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lunes, 24 de diciembre de 2012

Los enemigos de la democracia están entre nosotros y nosotras

Óscar Rodríguez Vaz. Vitoria-Gasteiz


Página 14, segundo párrafo: "Para los antiguos griegos, los dioses castigan el orgullo de las personas que quieren ocupar su lugar y creen que pueden decidirlo todo. Para los cristianos, el hombre carga desde que nace con el pecado original, que limita seriamente sus aspiraciones. Los habitantes de los países democráticos modernos no creen necesariamente en los dioses ni en el pecado original, pero el papel de freno de sus aspiraciones lo desempeña la propia complejidad del tejido social y del régimen democrático, las múltiples exigencias que éste tiene que concilair y los intereses divergentes que intenta satisfacer. El primer enemigo de la democracia es la simplificación, que reduce lo plural a lo único y abre así el camino a la desmesura".

Este párrafo me enganchó a un ensayo que habla del pasado, muestra un compromiso con el presente, pero que sobre todo, en mi opinión, da una serie de pautas de lo que no debe ser el futuro. Y para evitar un futuro indeseable no debemos protegernos de fantasmas, de manos negras, del otro, del enemigo exterior. No, nuestros mayores peligros residen en nuestro interior, en nuestras pautas de conducta: en el mesianismo (sé cómo arreglar el mundo y lo voy a hacer como sea), en el ultraliberalismo (las penurias de los parias son daños colaterales por el bien de la economía) y el populismo y la xenofobia (crecimiento del nacionalismo excluyente).

A mí me gusta su tesis porque parte de la base de que nuestro destino no es más que la suma de las voluntades de todos y cada uno de nosotros y nosotras. Y me parece especialmente sugerente su idea de provocar una "primavera europea". Como depende de nuestra voluntad, ¿por qué esperar a Europa? ¿Y por qué esperar a España? ¿Qué tal si intentamos cambiar nuestro ámbito más cercano? Si lo que hacemos es bueno y se tiene que contagiar, ya se contagiará, ya!!!

Resumen de la presentación del libro en Madrid a cargo de Todorov pinchando aquí.

domingo, 9 de diciembre de 2012

PSOE, tú antes molabas


Otan de entrada no
5 de julio de 1985, la España recién salida de la transición, la que se recuerda en imágenes televisadas de baja calidad, aprueba la ley que despenaliza el aborto en función de una serie de supuestos a propuesta del PSOE.

25 años después, el 5 de julio otra vez, entra el vigor la ley de interrupción voluntaria del embarazo. La propone el PSOE.

OTAN SíAño 1986, 12 de marzo. Ese día se votaba un referéndum en España para ver si permanecíamos en la OTAN o no. Lo propone el gobierno del PSOE. La pregunta en concreto era: "¿Considera conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica en los términos acordados por el Gobierno de la Nación?". Ganó el Sí con un 52,5%.


3 de julio de 2005: Entra en vigor la ley que regula el matrimonio entre personas del mismo sexo. La ley fue propuesta por el gobierno del PSOE.

30 de noviembre de 2006: Se aprueba en el Congreso de los Diputados la ley de Dependencia, o como se debería llamar, la ley de autonomía personal, que pretende beneficiar a los 2 millones de ciudadanos españoles que tiene algún grado de dependencia.

Y no hay que olvidarse de la implementación de la sanidad pública (no fue Franco, no), de la posición ante el divorcio, de la educación para todos hasta la universidad, de las pensiones, de la europeización de España... ¿Qué queda de esa actitud del PSOE que le hacía ser vanguardia en lo político y en lo social?

¿Qué pasó en el PSOE desde que estalló la crisis?

A lo largo de los años se han ido asumiendo dos premisas:
  1. que el PSOE es un partido con vocación de gobierno y
  2. que las elecciones se ganan en el centro político.
Pero ambas dos premisas ya no son válidas: por una lado, el PSOE tiene la menor representación institucional de la historia; y por otro lado la derecha arrasa con un discurso populista (véase Galicia, Valencia, Madrid, Euskadi, Cataluña, etcétera, etcétera).

Con esas premisas invalidadas es donde entra la "reflexión profunda" que se ha proclamado desde todas las ejecutivas socialistas que se han dado un batacazo.

¿Y ahora qué?

Sin lugar a dudas, es hora de debatir a calzón quitado, empezando desde cero, sin vergüenzas ni complejos, y sacar adelante cuanto antes las decisiones que salgan de ese debate. No es una refundación, ni una pelea de gallos, ni un funeral con camisas rasgadas y lágrimas de cocodrilo. Pero sí es necesario determinar cómo convertimos al PSOE en un partido útil para toda la sociedad. No me refiero sólo a los mecanismos que permitan a la sociedad participar en el Partido (modelo de Partido), sino también qué políticas propone el Partido.

Lo digo porque la socialdemocracia ha sido cómplice de la situación actual, de esta estafa que estamos viviendo. Me refiero a la socialdemocracia europea en general y al PSOE en particular. Me temo que hay que decirlo así como suena; y me importa poco si esa complicidad se debe en mayor medida a la acción o a la omisión. Es triste reconocer que hasta hace pocos años reíamos las gracias negábamos la crisis y minimizábamos los recortes de Zapatero. Llegamos a argumentar que todo eso era necesario: al fin y al cabo "el sistema es así", decíamos (como dice la derecha ahora); y todos acabamos mirando para otro lado.

Por ejemplo, nos decían que había que privatizar compañías eléctricas, y tragamos. Que había que reformar la universidad, y lo hicimos. Incluso nos creímos desde el principio que para mejorar la educación pública, teníamos que inventarnos la educación concertada. Que había que abrir el comercio en festivos para fomentar el turismo y lo apoyamos; hasta queríamos entrar en el consejo de los cajasbancos aunque estos perdieran la obra social... Por no hablar de apoyar los presupuestos de las instituciones que gobernaba la derecha, por responsabilidad... ¡Joder, se me atraganta tanta responsabilidad! En fin, mejor no sigo porque hay mil ejemplos.

Los socialistas nos acabamos creyendo que el "laissez faire", ese que parecía que no iba con nosotros, el de la globalización, el que iba poco a poco, al que sólo se le oponían los perroflautas antisistema, era bueno y sobre todo necesario. Todo iba bien: el españolito medio miraba hacia arriba y se creía que podía llegar a ser alguien porque se iba de vacaciones (al menos una vez al año), tenía un coche, dos televisores, un ordenador y salía a cenar todos los sábados que le daba la gana. En definitiva había asimilado el ocio con el consumo. Y el problema era precisamente ese: que dejamos de ver obreros, para pasar a ver consumidores. Pasamos de preocuparnos de los currelas a preocuparnos por los que "generan empleo", es decir, los grandes empresarios y otras élites que se escapan del control democrático.

Y cuando lo malo del sistema se nos ha venido encima, estamos en fuera de juego. Porque el sistema con el que hemos querido jugar, es así. No hay ni trampa ni cartón. No hay más... Pero la pregunta es: ¿Nos atrevemos a cambiarlo? Si no nos atrevemos, nunca dejarán de vernos así:
Trazas de socialismo en el PSOE
(Fuente: Público.es)
¡Normal que cada vez seamos más los que nos declaramos en rebeldía respecto de este sistema!

En fin... esto no es un mea culpa (aunque estoy convencido que hay que enmendar), ni una llamada al marxismo que abandonamos los socialistas el año 74 en Suresnes, ni  a la reformulación de terceras vías de distinto pelaje... Pero hay mucho que debatir para volver a ser vanguardia.

lunes, 8 de octubre de 2012

El Fary en los MTV Awards


Rosa de Luxemburgo. Zamosc


Deliciosa tropa:

El ávido y devorador capital internacional arrea reclamando la devolución de deudas al paisito, exigiendo sudores –fríos— y la Izquierda Sistémica no articula una creíble respuesta democrática que defienda a la ciudadanía de la misma. Estamos en pelotas ideológica, discursiva y estratégicamente hablando en esta tesitura. Y de esta guisa, pretendemos que la Izquierda Sistémica recupere la complicidad ciudadana y consecuentemente, poder institucional. No nos engañemos.

Hoy la Izquierda sistémica está vendiendo vacuidad a una ciudadanía con razón descreída, que cada vez tiene menos asideros con los que mantenerse a flote y que necesita agua para calmar su sed de Dignidad como el campo ansía la lluvia de mayo. No es de extrañar que salga a la calle, que aborrezca de la política representativa y de las instituciones democráticas que tanto han costado crear.




Y es que esta mal llamada crisis no es más que una reasignación de recursos regresiva cuya resultante no es otra que una distribución de riqueza más desigualitaria, olvidando que la generación de riqueza es una función social. Asistimos a un remake de David y Goliat en el que ahora vence el fuerte y se lleva la porción más grande del pastel. El capital global vence y el proletariado — tontamente nacional—pierde. Y la Política en general y la Izquierda en particular, sin brújula con la que orientarse y dirigirse por nuevos derroteros.

El capital no es bobo. Su remuneración tiende a ser decreciente a medida que peina canas. En la economía financiera de casino, unos pocos generan PIB de la nada cuyo valor nominal excede en mucho al valor de la producción “real” e incrementa su “ascendente” sobre el Poder legítimo. Y en la economía real, en pleno pico petrolífero, el capital aprecia que la energía “barata” es pasado, condición sine que non para seguir produciendo, vendiendo, creciendo y ganando a espuertas. Los recursos naturales se rarifican y encarecen y por tanto, los insumos. Al mismo tiempo, la producción global no repara en los límites físicos, hace del mundo su taller-almacén y, acrecienta el ritmo de la concurrencia, emergen nuevos actores en el escenario y el conejo salta pronto de la chistera: se reducen los márgenes del capital. ¿Y qué hace el capital para seguir acumulando? Achuchar a los trabajadores nacionales, reducir la remuneración de los más, “desclasar” las relaciones laborales y apelar a la vanidad y fatuidad de aquellos que le son más útiles y productivos para legitimar el equilibrio precario del statu quo económico… Y es que el Trabajo no está globalizado y no dispone de alternativa política ni económica para enfrentarse a la globalidad capitalista.

Pero, el discurso general, la metanarrativa que subyace, la interpretación predominante generalmente asumida no es ésta y la Izquierda Sistémica, hoy, está atrapada en las trampas discursivas de los hábiles prestidigitadores e ilusionistas del Poder Capitalista.

La Lucha Final está en el Lenguaje. Hemos de hacer prevalecer una interpretación que hable de la exclusión, de la acumulación abusiva, de los límites del planeta, de la emancipación de las personas, de la legítima decisión pública de los fines de la producción, de arquitecturas institucionales europeas y mundiales deficitarias, de la dilución progresiva de los derechos sociales… Discursos que señalen sin complejos las locuras de la “racionalidad” económica, que no confunda a los medios con los fines, que no normalice la exclusión sistémica de millones de personas …

Los discursos y narrativas varias con las que nos bombardean los medios —que algunos llaman de propaganda masiva — apuntan hacia lo contrario y es ahí donde se presenta la batalla: que si lo público es ineficiente e insostenible, que si lo prioritario es flexibilizarnos para crecer, que si han de flexibilizarse e individualizarse las relaciones laborales, que si hemos de asumir la socialización de pérdidas privadas por gestiones irresponsables, nos marean con que estamos pagando los excesos de los años locos del boom…

Entre tanto ruido mediático, ha de alzarse la voz y el discurso que haga prevalecer una interpretación emancipadora que cree realidad social. No olvidemos que la realidad social es un discurso que modula los hechos (aprendamos de la estrategia de guerrilla chic de la FAES). Necesitamos interpretaciones de los hechos que ganan para crear más espacios de libertad, emancicpación, igualdad y fraternidad. Toca luchar trabajando el discurso, el lenguaje, el relato para que la interpretación que estimamos justa VENZA. Sin complejos.

Me temo que ahora tenemos el mismo punch que el Fary de más casta en los MTV Awards. Pero todo se andará.

Salud a raudales a todas.

martes, 18 de septiembre de 2012

Por un PSOE útil

Hoy hacemos aquí un hueco para un documento impulsado por un grupo de militantes del PSOE (en Twitter @ReiniciandoSOE):

Por un PSOE útil (al servicio de una nueva mayoría de progreso). Contribución abierta al debate del modelo de oposición del PSOE
El problema del liderazgo.
El pasado mes de febrero, renovamos la dirección de nuestro partido, eligiendo así un nuevo liderazgo que fuese la voz de toda la militancia y la sociedad progresista en estos duros momentos que nos ha tocado vivir. Entendemos el liderazgo como una participación abierta y directa entre el Secretario General y la militancia, entre el socialismo y la ciudadanía. Pensamos que nuestro Secretario General debe ser la figura que defienda los intereses de la izquierda social, de los obreros. En una sociedad tan segmentada como esta, convendría tratar de representar la defensa de una mayoría de progreso.

Entendemos el liderazgo como una figura horizontal y participativa. Creemos firmemente que un líder debe ser respaldado por una gran parte de la militancia de base, por ello propondremos en la próxima Conferencia de Organización que el próximo/a Secretario/a General salga elegido/a mediante el mecanismo de un militante, un voto. Así aseguraremos un liderazgo fuerte, cohesionado y respaldado por los propios afiliados y afiliadas. No olvidemos que el liderazgo ha de ser social y a un político el liderazgo se lo reconoce y otorga la ciudadanía, la sociedad, por su carisma, coherencia personal, su capacidad de reconocer errores y por el proyecto político que encarna.

El PSOE está sumido en una profunda depresión política, de la que debemos y podemos salir. Consideramos que hay que abrir el partido a la participación activa de la sociedad, construir una comunicación directa con la ciudadanía, en la calle y en las redes sociales; hacer del PSOE un instrumento útil para España.

El 20N y sus consecuencias.
En las pasadas elecciones generales del 20 de noviembre, los ciudadanos nos dieron definitivamente la espalda, como ya nos anunciaran en mayo de ese mismo año. Más de cuatro millones de personas no renovaron su confianza en el PSOE y nos dijeron alto y claro, Así no, con vosotros, no. La mayor parte de estos electores emigraron a fuerzas políticas de izquierdas o lo que es peor, a la abstención. Desde la Segunda Guerra Mundial, en Europa, los partidos políticos que han logrado ganar unas elecciones generales, son los que cuentan con el apoyo de un electorado de centro, como le pasó, a modo de ejemplo, a Felipe González con el voto de UCD. No obstante, la captación del voto de centro tiene mucho más que ver con la percepción por parte de los votantes de un proyecto solvente e ilusionante en la izquierda que con el abandono de nuestras posiciones ideológicas, que provoca una fuerte pérdida de votantes por la izquierda sin llegar a atraer tampoco a los votantes moderados, como bien hemos podido constatar estos meses.

Se ha producido a lo largo de los años, una acomodación de los Partidos Socialistas europeos al sistema, con pérdida de su identidad y de su capacidad de transformación de la sociedad.

Como consecuencia de la crisis económica provocada por un sistema financiero especulativo y desregulado por los Estados, la ciudadanía se encuentra sumida en el desconcierto, atenazada por el miedo. Cada mañana al levantarnos no sabemos qué nos habrá recortado o quitado este gobierno conservador de Mariano Rajoy. Pensamos que el PSOE tiene que ser el referente para esa gente, que es la nuestra, los trabajadores y las trabajadoras, los más desfavorecidos, los que más nos necesitan. Tenemos que ser la voz firme que diga no al Partido Popular en su empeño de seguir humillando al conjunto de la ciudadanía española.

El 20N conocimos la mayor derrota del PSOE en su historia reciente, en gran medida por culpa de la crisis que ha arrasado con todos los gobiernos europeos que estaban plantándole cara. Pero no sólo por la crisis. El PSOE cometió errores, perdió su esencia y con ella su credibilidad, se alejó de la ciudadanía e hizo una política económica lejana a sus principios. Debemos dar respuesta a la crisis desde la oposición con ideas propias, debemos responder con una alternativa propia, concreta y creíble, que contemple un reparto equitativo de los sacrificios, construida con la participación de la ciudadanía, los agentes y movientes sociales y con recetas socialdemócratas a esta crisis voraz, no sólo ofreciendo colaboración al gobierno que nos arrodilla, debemos volver a ser alternativa.

Los recortes del Partido Popular
En febrero, el PP perpetró el mayor atentado de nuestra historia democrática, contra la sociedad española en general y los trabajadores y trabajadoras en particular, aprobando una Reforma Laboral que no solo abarataba el despido, sino que lo hacía gratuito durante el primer año y solo era el principio de un año negro para los derechos sociales en España

El pasado julio España sufrió nuevos recortes en aras a controlar el gasto público. Unos recortes que dejan al proyecto de nación que nos dimos todos en su mínima expresión; si entendemos nación como bienestar social, sanidad y educación pública y gratuita e igualdad de oportunidades. El Partido Popular ha dirigido a la nación española a la debacle. Suben el IVA, reducen el número de empleados públicos, eliminan la paga extra de Navidad, aplican el copago farmaceútico…

La derecha ha acabado con el principio de universalidad de la Sanidad Pública española que era la envidia de Europa generando en nuestro país ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda a los que se les niega el pan y la sal.

Pensamos que el PSOE debe dar voz a toda la gente que sufre, y debe dar voz siendo contundente con el Partido Popular, intransigente con la humillación y solidario con los trabajadores y trabajadoras. Debemos tener una voz fuerte en el Congreso de los Diputados, con un modelo de combate a la crisis diferente a la derecha, una voz que diga al Partido Popular basta.

El modelo de oposición.
La última encuesta de intención de voto del pasado julio, arroja que el PSOE apenas ha mejorado respecto al resultado electoral del 20N quedándose en un 29.9%, lo que supone que recibe solo 1,3 puntos de los 8 perdidos por el PP. En cambio otras fuerzas políticas minoritarias sufren subidas espectaculares: Izquierda Unida casi ha triplicado su intención de voto en un año y supera el 8,6%. Se puede colegir que la ciudadanía no al PSOE como una alternativa a la crisis, y que contemplan otras fuerzas de izquierda como refugio.

Debemos abrir un profundo debate en el seno del partido del que salga un nuevo proyecto político que cuente la verdad y busque la complicidad de la ciudadanía y a partir de él desarrollar un modelo participativo de hacer oposición y vinculado a la defensa de un proyecto concreto. Creemos que el PSOE no podrá aguantar mucho más con la actual estrategia y por ello reclamamos un cambio de rumbo.

Proponemos una oposición frontal a la política de recortes del Partido Popular, leal a España y a los españoles. Una oposición dialogante pero firme y de izquierdas, una oposición activa que proponga fórmulas para salir de la crisis pero dura ante los recortes de la derecha.

No creemos en los pactos con una derecha que humilla a los españoles sin contar con el Parlamento, símbolo de la soberanía nacional. Consideramos que pactar con el actual Partido Popular en materia de recortes, sólo beneficia a la derecha y perjudica a España.

Creemos que lo útil es hacer oposición, útil para España y no para los intereses del Partido Popular. El PP no va a parar en su intento de reducir los derechos sociales, de los trabajadores y trabajadoras, y las conquistas democráticas; y ante eso consideramos que la oposición útil es la oposición firme, decidida, enérgica y exigente para con España

Un nuevo modelo de partido, un nuevo modelo de oposición.
Confiamos en que la Conferencia de Organización prevista para este otoño se lleve a cabo, y esperamos también que en ella la militancia, parte fundamental de la misma, decida abrir los procedimientos del partido a su conjunto y hacernos funcionar de un modo más democrático y transparente, con primarias abiertas, sistema de incompatibilidades, limitación de mandatos y lucha contra la corrupción, para así hacer surgir un liderazgo compartido con la propia militancia.

El horizonte político para el PSOE no se presenta muy halagüeño, con una ciudadanía que nos da cada vez más la espalda y una estrategia de oposición, a nuestro juicio, equivocada, consideramos que el PSOE debe acometer profundos cambios.

Proponemos una Conferencia Política para marcar la estrategia de oposición entre todos los y las militantes, para disponer de un proyecto alternativo a la derecha que conecte con los intereses de la mayoría social de progreso, una hoja de ruta más nítida, segura y sobretodo consensuada.

La militancia es la base de nuestro partido. Los y las militantes debemos ser los que marquemos las líneas rojas por las que nuestro partido no se debe extralimitar en su forma de hacer oposición.

Confiamos en que la actual dirección del PSOE varíe su estrategia en la oposición. Y esperamos ese cambio para devolver la esperanza a una sociedad que siente miedo por su futuro. Porque se lo merecen los españoles en general y muy especialmente los trabajadores y trabajadoras de este país. Y, sobre todo, nos los merecemos los y las militantes. La situación actual y venidera es inaguantable para la izquierda, y particularmente para el PSOE.

Un debate abierto, una nueva forma de liderazgo.
Esta carta abierta es sólo el punto de partida para un debate también abierto. Un debate rico y diverso entre la militancia del PSOE. Un debate del que esperamos que surja un nuevo modelo de hacer oposición y un nuevo modelo de organizarse que actualice los procesos internos del partido, profundizando en participación, transparencia y apertura hacia la ciudadanía. La izquierda no debe tener miedo a la discrepancia, ni a ser exigente y dura con una derecha que nos humilla.

Este debate abierto en lo interno debe tener el objetivo de abrirnos a lo externo, buscar un liderazgo compartido. Un liderazgo que no solo sea orgánico, sino social.

viernes, 15 de junio de 2012

Un análisis urgente, crítico y riguroso de los primeros meses del Gobierno del PP

La llegada a la presidencia del Gobierno de Mariano Rajoy ha supuesto la puesta en marcha de una cascada de medidas de política económica completamente distintas a las que habían prometido en los últimos años. Medidas, además, sujetas a los mismos dictados europeos de los que prometió liberar a España si gobernaba.


Una vez más, los españoles fueron a votar atraídos por el ideario de un partido y luego descubrieron que, cuando gobierna, el Partido Popular hace justo lo contrario de lo que promete.


PDF aquí

El programa oculto de Mariano Rajoy no era igual al anterior de José Luis Rodríguez Zapatero, sino mucho peor y mucho más duro para las clases trabajadoras: congelaba pensiones básicas, concedía más ventajas a los bancos, a las grandes empresas y a los grandes defarudadores fiscales, ponía en marcha la reforma laboral más agresiva de nuestra historia y aprobaba unos Presupuestos Generales con los mayores recortes de los últimos treinta años.


"Lo que España necesita" (V.Navarro, J.Torres y A.Garzón) descubre los incumplimientos del PP, pone de relieve la falta de fundamento de las políticas de recortes -mostrando por qué sólo benefician a las clases altas- y propone, además, las medidas que España necesita para salir de la crisis, crear empleo y mejorar nuestro maltrecho orden democrático.

Rogamos su lectura y difusión. No es posible salir de la situación en la que estamos sin hacer que la población tome conciencia de lo que verdaderamente sucede y de que hay alternativas a las medidas que se están adoptando solo para satisfacer a los de arriba.


(Sinopsis de Ediciones Deusto sobre lo nuevo de Navarro, Torres y Garzón)

martes, 5 de junio de 2012

De borrachos que buscan llaves bajo la farola

Chicas, chicas: agarraros que vienen curvas. En el hipotético caso de que pagáramos todos, el agujerito del esperpento Bankia nos va a salir, cuanto menos, a más de 500 euritos por barba. Y ya hemos asumido — bravo por la manipulación a la que se nos somete— que así ha de ser. En fin, Gora Islandia! Ojala sólo sean éstos 500, porque visto el carrusel de trolas con las que el chiringuito patrio nos inunda a diario, a saber qué novedad chusca ocupará los titulares de mañana.

Corren ríos de tinta más o menos bien documentados que dan muchas perspectivas de lo que está pasando en Bankia en particular y en el sufriente paisito en general. Los análisis que diagnostican la situación tratan de explicarnos lo que ha pasado y nos está pasando. La verdad, es que ningún achuchón o taran-tantán sistémico anterior del capitalismo habrá tenido tanta cobertura mediática y ciudadana como el síncope por el que transitamos. Luego felicitémonos al menos porque la ciudadanía — aunque se la estén calzando—, por lo menos está informada. (Es harina de otro costal el que lleguemos a entender realmente el tejemaneje que se ha urdido a lo largo de la acción de muchos años; pero bueno).

A la luz de lo que leemos y escuchamos, asusta que, por un lado, las recetas, tratamiento y estrategias que se barajan para nuestro paisito prometen más que el sangre, sudor y lágrimas churchilianos: un cambio de reglas de juego en toda regla, una involución democrática al cubo y una ruptura de facto del contrato social; y acojona, que por otro lado, desde la democracia liberal no seamos capaces de estructurar una alternativa al paradigma económico, ecológico, social y político capitalista actualmente imperante en la piel de toro y que nos ha traído hasta esta zozobra colectiva.

El deseo.

Me pregunto si será posible aspirar a nuevas políticas económicas, nuevos valores económicos, salirnos del capitalismo desde las instituciones democráticas liberales. Desde luego, es necesario. Porque ya se nos ha caído la venda de los ojos y vemos que otros caminos son necesarios. ¿Acaso podemos esperar honestamente que el turbocapitalismo tecnocrático hiperacelerado global en el que estamos nos sirva como herramienta para hacer personas ciudadanas libres con plenos derechos? Sabemos que no sirve y que su deriva nos lleva hacia un estadio bien diferente. Lo que no sabemos es cómo superarlo y trascenderlo.

Las democracias liberales están siendo fagocitadas y metamorfoseadas por una loca máquina omnicomprensiva hiperproductivista que es el capitalismo, que reduce la persona a útil de producción prescindible, manipulable, descartable, que convierte la persona en temerosa y neurótica competidora constante desde la cuna a la tumba, que arrasa con los recursos públicos (afecciones al medioambiente, socialización de pérdidas, garantías públicas para la inversión privada, endeudamiento públicos crecientes para garantizar deudas privadas fallidas, conglomerados tecnocráticos poderosos que vampirizan la acción pública para promover intereses económicos privados espurios… que cada uno se busque su ejemplo, que abundan)…

La Izquierda liberal tiene la responsabilidad histórica de ver y dar a conocer esta realidad y vencer las resistencias a estos discursos que ponen la atención en la superación del sistema capitalista que asociábamos a utopistas cultos de salón afrancesado. Porque chicas, chicos… Con esta no-crisis-sino-cambio-de-modelo, nos han pintado en patio del recreo de negro tizón — como los cojones de un grillo — y creo que seguimos creyendo que se trata de un nubarrón pasajero.

El borracho en busca de sus llaves.
Seguimos apegados a las herramientas, a las formas de funcionar, a un campo de juego conocido que ya ha cambiado, como el borracho que busca las llaves bajo el haz de luz de la farola, aunque sepa que se le han caído en la penumbra, en esa en la que no puede ver ni orientarse: que si austeridad, que si crecimiento, que si un poquito más de déficit, que si vencimientos laxos para las obligaciones de la deuda… Esto es urgente, pero no puede ser todo aquello que ofrezcamos porque hay cosas muy importantes a las que hemos de dar respuesta.

Apegados a las herramientas del pasado, echamos de menos un crecimiento económico y mientras, delante de nuestras narices, asistimos a una regresión en la distribución de la renta — a la chita callando — que me río yo de la involución del Fernando VII, salvando las distancias del momento histórico. Regresión en la distribución de la renta que se acrecienta con la mayoría de medidas que se están proponiendo para salir de la no-crisis-sino-cambio-de-modelo y volver a darle pedales a la máquina. En el pasado, hemos fallado al desear que el crecimiento llegara a las clases populares a partir de la abundancia, libertad y opulencia de los ricos. Esto sólo lo hemos conseguido en períodos históricamente cortos, a costa de especular, generar producciones y consumos insostenibles, endeudarnos y arrasar el territorio. Por no hablar de que era y es un modelo no universalizable: ahora, hemos de generar unos modelos válidos para todo el planeta y sostenibles en el tiempo; nuestro modelo de paisito, no lo era.

Necesitamos una linterna para recuperar las llaves de nuestra casa.Y en este ínterin, hemos hecho –hablo de las democracias liberales en general y de la Izquierda en particular-- dejación de nuestro deber moral de emancipar. Y emancipar es generar bienes públicos de calidad que lo permitan, no fomentar una inundación de bienes de consumo accesibles vía endeudamiento con la que crear la ilusión de que todos somos iguales.

Sólo somos iguales y libres de verdad si la cosa pública actúa y lo procura. Si no es el caso, accedemos a discursos publicitarios con los que nos identificamos y a los que emulamos. Así, nos creeremos iguales, pero no lo seremos porque la distribución de poder real es estructuralmente no igualitaria. Y con la mayoría de medidas que se están proponiendo para salir de la no-crisis-sino-cambio-de-modelo y volver darle pedales a la máquina, la emancipación y la distribución de poder, empeora y mucho.

Para vivir sanos, libres, iguales, conscientes, fraternos, necesitamos satisfacer necesidades reales y postergar cosas que deseamos porque así se nos induce para mantener la maquinaria en marcha… Necesitamos meterle mano sin complejos al reparto del pastel de la riqueza porque la regresión distributiva de la renta hace perder libertad real a mucha gente. Necesitamos volver al ritmo sereno, lento, nutritivo, pensante, sintiente, compartiendo vivencias, ayudándonos… Suena un tanto lili-moñas, pero es una resistencia que se puede superar. Lo que está claro es que seguir el camino trillado hasta ahora, será “de sentido común” a lo Mariano –qué miedo—pero demuestra un apego a lo viejo conocido muy perjudicial, que no ayuda a emancipar a la ciudadanía e insiste en convertirla en útil de producción para satisfacer las necesidades de un sistema capitalista.

Creo que ha llegado la hora de volver a los orígenes en el sentido de replantearnos el sistema a fondo: crecimiento para qué y para quién; la generación de riqueza ha de ir de la mano de su distribución equitativa; hemos de poder debatir qué necesitamos producir como sociedad; hemos de aspirar a derivar los incrementos de productividad a la libertad de las personas y no a la a la acumulación de capital; hemos de reclamar que la libertad económica no puede anteponerse a la emancipación de la ciudadanía; hemos de crear un sistema que requiera menos financiación exterior o menos recursos físicos que hayamos de detraer en detrimento del bienestar de otros pueblos; hemos de saber discernir lo necesario de lo superfluo; hemos de aportar análisis y herramientas que ayuden a la ciudadanía a ser más conscientes y libres…

Vale; el diagnóstico lo sabemos todos. Pero, ¿qué hacemos?
Lo jodido de la situación es que como el borracho bajo la farola, no sabemos qué pasos dar para encontrar nuestras llaves en la penumbra. Es una limitación frustrante de la Izquierda. Ya uno de sus padres, Carlos Marx, demostró que era brillante diagnosticando la perversión del sistema capitalista que aún hoy aprieta —si bien, de forma mucho más elegante que entonces— pero que sus alternativas no eran especialmente recomendables. Hoy, a falta de herramientas nuevas a aplicar desde las democracias liberales, ponemos parches, pomaditas, tiritas. Pero no abordamos la no-crisis-sino-cambio-de-modelo. Aspiramos a volver a darle pedales a la máquina cuanto antes, pero no nos atrevemos a bajarnos, porque el riesgo a lo desconocido y a sus posibles consecuencias nos atenaza. Da igual que lo viejo conocido nos ahogue y nos cambie el mundo y el paisito. El miedo a decidir y construir el cambio nos atenaza. Es lo que hay.

Pero la tozuda realidad nos está instando a responder a retos de enjundia: ¿Seremos capaces de articular una propuesta que cuestione el crecimiento sin distribución de la riqueza progresivamente equitativa? Sí, tenemos que decidir.
La salida a esta no-crisis-sino-cambio-de-modelo pasa olímpicamente de la distribución igualitaria de la renta tanto en el paisito como a nivel internacional, requiere de una división internacional del trabajo con vencedores y vencidos y nos hemos rendido a la evidencia de que ha de ser así. No, estamos decidiendo políticamente que así sea. Decidamos a la contra.
¿Seremos capaces de articular una economía de la sobriedad, en la que prime la persona como fin en sí mismo (7000 millones de fines en sí mismos) y en la que se integre sin excusas el respeto a los límites físicos para el sostenimiento de 7000 millones de personas? Sí, tenemos que decidir.

No hay planeta para el modelo de crecimiento que hemos llevado y que se está extendiendo a más población en el mundo. No necesitamos tanto el crecimiento como una organización social que priorice la satisfacción de las necesidades reales de la gente común; por cierto, cada vez más desatendidas por el modelo capitalista y el crecimiento económico. Hemos de decidir un cambio de modelo.

¿Seremos capaces de generar metanarrativas, valores, relatos nuevos a los actualmente imperantes en la ciudadanía y que nos ayuden a promover una acción pública emancipadora? Sí, tenemos que decidir.

Especulemos. Mientras hayamos de seguir anclados en la metanarrativa del Homo Economicus que actúa en el mercado desde el cálculo racional inmaculado —bien informa, libre y coerciones—, promovamos la información de la trazabilidad de todos los productos y servicios que nos hallamos prestos a consumir. Trazabilidad sobre qué insumos ha requerido, cuántos kilómetros ha recorrido, qué huella ecológica ha tenido, qué trato tienen los trabajadores que lo han hecho posible…

Se da la paradoja que en el turbocapitalismo que canta loas constantes a la libertad de movimiento de los factores productivos, no permite un flujo real de información que aclare la trazabilidad de lo que consumimos. Nos inundan con publicidad —también en nombre de la libertad de expresión— pero no informamos suficientemente de los productos para un consumo consciente de la ciudadanía.

¿Seremos capaces que explicar que la colaboración puede generar tanto como la competición? Sí, tenemos que decidir

Hay una metanarrativa muy cachonda que nos hemos tragado. Damos por supuesto que ante todo hemos de competir, porque —creemos— somos seres en liza constante y que, de ahí, la apabullante legitimidad capitalista, mero reflejo de nuestra naturaleza intrínseca. Venga hombre! Somos hijos de las Luces, y podemos crear nuevas formas de entendernos y gestionarnos. Y la cooperación, colaboración es una vía.

Salud a raudales para todas.

lunes, 4 de junio de 2012

Social democracia de la pobreza

La socialdemocracia siempre ha tenido como una de sus premisas implícitas la idea que existía un sobrante que estaba mal repartido. Sobre esta base, cierta en las economías en expansión, ha conseguido en muchos países una distribución del bienestar que no tiene precedente en la historia de la humanidad. Sin embargo la crisis actual plantea un escenario, bastante desarrollado en Grecia, en el que no se ve sobrante y en el que va apareciendo cada vez más desigualdad.

 ¿Pero que hacer en tiempos de crisis? Los del PP han optado exclusivamente por políticas de austeridad, mientras aprovechan que "el Pisuerga pasa por Valladolid" para imponer sus dogmas económicos privatizadores. Al tiempo aplican la estrategia del ventilador, exculpando de desastres cuando se trata de los suyos y asignando responsabilidades exclusivas a lo que hicieron los demás. Parece claro que no van por buen camino.

¿Y qué respuesta existe? Pues respuesta clara no hay. La socialdemocracia pretende actuar con comportamientos democráticos y renuncia por tanto a acciones impositivas como las que se producen en los regímenes de matriz comunista. No propugna políticas autoritarias  que históricamente se han revelado incapaces de crear riqueza que repartir y que no se basan en la voluntad democrática de la población.

Pero me gustaría hacer una distinción metodológica. Una cuestión es salir de la crisis y otra cosa es restablecer la justicia. Creo que en la izquierda se están confundiendo estas dos cosas. Por ejemplo, una medida que promueve igualdad y que es de justicia, tal como ampliar los límites de las condiciones para tener ayudas sociales no tiene porqué ser buena para salir de la crisis. Sin embargo es totalmente deseable en las circunstancias actuales. O por otra parte, son necesarias medidas de austeridad que tomadas con los medios que proporciona la ley pueden producir y producen efectos claramente injustos.

Sin embargo muchos de los análisis de izquierda sobre la crisis confunden estos planos, proponen medidas que dicen son apropiadas para salir de la crisis porque son justas. Frases como ¡Qué paguen la crisis los que la han provocado! expresan un buen deseo, pero no un camino para la solución. Desgraciadamente las leyes económicas, si la palabra ley se puede aplicar a la economía, son bastante crueles y muchas veces entienden poco de justicia.

Si algo no hay duda es que ahora somos globalmente más pobres de lo que éramos hace tres años. Y tiene que ser asumido. Pero la socialdemocracia tiene también un papel en esta época de vacas flacas: mitigar los daños en la matriz social. Evitar que so pretexto de salir más rápido de la crisis se machaque a la población profundizando en la desigualdad.

 Imagen de http://www.ecoportal.net

jueves, 17 de mayo de 2012

Algo tiene que cambiar para que todo siga igual

“Algo tiene que cambiar para que todo siga igual”. La frase es de “El Gatopardo”, la astronómica novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa que el director Luchino Visconti tuvo la osadía y el acierto de convertir en película en 1963. La obra se construye a base de los magistrales soliloquios (mediante epigramas como el que abre este texto) de Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina, encarnado en el filme por Burt Lancaster; reflexiones estructuradas, conducidas y aunadas gracias al engrudo de una lucidez tan diabólica como aleccionadora. El personaje, jaque de la rancia nobleza italiana, asiste al cambio social prendido a los vientos de la revolución garibaldina y reflexiona sobre el encaje en ellos de la vieja aristocracia a la que él representa; eran los momentos en que la burguesía se abría camino, marcando los estertores del Antiguo Régimen. La conclusión a la que llega el patricio es que, a la sazón, la lucha de los azulones debía centrarse en lograr que, aunque de forma subrepticia, el sistema siguiera bajo su control. Un control no ejercido de forma directa, sino mediante marionetas de las nuevas clases mercantiles, con las que los jóvenes nobles (encarnados en el filme por el sobrino del tiufado) se apresuraron a unirse mediante ventajosos matrimonios.

Estrategia de mimetismo
¿Y a qué demonios –se preguntará el lector- viene todo esto? Pues viene, porque la reflexión del noble de ficción sirve también como resumen y diagnóstico de la crisis socialdemócrata. Los que nos encuadramos en la familia izquierdista, característica de la democracia occidental, a mi entender, hemos tenido las mismas opciones que una familia de esquimales en Almería, a saber: o tornar el abrigo por unas bermudas, o volvernos cagando leches al Ártico. Lo que no es viable es ir de esquimal en las tórridas colinas sureñas. O bien nuestra ideología o bien el sistema tenían que cambiar. Al final se ha optado por travestirse y aceptar el sistema de derechas como si este formara parte del ADN occidental. Lo que no se ha previsto es lo obvio: que era el sistema el que no funcionaba. El Partido Socialista Obrero Español se ha dotado de las bermudas del liberalismo sólo para ver cómo, con la crisis, ha acabado nevando en el desierto. El chaparrón nos ha pillado disfrazados de neocons y ahí radica nuestra mayor tragedia: no se trata de perder escaños, sino de perder la fe, la vergüenza, la razón de ser. ¿Posibilismo? No, lo que ha tenido la familia socialdemócrata es ceguera. En muchos países europeos, España entre ellos, en vez de frenar el sistema de empacho en masa orquestado por el liberalismo económico, los gobiernos de izquierdas han preferido tirar de las mismas ubres demostrando una visión cobarde y cortoplacista, que, a la postre, lo que ha hecho es abocar a todo Occidente al desastre. De la derecha democristiana no podemos esperar más reacción que la de aceite de ricino, admoniciones maniqueas, populismo xenófobo y rezos periódicos a los santos de la economía. En ellos no habrá reflexión y se aferrarán al sistema como lo hicieron los soviéticos al suyo: y como ellos se hundirán, recalcitrantes como el capitán del Titanic. Porque, si, como se demostró en los 80, el comunismo era inviable, hoy nos damos cuenta de que el liberalismo también lo es. Inviable económica y moralmente y, lo que es peor, insostenible desde un punto de vista ecológico.

Ahora bien, ¿cómo no lo vemos claro desde la izquierda? En algún momento dado, el Orbe entero se derechizó; los estados retrocedieron frente a las multinacionales y los demiurgos de las finanzas jaquearon el sistema operativo. La estrategia socialdemócrata se basó en el mimetismo. Competir con la derecha derechizándose y con los nacionalismos étnicos, remozando el discurso con el invento del vasquismo. ¿Puede un vasco ser vasquista? ¿Puede ser un escocés escocesista? Así solo se logra que hedamos a complejos, a derrota, a descreimiento en nuestra propia forma de ser y sentir. Somos los indios con gorro tejano, los negros que se alisan el pelo y se clarean la piel y los gatitos que aúllan a la luna. No podemos competir con la derecha, sea española o vasca, con su propio discurso y en su propio terreno. Estamos viendo el resultado de semejante estrategia. El público no es idiota. La gente ha procesado que para hacer políticas de derechas será mejor un neocon que un socialista. Lo mismo que para pescar una trucha es mejor una caña que un revólver. Si de ser “más vasco” se trata, mejor los apóstoles de los ocho apellidos y el RH negativo que un vasco vasquista, que se queda en tierra de nadie, bajo las botas de los chicos de la super-raza, sea esta española de Guzmanes o vasca de Ibarretxes. Para visiones miopes del mundo ya está la carcunda de PeNuVeros y PePitos, que agitan los mismos avisperos con distintos colores. Y las cosas no mejoran si, como se ha venido haciendo, se hacen políticas de derechas intentando enmascararlas con gestos vacuos de populismo buenista, que además de ser caros e inútiles, son percibidos por muchos como un insulto a la inteligencia.

Falta de relevo generacional
Explicada la crisis de valores, creo el momento de abordar una circunstancia que, al parecer, ha sido pasada por alto: la falta de relevo generacional, que -según quien esto escribe- es debida al conflicto y la falta de entendimiento entre el poder socialista y las juventudes del electorado. Los antropólogos suelen decir que las revoluciones y los grandes cambios funcionan si se consigue convencer a los jóvenes de entre 20 y 35 años de que tal evolución es necesaria.


Así pasó en la Transición, cuando un movimiento liderado y sustentado por jóvenes se comprometió con un cambio necesario. Lo malo es que esa misma generación sigue en el poder. No han sabido o no han querido dejar el espacio a las nuevas generaciones. Y esto tiene su efecto, como se ha visto en los movimientos del 15-M. No cabe duda de que muchos jóvenes –la mayoría de izquierdas- dejaron de percibir a la cúpula de la socialdemocracia como representantes de sus valores. En aquel momento se fraguó un cambio que, no nos engañemos, afectó a las izquierdas y no a las derechas. Las acampadas de Sol, con un Zapatero todavía en el poder, evidenciaron la falta de conexión entre una troika envejecida y acomodada (sin importar su papel, su trabajo o el merecimiento de este acomodo) y la juventud española de izquierdas; y esto es una mala noticia si de cambiar algo se trata.

Todos sabemos –excepciones gloriosas a parte-, por lógica puñetera, que un joven sin trabajo ni propiedades, tiene más energía y menos miedo al cambio que un madurón con dos casas y dos coches, además de un trabajo que le roba casi todas las horas del día. No se trata de juzgar a las generaciones, cada una tiene su papel. Mucho menos a los individuos. Pero es un hecho evidente que, a día de hoy, la socialdemocracia en general y el PSOE en concreto, no han sabido sustentar un movimiento joven sino todo lo contrario: se enrocan en un liderazgo, ejercido masivamente (no en un caso concreto, lo que sería normal) por generaciones que ya no contactan con los nuevos tiempos representados por la juventud. Y el problema no es fácil de solucionar. Porque, si los venerables se creen imprescindibles, los alevines se han acomplejado y no se ven capaces (ni les interesa) de participar en política. La pescadilla, una vez más, se muerde la cola. Y así nos luce el pelo.

La crisis vista como oportunidad
Decía Jordi Pigem, doctor en Filosofía y autor del libro Buena crisis. Hacia un mundo posmaterialista: "Parto del término médico de crisis, que no es otra cosa que el momento crítico en el que una enfermedad empeora o mejora. La crisis puede ser una oportunidad de sanación". "Ahora toca cambio –añade-, y eso atañe a nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Ni el egoísmo ni la codicia funcionan. La tendencia que está creciendo con más rapidez en estos momentos es la de la generosidad, se manifiesta en la banca ética, en la cantidad de ONG que funcionan en el mundo, en el comercio justo, en redes sociales preocupadas por compartir... Y todo se articula dentro de una visión del mundo en el que las personas no estamos por encima de la naturaleza. No se puede volver a donde estábamos porque no es sostenible".

Lo que viene a decir que vamos a cambiar nos guste o no, gracias al sistema más viejo y efectivo: a base de palos. La derecha también va a cambiar, pero, dada su proverbial incapacidad de mutación, lo hará cuando hayamos cruzado la línea de no retorno. Por eso, la izquierda es más necesaria que nunca. ¿Está en crisis la izquierda porque ya no tiene cabida? Nunca ha sido más necesaria. Sólo la izquierda puede frenar el suicidio obsceno y colectivo al que está abocada la humanidad. Sólo la izquierda puede liderar el movimiento verde, la integración intercultural, la ruta hacia una recuperación del papel de los Estados frente a los bancos.

En el caso concreto del partido socialista, creo que la pérdida del poder no sólo no es una mala noticia, sino que es la única posibilidad que nos queda de encontrar nuestro papel. Me comentó una vez un cubano que trabajaba en una granja de cocodrilos, que, para que estos no atacaran durante una exhibición ante turistas, había que tenerlos bien cebados. Empachados perdían toda voluntad de acción. Lo mismo se puede achacar al PSOE. Por eso creo que es una buena noticia que estemos otra vez en la calle, en el asfalto, con el populacho. Que es donde el socialismo siempre se ha sentido cómodo. Estamos en el bosque y somos lobos, aunque, eso sí, necesitaremos un tiempo para perder los michelines que la domesticación nos ha generado. Porque tenemos dos opciones. O nos tumbamos y morimos de inanición, o nos ponemos las pilas y nos vamos de caza.

Recuperar la juventud, recuperar la calle
Las crisis, decíamos, pueden ser oportunidades. Son termómetros que miden el nivel de fiebre del paciente. Con la crisis empezarán las reacciones de una ciudadanía poco proclive a al movimiento mientras la vaca da leche. Pero como ya no es el caso, la indignación, el sufrimiento y la desesperación van a menudear en nuestras calles. Y allí tendrá que estar el Partido Socialista. Porque hemos perdido las calles, que es de donde nunca debimos salir. Incluso los nazis (y la izquierda abertzale) lo entendieron. Los primeros repartían pan y daban esperanza a los alemanes en el durísimo periodo de entreguerras; el pueblo los vio como salvadores y subieron como la espuma. Los bildutarras siempre han trabajado sobre la juventud y ahora amenazan a un aburguesado y fofo PNV al que le está pasando lo mismo que a la familia socialista.

Por eso digo: estemos ahí, en la calle. Asesorando, escuchando y apoyando; a las personas que se queden sin casa, a los obreros en paro, a los ancianos, a los inmigrantes en estado de indefensión. Engrosemos (esto no puede esperar) el aparato y el activismo de las juventudes. Preparemos actos continuos y visibles y que la ciudadanía sepa que estamos ahí. Lideremos (no se trata de ya de gestos de cara a la galería) el moviendo verde y las políticas de sostenibilidad. Montemos saraos culturales, habilitemos espacios para los artistas, llevemos gente a todos los ámbitos de preocupación ciudadana. Ayudemos a la sociedad, no con dinero, sino con trabajo, ilusión y presencia. Acompañemos a la gente, sostengámosla. Ahora podemos, porque, perdido el poder, estamos otra vez en la calle. Ahora debemos porque se nos necesita; porque es nuestra obligación y porque, si no actuamos, lo harán otros y las alternativas -Bildu, el Frente Nacional de Marine Le Pen, etc.-, ya sabemos qué quieren y a dónde nos llevan. Ahora es el momento de que algo cambie para que todo siga igual, para que el socialismo recupere su papel. Ahora o nunca.



Escrito por Domingo Escandela


martes, 15 de mayo de 2012

La socialdemocracia vasca del siglo XXI

Sostengo que en Euskadi se dan las condiciones idóneas para proceder a la regeneración y modernización de la izquierda vasca, reclamando para ello el liderazgo de los socialistas vascos. Para trabajar devolviéndole el protagonismo a la política y a la palabra, lastradas por el peso dialéctico que sin duda ha tenido el plomo. Para debatir sobre unas bases diferentes, en las que los progresistas planteamos alternativas, frente a la regresión y a las políticas conservadoras de los nacionalismos vasco y español. Porque el fin de ETA ha cambiado radicalmente el escenario. Y o cambiamos o, a buen seguro, nos cambian.

Nos la pasamos respondiendo a Basagoiti. Interpretando el oráculo del nacionalismo, versión Urkullu hoy, o Egibar mañana. Y este presente imperfecto nos lleva a conducirnos en el corto plazo, enzarzados en discursos domésticos cuando debemos reclamar altura de miras y ser capaces de ver más allá.

Sostengo que el futuro vasco está lleno de oportunidades para la política y, más aún, para la formulación de una socialdemocracia vasca, genuina, que replantee y sume los diferentes colores políticos en clave de izquierda, de vasquismo y de ciudadanía.

El manto de la violencia nos llevó a parapetarnos en trincheras. Y ese atrincheramiento se refleja paralelamente en el debate político. Hemos vivido demasiado tiempo como resistentes y acabamos pensando como resistentes. Por eso creo firmemente que la socialdemocracia nos ofrece la oportunidad del mestizaje, del compromiso ideológico con los valores de ciudadanía, y la permeabilización del socialismo obrero clásico con la ilustración del pensamiento liberal e ilustrado que reclamaba don Indalecio Prieto. Así, seremos realmente el proyecto que más se parece a una sociedad plural, mestiza y alejada de ortodoxias y paisajes políticos monocromáticos.

La socialdemocracia es un concepto plenamente contemporáneo. En primer lugar porque responde mejor a una ideología o a una ética incluyente que cualquier –ismo. Pese a todo, quienes se reclaman la esencia de la izquierda lo utilizan con desdén y con cierto énfasis despectivo. Como si el socialismo fuera una suerte de jamón ‘pata negra’ y la socialdemocracia no fuera sino ‘jamón yor’.

Nada más lejos de la realidad. La socialdemocracia constituye una fe laica que encierra valores de socialismo y de ciudadanía. Que plantea de modo previo una ética de la austeridad, como formulan algunos teóricos, que desprecia el arribismo y las tentaciones de desclasarse, y que viene a profesar el ‘vive como piensas, si no quieres acabar pensando como vives’.

La socialdemocracia, por tanto, no es una formulación tanto como un way of living, o un way of thinking si se prefiere. Supone compartir los valores de la austeridad, de la solidaridad, de una vida espartana en clave machadiana-ligeros de equipaje-, de la conexión permanente de acción y pensamiento.

La socialdemocracia requiere debate y huye del silencio. Es contraste de ideas, es tensión ideológica, es equilibrio inestable y compromiso con el pensamiento. Es reformulación. Y supone, de una parte, vivir en la duda de quien respeta el conocimiento y huir, de otra, de las certidumbres de quien anida en la ortodoxia.

La socialdemocracia vasca exige agitar los sectores más emergentes de la Universidad; pasa por reclamar el compromiso con el Tercer Sector; nos llama a recuperar de la demolición Popular las cenizas de la Cooperación al Desarrollo; requiere enunciar el euskera para la creación y la comunicación y no para la confrontación; y reivindica la revisión en profundidad de un modelo de fiscalidad desfasado e inadecuado.

Pero hoy, sobre todo, socialdemocracia es abrir el partido socialista de Euskadi a la sociedad. Es hacerlo transversal y abierto a la sociedad. Es invitar a los viejos roqueros de Aralar que huyen del uniforme intelectual. Es sumar a los escaldados del oportunismo madracista refugiados en Anitza. Y es recuperar las prendas de los Euskadikos, en lo que de debate de izquierda vasca ilustrada representaron.

Tenemos ante nosotros un modelo de gestión alternativo al que nos ofrecen las derechas, lo que ha venido en definirse el ‘modelo Euskadi’, frente a la voladura del estado del bienestar. Debemos de abrir con celeridad esa casa y esa causa comunes que, en mi modesta opinión, sólo será si se define desde un reformulación de la izquierda vasca en torno a la socialdemocracia.


Escrito por Juan Carlos Alonso: jcalonso@vitoria-gasteiz.org

lunes, 7 de mayo de 2012

Presidente Hollande y la reconstrucción europea

La victoria este domingo del socialista François Hollande, en la jornada definitiva de las Elecciones Presidenciales francesas, genera ya, a escasas horas de su confirmación, todo tipo de expectativas políticas sobre el futuro de Europa. Más allá de convertirse en el primer Presidente socialista en Francia tras 17 años consecutivos de liderazgo conservador, y de haber relegado por primera vez en la Historia de la quinta república francesa a un Presidente tras su primer y único mandato, la victoria de Hollande despierta consigo la ilusión de la socialdemocracia europea.

Reconozcamos que la izquierda lleva aletargada, deprimida y anestesiada desde que estalló la crisis financiera y comenzó la depresión económica. El descaro de las recetas unívocas de una derecha rampante que no sólo reparte lecciones de moralidad y economía regresivas, si no que demoniza a todo aquel que ose plantear políticas alternativas, ha acomplejado a los socialistas europeos hasta hacerlos incapaces de contagiar el más mínimo optimismo.

Pero este segundo Presidente Socialista desde la instauración de la Quinta República en 1958, simboliza también la llamada a la articulación de una nueva alternativa desde el progresismo, para la reconstrucción política y económica europea. Esta crisis ha mostrado en toda su crudeza los pies de barro de una Unión Europea que no era tal. Ni siquiera era una unión económica, pues no iba más allá de una mera alianza monetaria, que sólo ha dado resultado mientras la economía arrojaba saldos positivos, pero que ha mostrado su auténtica debilidad a la primera ocasión en que las adversidades comprometían los vagos objetivos de cohesión europea.

Todo se ha hecho mal: desde la manera en que se han impuesto los ajustes y el abuso de exigir que se modifiquen Constituciones para consagrar la austeridad, despreciando la madurez democrática de la ciudadanía; hasta el timo del Acuerdo de Schengen sobre libertad de movimiento de personas y capitales que algunos Estados han suspendido de forma oportunista retomando fronteras por miedo a movimientos migratorios; pasando por la renuncia de Francia a su tradicional y estratégico papel de contrapeso a la hegemonía alemana; todo ha conducido a un desmoronamiento de los principios europeos.

El Presidente Hollande, líder del progresismo europeo, debería ahora propiciar la refundación de la socialdemocracia en el viejo continente sobre la base de la búsqueda de una mayor integración europea. Porque somos los socialistas los que debemos elevar el crecimiento económico sostenible a rango de prioridad política. Tenemos que guiar a Europa hacia la creación de un auténtico gobierno común como respuesta a la extensión de los nacionalismos y populismos. Y también estamos llamados a rediseñar el modelo de Estado de Bienestar para fortalecerlo y hacerlo más eficiente ante las tentaciones de desmantelamiento que padece hoy día. Y para todo eso quizás resulte aconsejable ignorar por un rato lo que digan los mercados esta semana.

Por lo demás, el final del Sarkozysmo, un movimiento sobre todo basado en el culto a la personalidad de un líder histriónico, hiperactivo y omnipresente, dejará a corto plazo un shock emocional importante en amplias capas sociales, y una previsible crisis política en la derecha francesa, abrumada por el ascenso del extremista Frente Nacional de Marie Le Pen, que tratará arrebatarle la hegemonía en el seno de la derecha. Habrá que estar atentos al modo en que la UMP, el principal partido político conservador galo, afronta la complicada tarea de reorganizar la derecha sobre la base del NeoGaullismo, recuperando al centro y sin caer en la deriva peligrosa que plantean los ultras lepenistas.



Escrito por Denis Itxaso: denisitxaso@gmail.com

domingo, 6 de mayo de 2012

Acabar con esta depresión innecesaria: llamamiento a una decidida acción política

La idea central del último libro de Paul Krugman resulta tan esperanzadora como desasosegante: “La depresión que estamos atravesando es, fundamentalmente, gratuita” [Paul Krugman, ¡Acabad ya con esta crisis!, Crítica, Barcelona 2012].
Discípulo declarado de Keynes y crítico razonadamente furibundo del monetarismo neoliberal, Krugman considera que vivimos claramente en la clase de mundo descrito por Keynes: Estamos sufriendo penalidades que –pese a todas las diferencias de detalle que se deben a los 75 años de cambio social, tecnológico y económico- son claramente similares a las de los años treinta. Y sabemos qué deberían haber hecho entonces los gestores políticos: tanto por los análisis contemporáneos de Keynes y otros economistas, como por el gran número de estudios posteriores”. Precisamente por eso, porque la crisis actual puede explicarse a la luz de las intuiciones e hipótesis keynesianas, “disponemos tanto del saber como de los instrumentos precisos para poner fin a este sufrimiento”.
Frente a la obsesión por el ajuste y la austeridad, deberíamos recordar una máxima de Keynes: “El auge, y no la depresión, es la hora de la austeridad”. Lo que hace falta en estos momentos d depresión es adoptar políticas expansivas y de creación de empleo.
Aunque no utilice este lenguaje, Krugman formula su crítica a la norma del ajuste general como un típico problema de acción colectiva. Si bien para un individuo, una familia o una empresa es plenamente lógico  gastar menos de lo que ingresa (ajustarse), para una sociedad en su conjunto esto es una catástrofe. “Si demasiados actores económicos se encuentran al mismo tiempo con un problema de endeudamiento, su empeño colectivo por salir de ese problema contribuye a su propia derrota”. “Mi gasto es tu ingreso y tu gasto es mi ingreso”, afirma Krugman. Si nadie gasta (porque no puede, o porque no se fía), nadie ingresa. “Un mundo en el que un gran porcentaje de personas o empresas está intentando cancelar sus deudas, todas al mismo tiempo, es un mundo en el que se reducen los ingresos y el valor de los activos, donde los problemas de endeudamiento se agravan, en lugar de mejorar”.
Y lo mismo ocurre con los recortes en los salarios y las condiciones de trabajo: “Mientras un trabajador individual puede mejorar sus oportunidades de obtener trabajo a cambio de aceptar un salario inferior, que lo haga más atractivo en comparación con otros trabajadores, un recorte general de los salarios deja a todo el mundo en el mismo lugar, salvo en un aspecto: reduce los ingresos de todos, pero el nivel de deuda se mantiene igual. Así pues, más flexibilidad en los salarios (y los precios) sólo empeoraría las cosas”.
Alguien debe animarse a gastar para volver a poner en marcha el motor gripado de las economías. “En un momento en el que muchos deudores intentan aumentar el ahorro y cancelar las deudas, es importante que alguien haga lo contrario”. Ese alguien sólo puede ser el gobierno.
Pero en lugar de proceder desde ese conocimiento y esa experiencia, quienes ocupan los puestos de responsabilidad en los gobiernos, las instituciones internaciones y muchos departamentos universitarios puristas del laissez-faire, “han optado por prejuicios ideológica y políticamente convenientes”. ¿Convenientes para quién?
“Para meternos en esta depresión –explica Krugman- han hecho falta décadas de malas directrices políticas y malas ideas que prosperaron porque durante mucho tiempo estuvieron funcionando muy bien, no para la nación en su conjunto, sino para un puñado de gente rica y con mucha influencia. Y esas malas políticas e ideas han llegado a dominar nuestra cultura política y hacen que sea muy difícil variar el rumbo aun cuando nos enfrentamos a una catástrofe económica”. No es un problema esencialmente técnico-económico, sino político.
Krungman expone en el capítulo 4 el proceso desregulatorio que hizo posible el auge del capitalismo de casino, fundamento de la crisis que se inicia en 2008. Se trata e una cuestión esencial, pues indica bien a las clara que la política tiene mucha importancia también hoy en día para organizar la economía, aunque desgraciadamente todo el poder político se está utilizando para favorecer al capitalismo más especulativo. Matt Taibbi profundiza en esta conspiración política por la desregulación con más radicalidad que Krugman en el libro Cleptopía (Lengua de Trapo, 2011).
“Solo para una pequeña –aunque influyente- minoría, la época de la desregulación financiera y el ascenso del endeudamiento supuso en verdad un extraordinario aumento de los ingresos”. En 2006, los 25 administradores de hedge funds (fondos de cobertura, especulativos con dinero prestado) ubicados en Manhattan mejor pagados ganaron 14.000 millones de dólares, tres veces la suma de los sueldos de los ochenta mil maestros de escuela de la ciudad de Nueva York. Estos administradores tienen un doble honorario: cobran por administrar el dinero de otras personas, pero también  se llevan un porcentaje de los beneficios que consiguen. “Esto les supone un incentivo de peso para realizar inversiones arriesgadas: si las cosas van bien, reciben una cuantiosa recompensa; mientras que si las cosas van mal –y ese momento siempre llega- nada les obliga a devolver los beneficios anteriores”. Esto no es economía, es política. Política a favor de unas minorías. Política de clases.
Y aquí es cuando Krugman introduce, con cautela pero con claridad, una clave explicativa que se convierte en una carga de profundidad contra la política democrática actual: es la referencia a esa “puerta giratoria por la que políticos y funcionarios terminan yendo a trabajar para la industria a la que, supuestamente, debían supervisar”. Esta puerta giratoria provoca incluso una perversa transferencia de la lealtad de los altos dirigentes políticos, desde la sociedad que los ha llevado al poder hacia las organizaciones económicas y empresariales que pueden acogerlos cuando abandonen el gobierno: “Quien abandona el puesto siendo tenido en gran estima por el equipo de Davos, podrá ser elegido para una gran variedad de cargos en la Comisión Europea o del FMI aunque sus compatriotas le profesen el más absoluto desprecio. La máxima demostración de solidaridad hacia la «comunidad internacional» sería hacer lo que quiere esa comunidad, enfrentándose incluso a una enorme resistencia por parte del electorado político nacional”.
Krugman presenta su libro como un llamamiento a ejercer presión política contra esta conjura del ajuste mediante la construcción de una opinión púbica informada y movilizada. Yo me apunto. Creo que Hollande también…


Escrito por Imanol Zubero: imanol.zubero@ehu.es 

sábado, 5 de mayo de 2012

¿Y vuelta la burra al trigo?

¿Estamos seguros que lo que Europa necesita es lograr crecimiento urgente para salir de esta no-crisis-sino-transformación-subrepticia-del-estado-social-de-derecho? Lo dudo.

El clamor contra las políticas de austeridad impuestas por diktats puritano-protestantes es ensordecedor. Sabemos que esas políticas de austeridad que ahogan nuestro querido paisito buscan, ante todo,  la devolución de la gigantesca deuda que los bancos y cajas españoles contrajeron en el mercado mayorista europeo (en buena parte alemanes y del que se obtienen pingües beneficios) para la financiación del boom inmobiliario que nos ha traído hasta la situación actual. 

Y la respuesta de la socialdemocracia del sur de Europa al clamor contra estas políticas que nos ahogan es, básicamente, crecimiento. Decimos creer que estamos ante una nueva crisis cíclica del capitalismo  al que una alegría keynesiana que dinamice la demanda agregada vendrá de perlas. De ahí que aboguemos por las políticas de estímulo a la economía para volver a crecer, puesto que con crecimiento, -decimos- se generan empleos y con más empleo se genera –creemos- más actividad, más ingresos públicos y quizá, en el futuro, repartamos –¿creemos aún en los cuentos de hadas?- parte de los ingresos por eso de la equidad social… Y así, pretendemos aliviar la carga de la austeridad. No es muy convincente.

Compañeras y compañeros, a lo que  hoy  nos enfrentamos es harina de otro costal. Despertemos. No estamos ante una crisis cíclica, sino ante un cambio de modelo, un abandono de las políticas del bienestar, un putsch versión soft de un insensato ultraliberalismo económico no humanista, una transformación del  estado social de derecho de facto,… Todo aderezado con mucho gabinete de prensa, desinformación a raudales, y sazonado con premeditación,  nocturnidad, alevosía y mucha mala leche.

Porque tiene mucha mala leche que sea la ciudadanía monda y lironda la que haya de pagar el pato. Hagamos memoria si no. Antes del estallido de la dichosa burbuja, la situación macroeconómica española era brillante, con una deuda y un déficit controladísimos. Si bien, una deuda privada de Órdago a la grande, esa misma con la que  espoleamos un crecimiento especulativo y devorador de recursos preciosos; por desgracia, durante varias legislaturas.

Y en eso, llega el estallido de la burbuja, tanto por la insostenibilidad de la situación como por la puntilla a la confianza de los prestamistas con el bochornoso Lehman Brothers. Y el Estado, con un gobierno socialista, decide obligarse a rescatar preventivamente el sistema financiero para dar confianza a los mercados o prestamistas que nos inundaron de liquidez y a los que debíamos devolver el parné. Es decir, tornan bastos y socializamos pérdidas generadas por la iniciativa privada, por miedo a las consecuencias sociales de la inacción al respecto. Diantre, ¿por qué no se aplicará el mercado su matraca liberalizadora en épocas de estrecheces, esa que habla de la  mano invisible, el homo economicus, racionalizador y maximizador del beneficio de la unidad marginal etc?  La alternativa a no intervenir era el caos, nos decían.  (Eh,  ¿Islandia? No seamos demagogos, no es lo mismo, no compares España e Islandia… ¿y por qué no?)

Y claro, nuestro otrora envidiable equilibrio macro financiero público  se rompió. La locura especulativa pinchó, vimos el litoral arrasado y decidimos insuflar dinero público a espuertas en los balances de los bancos privados.

Pronto, la cosa tornóse negruzca; del milagro de nuevo rico español, del modelo a emular, a la peste de la que huir. El sistema bancario español (recuerdan que nos decían lo teníamos de bandera) cojea ostensiblemente. Los santos mercados de prestamistas temen que no vayan a recuperar las ingentes cantidades prestadas al sistema bancario patrio y presumen que la mora y la quiebra  son  mera cuestión de tiempo.

Consecuencia: pánico generalizado, toque de arrebato, movilización general… Zapatero, bajo presiones que él decidió hacer inconfesables (¡cómo me hubiera gustado que, en el parlamento, hubiera salido a la palestra diciendo quién y en qué términos le  llamó al orden!…), saca la tijera y aprieta a quién nada tenía que ver con la fiesta. O ¿sí? (Lo bueno de esta no-crisis-sino-cambio-de-modelo es que a los españolit@s de a pié nos inmuniza, por un rato al menos,  contra el becerro de oro, el duro a cuatro pesetas y mensajes como “Cofidis es tu amigo” de un soberbio mandoble. Pero ese es otro debate.)

Vamos, que nos urgían, a través de nuestro defenestrado presidente socialista,  a la acción colectiva pública en forma de austeridad para el pueblo y barra libre al sistema financiero. Era menester —nos decíamos— recuperar la confianza de los mercados que habían de seguir financiando las deudas a corto del tesoro público —objetivamente el endeudamiento público no era ni es el problema en términos comparativos— y sobre todo, sanear un sistema financiero privado débil por unos balances implícitamente trampeados por la devaluación muy significativa de activos inmobiliarios, y que nadie se atreve a reflejar convenientemente en su contabilidad.

Y para salir de la espiral infernal, de la tormenta perfecta, del ruido de sables de los prestamistas internacionales, la socialdemocracia apela al crecimiento, como la derecha política, social y económica. Dinamicémonos, saneémonos, liberalicémonos, seamos más competitivos… para crecer. Porque una vez que crezcamos,… las aguas volverán a su cauce. A mí me suena a discurso manido, sin punch, gastado, ruido mediático del bla, bla, bla que poca esperanza ofrece en casa del humilde... Y sabemos que no es real.

Con la que está cayendo, ante el escenario de clara  regresión en política social, económica, o de simple y llana involución en las relaciones laborales, vamos dados si solo ofrecemos crecer de nuevo para repartir después, pagar deudas… Con todos los respetos, eso lo hace la Derecha mucho mejor que nosotros. Y seguimos enquistados en los discursos y el campo de juego que ésta ha marcado a fuego en la agenda política y mediática. Y erre que erre — vuelta la burra al trigo— con el crecimiento.

No dudo que el crecimiento económico haya ayudado al logro de los objetivos sociales del discurso progresista en otras etapas históricas. Sin embargo,  en esta época del turbocapitalismo global sin complejos, nuestro análisis y praxis han de variar, por que nos están cambiando las normas unilateralmente.

Por un lado, lo que antes era un  medio (la economía, la producción, las finanzas…) se convierte en fin en si mismo y el fin (La Ciudadanía) en un medio prescindible del engranaje capitalista.

Por otro lado, asistimos impertérritos a que se desnaturalice el fin legítimo de la acción pública democrática y socialista, a saber, el crear día a día un país libre, igualitario y fraterno, donde se priorice la satisfacción de las necesidades ciudadanas que liberen al ciudadano de ataduras y miedos.  Y procurar así  las condiciones objetivas que permitan su emancipación, desarrollo personal, intelectual, afectivo y emocional.

Y ante esta tesitura, ¿es el crecimiento la respuesta que vamos a dar a la sociedad? ¿Y si el crecimiento fuera la zanahoria que se nos pone a los burros para seguir empujando el engranaje oxidado? ¿Y si nos  bajamos de la burra de la derecha económica?  ¿Nos vamos a atrever a cuestionar el para qué  y el para quién del Crecimiento algún día? ¿Y sus consecuencias? ¿Y su sostenibilidad ecosistémica y social? Recordemos, somos Izquierda.

Porque, compañeros, hay evidencias que chirrían en nuestro discurso pro crecimiento:

  • Por un lado, el mundo es finito y no podemos crecer y consumir ad infinitum, menos a sabiendas de que somos ya 7000 millones de habitantes y subiendo,…  Pretender que podemos seguir creciendo como hasta ahora es utópico e irreal  (lo sabemos todos y todos miramos hacia otro lado, como cuando nuestra burbuja inmobiliaria) y algún día, pronto, la Izquierda habrá de meterse en esta harina.

  • Por otro lado, de cara al progreso social por el que decimos justificar el crecimiento, el planteamiento chirría. A saber, los condicionantes que se nos imponen – y esto acaba de empezar- para poder seguir creciendo. Éstos, no ayudan a emancipar al ciudadano y por tanto las entiendo difícilmente compatibles con el discurso socialista progresista.

·         Hablo de reformas laborales que disminuyen derechos conquistados y amparados en las Cartas Magnas que el sistema turbocapitalista global se ha de pasar por el Arco del Triunfo.

·         Hablo de recortes sociales que privatizan las herramientas para escapar de la exclusión social. Bravo, permitamos socializar pérdidas de la iniciativa privada y privaticemos la responsabilidad pública en la distribución equitativa de bienes básicos para la emancipación como salud, educación o pensiones.

·         Hablo de un  endeudamiento sistémico que el crecimiento hoy requiere. Por que, en un escenario de contrición macroeconómica global, con una sobrecapacidad productiva global, con incrementos de productividad progresivos alucinantes a escala global y salarios a la baja,… ¡Que nos expliquen cómo dar salida a la abundancia los productos y servicios, —para volver a crecer y vuelta a crecer— si no nos endeudamos tanto países como ciudadanos! Y es que, si no nos endeudamos,  la burra del crecimiento, se gripa… Hasta en Alemania o China, que requieren del endeudamiento ajeno para crecer y dar salida a la sobreproducción. Tienen bemoles los diktats de la Merkel hoy.

Luego, si aceptamos este análisis,  resistámonos a que la socialdemocracia europea y su representante histórico en España se limiten a dar como respuesta  políticas de dinamización del crecimiento para recuperar el empleo. No fastidies. Estamos ante un cambio de modelo, un coup d’etat cool á la Sazkozy, mediáticamente impecable que requiere contundencia.

Por desgracia, asumo que es más fácil trazar un diagnóstico que establecer un buen remedio. ¿Decrecimiento gradual?¿Nueva división internacional y local del trabajo más igualitaria? ¿Derivar los incrementos de productividad para trabajar menos y  generar más ocio no lucrativo? Ni idea. Hemos de crear, por que el escenario que se nos avecina es nuevo. Las reglas de juego nos las han cambiado. Aquí está el reto socialista para los años venideros, dar forma a una alternativa económica a la locura suicida capitalista en clave de emancipación. Y si no, seremos redundantes.

Sí, redundantes. Salvo que reaccionamos  recuperando la acción pública socialista transformadora, emancipadora, ahora ecológicamente sensible, internacionalista y globalista. Si no nos movemos,  no nos asustemos cuando nuestras bases busquen respuestas en la derecha (ya se sabe aquello tan manido de que entre la copia y el original…) o en espectros más pardos: buena parte de los votantes lepenistas son ciudadanos bien humildes con miedo a la incertidumbre, mucho miedo… y eso no se arregla “flexibilizándonos y privatizándonos hasta la extenuación final para competir en la neurótica jungla del sálvese quien pueda”… 

Éste no es nuestro modelo. Nos toca construir un modelo humanista de emancipación ciudadana, universalizable, socialmente justo, ecológicamente autolimitante y sobre todo, optimista, proveedor de esperanza e ilusión, creador, expansivo, seductor… No olvidemos que somos hijos de la deliciosa y trina Liberté, Égalité, Fraternité, hijos de las Luces, aborrecemos las Caenas y buscamos con pasión el Progreso de tod@s para tod@s. Salud a raudales.



Escrito por Rosa de Luxemburgo: rosaluxemburgo.1871.1976@gmail.com