión soft de un insensato ultraliberalismo económico no humanista, una transformación del  estado social de derecho de facto,… Todo aderezado con mucho gabinete de prensa, desinformación a raudales, y sazonado con premeditación,  nocturnidad, alevosía y mucha mala leche.

Porque tiene mucha mala leche que sea la ciudadanía monda y lironda la que haya de pagar el pato. Hagamos memoria si no. Antes del estallido de la dichosa burbuja, la situación macroeconómica española era brillante, con una deuda y un déficit controladísimos. Si bien, una deuda privada de Órdago a la grande, esa misma con la que  espoleamos un crecimiento especulativo y devorador de recursos preciosos; por desgracia, durante varias legislaturas.

Y en eso, llega el estallido de la burbuja, tanto por la insostenibilidad de la situación como por la puntilla a la confianza de los prestamistas con el bochornoso Lehman Brothers. Y el Estado, con un gobierno socialista, decide obligarse a rescatar preventivamente el sistema financiero para dar confianza a los mercados o prestamistas que nos inundaron de liquidez y a los que debíamos devolver el parné. Es decir, tornan bastos y socializamos pérdidas generadas por la iniciativa privada, por miedo a las consecuencias sociales de la inacción al respecto. Diantre, ¿por qué no se aplicará el mercado su matraca liberalizadora en épocas de estrecheces, esa que habla de la  mano invisible, el homo economicus, racionalizador y maximizador del beneficio de la unidad marginal etc?  La alternativa a no intervenir era el caos, nos decían.  (Eh,  ¿Islandia? No seamos demagogos, no es lo mismo, no compares España e Islandia… ¿y por qué no?)

Y claro, nuestro otrora envidiable equilibrio macro financiero público  se rompió. La locura especulativa pinchó, vimos el litoral arrasado y decidimos insuflar dinero público a espuertas en los balances de los bancos privados.

Pronto, la cosa tornóse negruzca; del milagro de nuevo rico español, del modelo a emular, a la peste de la que huir. El sistema bancario español (recuerdan que nos decían lo teníamos de bandera) cojea ostensiblemente. Los santos mercados de prestamistas temen que no vayan a recuperar las ingentes cantidades prestadas al sistema bancario patrio y presumen que la mora y la quiebra  son  mera cuestión de tiempo.

Consecuencia: pánico generalizado, toque de arrebato, movilización general… Zapatero, bajo presiones que él decidió hacer inconfesables (¡cómo me hubiera gustado que, en el parlamento, hubiera salido a la palestra diciendo quién y en qué términos le  llamó al orden!…), saca la tijera y aprieta a quién nada tenía que ver con la fiesta. O ¿sí? (Lo bueno de esta no-crisis-sino-cambio-de-modelo es que a los españolit@s de a pié nos inmuniza, por un rato al menos,  contra el becerro de oro, el duro a cuatro pesetas y mensajes como “Cofidis es tu amigo” de un soberbio mandoble. Pero ese es otro debate.)

Vamos, que nos urgían, a través de nuestro defenestrado presidente socialista,  a la acción colectiva pública en forma de austeridad para el pueblo y barra libre al sistema financiero. Era menester —nos decíamos— recuperar la confianza de los mercados que habían de seguir financiando las deudas a corto del tesoro público —objetivamente el endeudamiento público no era ni es el problema en términos comparativos— y sobre todo, sanear un sistema financiero privado débil por unos balances implícitamente trampeados por la devaluación muy significativa de activos inmobiliarios, y que nadie se atreve a reflejar convenientemente en su contabilidad.

Y para salir de la espiral infernal, de la tormenta perfecta, del ruido de sables de los prestamistas internacionales, la socialdemocracia apela al crecimiento, como la derecha política, social y económica. Dinamicémonos, saneémonos, liberalicémonos, seamos más competitivos… para crecer. Porque una vez que crezcamos,… las aguas volverán a su cauce. A mí me suena a discurso manido, sin punch, gastado, ruido mediático del bla, bla, bla que poca esperanza ofrece en casa del humilde... Y sabemos que no es real.

Con la que está cayendo, ante el escenario de clara  regresión en política social, económica, o de simple y llana involución en las relaciones laborales, vamos dados si solo ofrecemos crecer de nuevo para repartir después, pagar deudas… Con todos los respetos, eso lo hace la Derecha mucho mejor que nosotros. Y seguimos enquistados en los discursos y el campo de juego que ésta ha marcado a fuego en la agenda política y mediática. Y erre que erre — vuelta la burra al trigo— con el crecimiento.

No dudo que el crecimiento económico haya ayudado al logro de los objetivos sociales del discurso progresista en otras etapas históricas. Sin embargo,  en esta época del turbocapitalismo global sin complejos, nuestro análisis y praxis han de variar, por que nos están cambiando las normas unilateralmente.

Por un lado, lo que antes era un  medio (la economía, la producción, las finanzas…) se convierte en fin en si mismo y el fin (La Ciudadanía) en un medio prescindible del engranaje capitalista.

Por otro lado, asistimos impertérritos a que se desnaturalice el fin legítimo de la acción pública democrática y socialista, a saber, el crear día a día un país libre, igualitario y fraterno, donde se priorice la satisfacción de las necesidades ciudadanas que liberen al ciudadano de ataduras y miedos.  Y procurar así  las condiciones objetivas que permitan su emancipación, desarrollo personal, intelectual, afectivo y emocional.

Y ante esta tesitura, ¿es el crecimiento la respuesta que vamos a dar a la sociedad? ¿Y si el crecimiento fuera la zanahoria que se nos pone a los burros para seguir empujando el engranaje oxidado? ¿Y si nos  bajamos de la burra de la derecha económica?  ¿Nos vamos a atrever a cuestionar el para qué  y el para quién del Crecimiento algún día? ¿Y sus consecuencias? ¿Y su sostenibilidad ecosistémica y social? Recordemos, somos Izquierda.

Porque, compañeros, hay evidencias que chirrían en nuestro discurso pro crecimiento:

  • Por un lado, el mundo es finito y no podemos crecer y consumir ad infinitum, menos a sabiendas de que somos ya 7000 millones de habitantes y subiendo,…  Pretender que podemos seguir creciendo como hasta ahora es utópico e irreal  (lo sabemos todos y todos miramos hacia otro lado, como cuando nuestra burbuja inmobiliaria) y algún día, pronto, la Izquierda habrá de meterse en esta harina.

  • Por otro lado, de cara al progreso social por el que decimos justificar el crecimiento, el planteamiento chirría. A saber, los condicionantes que se nos imponen – y esto acaba de empezar- para poder seguir creciendo. Éstos, no ayudan a emancipar al ciudadano y por tanto las entiendo difícilmente compatibles con el discurso socialista progresista.

·         Hablo de reformas laborales que disminuyen derechos conquistados y amparados en las Cartas Magnas que el sistema turbocapitalista global se ha de pasar por el Arco del Triunfo.

·         Hablo de recortes sociales que privatizan las herramientas para escapar de la exclusión social. Bravo, permitamos socializar pérdidas de la iniciativa privada y privaticemos la responsabilidad pública en la distribución equitativa de bienes básicos para la emancipación como salud, educación o pensiones.

·         Hablo de un  endeudamiento sistémico que el crecimiento hoy requiere. Por que, en un escenario de contrición macroeconómica global, con una sobrecapacidad productiva global, con incrementos de productividad progresivos alucinantes a escala global y salarios a la baja,… ¡Que nos expliquen cómo dar salida a la abundancia los productos y servicios, —para volver a crecer y vuelta a crecer— si no nos endeudamos tanto países como ciudadanos! Y es que, si no nos endeudamos,  la burra del crecimiento, se gripa… Hasta en Alemania o China, que requieren del endeudamiento ajeno para crecer y dar salida a la sobreproducción. Tienen bemoles los diktats de la Merkel hoy.

Luego, si aceptamos este análisis,  resistámonos a que la socialdemocracia europea y su representante histórico en España se limiten a dar como respuesta  políticas de dinamización del crecimiento para recuperar el empleo. No fastidies. Estamos ante un cambio de modelo, un coup d’etat cool á la Sazkozy, mediáticamente impecable que requiere contundencia.

Por desgracia, asumo que es más fácil trazar un diagnóstico que establecer un buen remedio. ¿Decrecimiento gradual?¿Nueva división internacional y local del trabajo más igualitaria? ¿Derivar los incrementos de productividad para trabajar menos y  generar más ocio no lucrativo? Ni idea. Hemos de crear, por que el escenario que se nos avecina es nuevo. Las reglas de juego nos las han cambiado. Aquí está el reto socialista para los años venideros, dar forma a una alternativa económica a la locura suicida capitalista en clave de emancipación. Y si no, seremos redundantes.

Sí, redundantes. Salvo que reaccionamos  recuperando la acción pública socialista transformadora, emancipadora, ahora ecológicamente sensible, internacionalista y globalista. Si no nos movemos,  no nos asustemos cuando nuestras bases busquen respuestas en la derecha (ya se sabe aquello tan manido de que entre la copia y el original…) o en espectros más pardos: buena parte de los votantes lepenistas son ciudadanos bien humildes con miedo a la incertidumbre, mucho miedo… y eso no se arregla “flexibilizándonos y privatizándonos hasta la extenuación final para competir en la neurótica jungla del sálvese quien pueda”… 

Éste no es nuestro modelo. Nos toca construir un modelo humanista de emancipación ciudadana, universalizable, socialmente justo, ecológicamente autolimitante y sobre todo, optimista, proveedor de esperanza e ilusión, creador, expansivo, seductor… No olvidemos que somos hijos de la deliciosa y trina Liberté, Égalité, Fraternité, hijos de las Luces, aborrecemos las Caenas y buscamos con pasión el Progreso de tod@s para tod@s. Salud a raudales.



Escrito por Rosa de Luxemburgo: rosaluxemburgo.1871.1976@gmail.com


miércoles, 2 de mayo de 2012

¿Por qué Occidente no va a la izquierda? Doscientas páginas de lectura inexcusable.


La “suerte” de que la crisis se lleve por delante todo tipo de gobiernos nos está viniendo bien para explicar(nos) por qué la izquierda no está últimamente de moda. Es preferible seguir echando mano de nuestro recurrente e izquierdista fatalismo y seguir pensando que esta desafección es provisional y que los ciudadanos y los pueblos volverán inevitablemente a ver en la izquierda y en “los de izquierdas” la solución a sus problemas y los mejores conductores de la salida a la crisis. Vamos, que el desajuste es provisional y que todo volverá a su ser.
Mejor, entonces, no pensar demasiado. Igual que decíamos ah! ça ira! podríamos decir ahora ya volverá.

Por fortuna, Raffaele Simone, prestigioso lingüista italiano, prefiere advertirnos de semejante estupidez y nos propone un texto que parte de otro hecho fatal: la izquierda, como todo ser vivo, puede acabar desapareciendo, arrumbada por los aires del tiempo presente e incapaz de dar respuesta al mismo. Ningún fatum asegura nuestra continuidad (salvo que por tal identifiquemos un transformismo que vacía por completo de significado a nuestra acción y que solo respeta/ sostiene el histórico término de “la izquierda”).

En "El monstruo amable. ¿El mundo se vuelve de derechas?" (Taurus, Madrid 2011) Simone plantea que la irrupción de una cultura de masas, fuertemente tecnológica, que cambia la lógica de la sociedad de producción (trabajo) por otra de consumo, ha desplazado tanto a los partidos de izquierda como al pueblo (electorado) de esa izquierda. Lo que dice es que no se trata de una debilidad puntual, coyuntural, marcada por esta crisis, sino de un cambio estructural y profundo, que impone un modelo social, una cultura y/o un espíritu del tiempo (Zeitgeist) que lleva inevitablemente a comportamientos y elecciones de derechas y a rechazar o a apartarse de las de izquierdas. La derecha, dice, no es ya un partido político clásico. Bien al contrario, la Neoderecha es la forma planetaria de vivir la modernidad.

Es precisamente eso lo que no ha entendido la izquierda. Empeñada desde Marx (o peor, desdeñando a Marx) en ver sobre todo en la economía y en la política la razón de los cambios sociales, no ha considerado que es en el terreno de la cultura, en la irrupción imparable de nuestra actual “cultura de masas”, donde la derecha le está ganando la partida a la izquierda.

Así, es más fácil, nuevamente “natural”, vivir este tiempo desde la derecha que desde la izquierda. La oferta consumista de satisfacciones presentes es más atractiva que la liturgia futurible, laboriosa y casi religiosa que propone la izquierda. La derecha es hoy moderna y la izquierda casposa. Los valores sociales y culturales de nuestro tiempo (vg. éxito, velocidad, evanescencia, consumo, juvenilismo, disfrute, belleza exterior…) tienen que ver con la derecha y cuando la izquierda reacciona en sentido contrario se siente envejecida, trasnochada. Incluso más, prefiere no mostrar un rostro duro, no insistir en sus viejas recetas y valores (vg. esfuerzo, trabajo, laboriosidad, dedicación, sacrificio, profundidad, seriedad, tiempo…) y camuflarse en el pensamiento débil de lo políticamente correcto (o del llamado “buenismo”). Mejor no tomar posición si ésta puede resultar anacrónica. Mejor no presentar batalla. Mejor presentar como “izquierda moderna” lo que ya solo es resignada modernidad. Mejor obviar que mientras es “natural” ser de derechas, el pensamiento y la opción de izquierdas precisa de una reflexión cultural, no naturalista, y de una disposición a combatir aquello a lo que invita la naturaleza no reflexionada (vamos, que el pez grande se coma al chico). Se olvida –lo recuerda Simone- que ser de izquierdas es un esfuerzo, una resistencia contra la deriva irreflexiva de pensar que las cosas pasan porque tienen que pasar, que son como (inevitablemente) tienen que ser.


Escrito por Antonio Rivera: antonio.rivera@ehu.es