Aurelio Romero. Vitoria-Gasteiz. @romeronomada
El lehendakari Urkullu ha pasado la frontera de los primeros 100 días de Gobierno casi sin pisar tierra, y ha conseguido mantener a todos en la sala de espera de sus decisiones, las pocas que ha tomado. La suela de sus zapatos han tenido alas ideológicas desde el primer día, aparentando que eran circunstancias locales o territoriales las que, por ejemplo, le llevaban a respaldar los presupuestos del PP en Álava o ceder sin que lo parezca a la prometida financiación de la capitalidad de Vitoria. Consciente de que necesitaba aparentar convivencia con todos, porque su minoría parlamentaria no le permite grandes alardes, ha sobrevolado de reunión en reunión, dejando acá un principio de acuerdo sobre partidas concretas y allá el rumor de un posible pacto, a corto plazo, con el PSE-EE.
En la certeza de que sólo EH Bildu pretendería pasarle con el afán nacionalista, atenazó pactos que dejan intocable la política que esta coalición desarrolla en la Diputación de Gipuzkoa y el Ayuntamiento de Donostia, porque, con igual certeza, continuarán siendo coprotagonistas del debate nacionalista, cuando ese debate vuelva a estar entre las preferencias del PNV gobernante. Ahora el objetivo es conseguir el apoyo militante del PP y al menos la abstención o enmiendas parciales por parte de los socialistas vascos.
Le queda poco tiempo, apenas tres semanas, para demostrar si tanto silencio durante 100 días han servido para algo más que anunciar un proyecto de Presupuestos para 2013, que dice más en sus folios que cuanto el lehendakari ha manifestado desde antes de tomar posesión.
El PSE-EE ya había aventurado que, en caso de mantener su gobierno, tendría que haber adoptado medidas económicas para reducir el gasto y la inversión en Euskadi, porque la caja tenía un agujero por el que el disponible salía rápido, pero la oposición de todos impidió buscar una mejora del sistema fiscal que permitiese más ingresos. El PSE-EE se limité a convocar elecciones anticipadas y pasar el bastón de mando sobre la crisis presupuestaria al PNV. Y sirvió de poco la auditoría encargada por el PNV sobre las cuentas vascas en el último ejercicio del Gobierno de Patxi López. Una auditoría que el portavoz parlamentario del PSE-EE Josean Pastor calificase “de corta pega”.
Sin nada de interés bajo la alfombra, Urkullu ha perdido la oportunidad de “la herencia recibida” ran propia del PP y su gobierno ha tenido que encarar la elaboración de un presupuesto propio, -que el jueves de la pasada semana entró en el Parlamento- con ideología propia y con una realidad enfrente que es heredada porque la crisis pasa de un año a otro y de uno a otro gobierno irremisiblemente. Estos meses de aparente inactividad del ejecutivo vasco, tantas veces denunciada por los diferentes grupos políticos, no son tanto producto de la sorpresa por la situación real de la economía de Euskadi como del final de esa indeterminación de los jeltzales sobre los remedios a su minoría parlamentaria.
Urkullo pretende huir de un “gobierno a lo Barcina”, sin mayoría suficiente y ruptura con cuanto le rodea. La llama de la movilización que el PNV y EH Bildu principalmente han encendido en sus gobiernos locales o provinciales se extiende ya a otros colectivos sociales y trabajadores de empresas en crisis y, sobre todo, las Administraciones Públicas. Pese a su tejer silencioso, Urkullu y el PNV en todo Euskadi se iba a oner enfrente de su primer espejo, el más importante: el de los Presupuestos para este año, su primer ejercicio de planificación y administración, donde los gobiernos se confiesan la primera vez y todos los años consecutivos, incluso cuando los prorrogan. Era inevitable que esa primera mirada en el espejo real de Urkullu le devolviera a su esencia ideológica más allá de los escarceos con el PSE-EE o quienes mandan en EH Bildu.
Ni el Parlamento le ha servido para distraer la atención, como los debates interruptus sobre la ponencia de paz, y el PSE-EE ha vuelto a demostrar que la maquinaria de gobernar sigue en su mente, gripada como los coches abandonados a su suerte, incapaces de generar iniciativas públicas que nos hagan ver que del gobierno se pasa a la oposición con otro traje y otros niveles de responsabilidad, incluso pública, pero sobre todo social. El tiempo de los congresos para intentar rehacer las costuras de ese “partido viejo que se hace viejo” ha servido de tiempo de espera a Urkullu, sabiendo que los socialistas atendían urgencias que no le afectarían a él. Ni antes ni después de los congresos.
Su dificultad, la de Urkullu, es encontrar los puntos de coincidencia con el PSE-EE, que tuvo un primer amago con el acuerdo sobre algunos cargos institucionales y que, impropio de la habilidad del PNV y la falta de olfato socialista, hizo aguas en el primer paso, el nombramiento del nuevo director de EiTB. Se buscan otros puntos de encuentro, más allá de ese rumor que, como Guadiana, surge y cae cada día, sobre una alianza “de responsabilidad” para fortalecer el gobierno peneuvista y resolver situaciones personales de anteriores cargos socialistas. Pero esos puntos de acuerdo chocan ya en el plano teórico entre los nuevos posicionamientos del PSE-EE en la oposición y los nuevos compromisos del PNV que, como Gobierno, estrena.
Los presupuestos de 2013 se han convertido así en el verdadero campo de escaramuzas entre todos, sobre todo ahora que el PNV ha afianzado su alianza con el PP que, con seguridad, le permitirá sacar adelante las cuentas de la Comunidad. Pero el lehendakari no se resigna a no ser “Urkullu el apaciguador”, con la disolución de ETA si llega, el acercamiento de los presos, el que por primera vez encuentra vías fiscales sin sangrar la historia y competencia de las Diputaciones, quien lleva adelante la Ponencia de Paz del Parlamento vasco, quien presenta el presupuesto más “social”, como lo ha calificado, y quien consiga situarse por encima de su minoría parlamentaria en base al apoyo de todos …… menos EHBildu, que será el adversario común de todos, todos los que Urkullu va a utilizar para recuperar espacio electoral frente a la crisis y frente a la radicalidad, pese a la debilidad mayor de quienes puedan respaldarle.
¿Alianzas? Durante estos meses, el lehendakari Urkullu ha intentado evitar aparecer como el aliado vasco del Gobierno de Madrid, pese al recorrido histórico de estos últimos años en la oposición, buscando la aproximación lírica equidistante con el segundo grupo en votos, EHBildu, los socialistas del PSE-EE y el PP. Ha sido la política de alianzas en los territorios diferentes del País Vasco, esa otra realidad de poderes tan diversos, la que ha ido encadenando los escalones hasta subir al punto final: El pacto con el PP, inevitable desde el comienzo, pero, sobre todo, buscado como remedio a unas cuentas vascas que dan de sí lo que dan aunque la política reclame más.
CON EL PP, ANTES Y DESPUES
No se quiso entrar a tiempo en el debate fiscal, que llevaría según el PSE-EE a una mayor corresponsabilidad de las Diputaciones forales con las cuentas de la Comunidad Autónoma, y la razón más profunda era la de mantener los contrapoderes en un momento en el que quien gobernaba no tenía ya poder en ninguna Diputación. Y Euskadi se ve abocado en los presupuestos de 2013 a atender una crisis mayor de la sabida, retrasada respecto de la general del Estado, pero inaudita para lo acostumbrado. Así, la política impide un mayor frente común contra la crisis y ahora una crisis mayor se reparte por igual.
El lehendakari Urkullu tiene tres semanas para comprobar si, más allá del respaldo inicial del PP, sus presupuestos pueden encontrar un mayor consenso. El calificativo de “presupuestos sociales” para llamar a la conciencia de la izquierda nacionalista o no, y la petición de que el capítulo de inversiones fundamental, el de las infraestructuras, se aborde desde el propio Cupo Económico que mantiene el País Vasco con el Estado.
Un presupuesto con truco evidente que esconde recortes sociales bajo su calificativo y que traslada al Gobierno central y al conjunto de los ciudadanos lo que el PNV no fue capaz de arrancar a los órganos políticos y económicos provinciales, las Diputaciones que este partido gobierna (Vizcaya) o en las que ha hecho posible que otros (HBBildu en Guipuzcoa y PP en Álava) gobiernen.
El gobierno de Urkullu plantea por vía indirecta el mismo mensaje que Artur Mas lanzase en Catalunya antes de su proclama soberanista y posteriores elecciones y, más recientemente, en cuanto a la nueva deuda de las Administraciones catalanas: El Estado nos ahoga. La reivindicación de la autonomía económica como desagravio o, a la inversa, menor aportación a la financiación estatal para contar con mayor capacidad económica para afrontar la crisis. Pero si en Catalunya Mas ha encontrado la oposición de los populares, en Euskadi el pacto PNV-PP viene rodado desde Vitoria.
¿Presupuestos sociales?. Nominalmente solo. Los presupuestos para 2013 del Gobierno vasco introducen una reducción histórica de 1.132 millones de euros, un 10,8 por ciento menos que los del año 2012 y un total disponible de 9.316 millones de euros. Es fácil adivinar, que bajo el título y las cifras iniciales, habrá una realidad que todos adivinan: el ajuste hasta “lo esencial” de los servicios públicos, como el propio lehendakari adelantaba: "Queremos garantizar los servicios esenciales, garantizar el modelo público y universal de Sanidad y el de Educación, y el acceso a los servicios sociales básicos". La senda de la política desarrollada por el Gobierno de Rajoy encuentra su mejor eco en los presupuestos vascos, a los que el PP, antes de tocar papel, ya había dicho “si”.
Se comprobó con claridad que Euskadi entra en la “etapa de sacrificio” como señalaba Urkullu cuando su consejero de Hacienda y Finanzas, Gatzagaetxebarria, entró a detallar las cuentas de 2013: Como ejemplo, el Departamento de Educación, Política Lingüística y Cultura tendrá un descenso del 10,1 por ciento; Empleo y Políticas Sociales un 25,9 por ciento menos que en 2012.
La segunda fuerza política, EHBildu y su lider Laura Mintiegui ya han denunciado “el reparto de la miseria” que supondrán estos presupuestos y ha reclamado mayor valentía en la recaudación fiscal, los impuestos, para construir unos presupuestos “dignos”.
El primer presupuesto del nuevo gobierno vasco es para el PSE-EE una “sangría” de los ciudadanos, acusa al PNV de maquillar los presupuestos, de caer “en el dogma de la austeridad a ultranza" y amenaza con una enmiendas a la totalidad cuando se presenten en el Parlamento de Euskadi.
Si los presupuestos del PNV no dan la talla en opinión de todos, menos del PP, los nacionalistas tendrán en el próximo debate parlamentario la ocasión de demostrar si los acuerdos parciales en las Diputaciones y Vitoria son un preámbulo de su habilidad política o si la talla negociadora del lehendakari es, como la de Rajoy, una sombra que se alarga
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miércoles, 27 de marzo de 2013
martes, 20 de noviembre de 2012
Mamporrero
Juan Zubillaga. Bilbao
Toda organización jerárquica genera inevitablemente tipos que se encargan de decir lo que sus jefes piensan pero no dicen para no mancharse. Es lo que popularmente se conoce como mamporreros. Los partidos políticos no suelen escapar de esta fauna.
Jose Ramón Blazquez tiene una dilatada trayectoria en estos menesteres, por otro lado es consultor de comunicación y hay que creer que dada su profesión sabe el valor de las palabras y por tanto el significado que tienen las cosas que dice. Pues la verdad es que no se corta. Esto es lo que decía en un artículo de opinión publicado en el diario Deia el pasado 25 de octubre.
“Supongo que, después de tres años y medio de ignominias y sectarismo antinacionalista, el cuerpo nos pide responder con dureza a los agravios recibidos y poner en marcha la demolición de la herencia del Gobierno López. Sería un error y añadiríamos un daño más al desastre que el trienio españolista ha proporcionado al país. Nos conviene, por responsabilidad, una actitud de serenidad y asumir que el nuevo e ilusionante escenario exige ciertas renuncias y contención, no replicando a aquella revancha con otra revancha opuesta, lo cual no excluye la higiénica clausura de los comederos abiertos por la trama PSE+PP en la administración vasca y también en EITB, sistemáticamente comisariada, ni dejar impunes los quebrantos que se detecten en las arcas públicas tras la pertinente auditoría. Es preciso comprender la naturaleza innovadora y positiva del mensaje electoral de Urkullu, los grandes acuerdos, tan difíciles pero necesarios, que requerirán cierto olvido y generosidad, más de lo que emocionalmente estamos dispuestos a ofrecer.”
Fíjense conmigo en eso de “la higiénica clausura de los comederos abiertos por la trama PSE+PP en la administración vasca y también en EITB”. ¿A qué les suena la frasecita de marras? ¿A Goebbels? ¿Al doctor Mengele? Elijan porque esto es lo que opina alguien que quiere “grandes acuerdos, tan difíciles pero necesarios, que requerirán cierto olvido y generosidad, más de lo que emocionalmente estamos dispuestos a ofrecer.”
martes, 30 de octubre de 2012
Euskadi: sin suelo
Cuando la radio anunció que los seguidores de EH-Bildu habían comenzado a entrar en el polideportivo de La Casilla, en Bilbao, a los más o menos viejos del lugar el estómago se les dio la vuelta, como si aquel taxi que los llevaba hasta el hotel hubiese frenado en seco. Comprendieron de sopetón que muchas cosas habían cambiado en un período de tiempo que parecía corto, el que va desde las manifestaciones de los 1 de mayo beligerantes y de clase con UGT y CC.OO a la cabeza, a esta tarde de cierre de mesas electorales de 2012, poniendo fin a una campaña que el Partido Socialista de Euskadi–Euskadiko Eskerra abría gobernando en Euskadi y con un escenario minimalista en blanco dentro de un hotel, en plena zona residencial de Vitoria–Gasteiz.
La “ocupación” de La Casilla por los candidatos de EB-Bildu, segunda fuerza electoral en resultados y a un paso por primera vez del mayoritario PNV, arrojaba al interior del taxi múltiples preguntas sobre la evolución de la sociedad vasca, el día de las primeras elecciones sin armas a la vista y a un año de lo que nadie llama aún rendición de ETA. Preguntas sobre por qué había calado el mensaje del cambio sobre los modos y contenidos de la política, sobre cómo evitar que ahora la calle se inunde de nuevo del grito euskaldun de “independentzia” a la vez que Mas esconde su fracaso en Catalunya tras un grito similar y el Bloque se divide en Galicia para ascender al viejo y hasta ahora denostado Beiras. Y preguntas, en fin, de por qué los socialistas han olvidado que sufrieron la peor de las persecuciones del terrorismo para luego sólo tímidamente recordar que “yo estaba allí”.
El concepto político de descalabro es como la purga de fierabrás, duele pero se olvida. El descalabro del PSOE del que se habla hoy en Euskadi, donde se quiso gobernar en minoría sobre un escenario político virtual, o en Galicia, donde todo parece condenado a que sólo Paco Vázquez ejerciese real poder en el partido y en las urnas simultáneamente, ese descalabro es probablemente el dato menos relevante, aunque tenga múltiples lecturas sobre la resistencia del PP, la validez de sus política regresivas, las alternativas imposibles….. Lo más significativo de los resultados del 21-N en Euskadi especialmente –el PSdG-PSOE aún anda rematando y esquivando cadáveres políticos desde el mutis por el foro de Emilio P. Touriño- es que se ha demostrado que, después de un tsunami como el vivido con Zapatero, no se construye una casa sobre el agua con los restos del desastre.
Los resultados para el PSE-EE hablan de un “suelo” imposible de adivinar, porque siempre se pensó que Bildu y sus componentes aún no han recibido la absolución de sus pecados como para merecer el triunfo. Hasta que llegó el 15-M, el de las elecciones autonómicas y municipales, y los herederos de Batasuna llegaron a cotas del 25,6% mientras en Moncloa las cabezas más cercanas a Zapatero suponían que obtendrían solo un 10,5% de votos. Aquel presagio y este resultado de hace pocos días les une el mismo desconocimiento.
Metidos en el diagnóstico, ya hay quien dice desde la cabeza del PSE-EE donde Patxi López refugió su candidatura, en Álava, que “se han salvo los muebles”, que “el escenario es diferente al de anteriores elecciones porque la izquierda abertzale cambia los resultados de los demás con su presencia”…. Hubo una izquierda a la izquierda del PSE presente en el Parlamento que ahora se renueva, la participación permanece prácticamente estable respecto de la anterior convocatoria para presidir el Gobierno vasco, y según los datos conocidos, la llamada al voto nulo o la abstención en aquella ocasión por parte del ahora EH-Bildu no tuvo especial eco.
No hay dudas sobre cómo consigue EH-Bildu su resultado electoral, llamativo resultado, en 21-N. Con su propia cantera de votos, los que resta al PNV, que fue el “mal menor“ de muchos y su capacidad de convocatoria, cuasi militar. La pregunta que más duele es cómo consigue el PNV su resultado, que le permite gobernar aun siendo minoría en un país de minorías políticas. Duele porque hay un desvío evidente de votos al PNV desde el PSE-EE y, está por ver, del PP. Y, en todo caso, son esos votantes de entonces los que cubren el magro de la abstención, que, siendo prácticamente igual numéricamente, es muy diferente en cuanto a la tipología de quienes la componen.
Es ahí donde comienza la respuesta a la pregunta sobre cuándo se abandonó La Casilla, sobre si el eco del balance Zapatero es la causa nuevamente o si, como algunos creen, la realidad es inevitable aunque se la retuerza para formar gobiernos de conveniencia histórica. Respuestas sobre la necesidad de hacer coexistir la presencia en las instituciones con la presencia en la calle, junto a los ciudadanos, todos en general y, especialmente, en los lugares de intención de voto más probable. Respuestas, en fin, sobre si tanto análisis sociológico sobre Euskadi no ha advertido que los pueblos olvidan con prontitud y, más aún, a los que gobiernan, solo gobiernan.
Galicia y Euskadi han sido los pioneros en cristalizar una nueva izquierda que gritaba desde el 15-M, con el 15-M, mientras la izquierda tradicional hacía guiños de pana o cuello Mao para acercarse a ella. Una nueva izquierda que ha rentabilizado el impulso identitario, de nuevo, para situarse en o cerca del poder real, y un mensaje social para lo político, lo económico y lo institucional. Un mensaje al que el PSOE no ha podido llegar, achicando agua aún o preparando nuevos salvavidas.
Aquel anochecer en que Rodolfo Ares, como coordinador de la campaña electoral del PSE-EE, advertía de que el adversario no era el Partido Popular sino el Partido Nacionalista Vasco, pocos pensaban que se estaba refiriendo a un crecimiento posible y resultado favorable a costa de la izquierda abertzale, que antes le había prestados votos y escaños en un ejemplo de buena relación familiar. Nadie entendió que hablaba de votos socialistas o que votaron PSE-EE anteriormente. Desde el escalón más alto de la coordinación electoral, ha tenido una visión fácil sobre el movimiento del suelo, el político en general de Euskadi, y especialmente el ahora más que nunca inimaginable nivel donde el voto socialista deja de perderse.
La última pregunta y su respuesta es si Euskadi ha cambiado tanto como para que La Casilla la alquilen otros ahora o si son los conceptos que definieron siempre al socialismo –es tiempo de identidad- los que han perdido fuerza, si no sentido, en tiempos de crisis; si esa lejanía practicada respecto de la sociedad provoca sordera en tornos a conceptos anclados en su historia y que la sociedad repite a gritos: honestidad, cercanía y contundencia.
El arranque de campaña en el barrio gasteitzarra de Armentia fue el toque contra la abstención, cuando aún se era gobierno. Patxi López ha anunciado su deseo de renovar en y desde la secretaría general y ha desmentido a quienes, desde el propio PSE-EE, deslumbrados por la derrota, llegaban a enaltecer la relativa bondad del resultado, el de la mera presencia. Más vale así. Con ese entusiasmo de algunos y en la oposición, el riesgo es el anonimato.
jueves, 17 de mayo de 2012
Algo tiene que cambiar para que todo siga igual
“Algo tiene que cambiar para que todo siga igual”. La frase es de “El Gatopardo”, la astronómica novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa que el director Luchino Visconti tuvo la osadía y el acierto de convertir en película en 1963. La obra se construye a base de los magistrales soliloquios (mediante epigramas como el que abre este texto) de Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina, encarnado en el filme por Burt Lancaster; reflexiones estructuradas, conducidas y aunadas gracias al engrudo de una lucidez tan diabólica como aleccionadora. El personaje, jaque de la rancia nobleza italiana, asiste al cambio social prendido a los vientos de la revolución garibaldina y reflexiona sobre el encaje en ellos de la vieja aristocracia a la que él representa; eran los momentos en que la burguesía se abría camino, marcando los estertores del Antiguo Régimen. La conclusión a la que llega el patricio es que, a la sazón, la lucha de los azulones debía centrarse en lograr que, aunque de forma subrepticia, el sistema siguiera bajo su control. Un control no ejercido de forma directa, sino mediante marionetas de las nuevas clases mercantiles, con las que los jóvenes nobles (encarnados en el filme por el sobrino del tiufado) se apresuraron a unirse mediante ventajosos matrimonios.
Estrategia de mimetismo
¿Y a qué demonios –se preguntará el lector- viene todo esto? Pues viene, porque la reflexión del noble de ficción sirve también como resumen y diagnóstico de la crisis socialdemócrata. Los que nos encuadramos en la familia izquierdista, característica de la democracia occidental, a mi entender, hemos tenido las mismas opciones que una familia de esquimales en Almería, a saber: o tornar el abrigo por unas bermudas, o volvernos cagando leches al Ártico. Lo que no es viable es ir de esquimal en las tórridas colinas sureñas. O bien nuestra ideología o bien el sistema tenían que cambiar. Al final se ha optado por travestirse y aceptar el sistema de derechas como si este formara parte del ADN occidental. Lo que no se ha previsto es lo obvio: que era el sistema el que no funcionaba. El Partido Socialista Obrero Español se ha dotado de las bermudas del liberalismo sólo para ver cómo, con la crisis, ha acabado nevando en el desierto. El chaparrón nos ha pillado disfrazados de neocons y ahí radica nuestra mayor tragedia: no se trata de perder escaños, sino de perder la fe, la vergüenza, la razón de ser. ¿Posibilismo? No, lo que ha tenido la familia socialdemócrata es ceguera. En muchos países europeos, España entre ellos, en vez de frenar el sistema de empacho en masa orquestado por el liberalismo económico, los gobiernos de izquierdas han preferido tirar de las mismas ubres demostrando una visión cobarde y cortoplacista, que, a la postre, lo que ha hecho es abocar a todo Occidente al desastre. De la derecha democristiana no podemos esperar más reacción que la de aceite de ricino, admoniciones maniqueas, populismo xenófobo y rezos periódicos a los santos de la economía. En ellos no habrá reflexión y se aferrarán al sistema como lo hicieron los soviéticos al suyo: y como ellos se hundirán, recalcitrantes como el capitán del Titanic. Porque, si, como se demostró en los 80, el comunismo era inviable, hoy nos damos cuenta de que el liberalismo también lo es. Inviable económica y moralmente y, lo que es peor, insostenible desde un punto de vista ecológico.
Ahora bien, ¿cómo no lo vemos claro desde la izquierda? En algún momento dado, el Orbe entero se derechizó; los estados retrocedieron frente a las multinacionales y los demiurgos de las finanzas jaquearon el sistema operativo. La estrategia socialdemócrata se basó en el mimetismo. Competir con la derecha derechizándose y con los nacionalismos étnicos, remozando el discurso con el invento del vasquismo. ¿Puede un vasco ser vasquista? ¿Puede ser un escocés escocesista? Así solo se logra que hedamos a complejos, a derrota, a descreimiento en nuestra propia forma de ser y sentir. Somos los indios con gorro tejano, los negros que se alisan el pelo y se clarean la piel y los gatitos que aúllan a la luna. No podemos competir con la derecha, sea española o vasca, con su propio discurso y en su propio terreno. Estamos viendo el resultado de semejante estrategia. El público no es idiota. La gente ha procesado que para hacer políticas de derechas será mejor un neocon que un socialista. Lo mismo que para pescar una trucha es mejor una caña que un revólver. Si de ser “más vasco” se trata, mejor los apóstoles de los ocho apellidos y el RH negativo que un vasco vasquista, que se queda en tierra de nadie, bajo las botas de los chicos de la super-raza, sea esta española de Guzmanes o vasca de Ibarretxes. Para visiones miopes del mundo ya está la carcunda de PeNuVeros y PePitos, que agitan los mismos avisperos con distintos colores. Y las cosas no mejoran si, como se ha venido haciendo, se hacen políticas de derechas intentando enmascararlas con gestos vacuos de populismo buenista, que además de ser caros e inútiles, son percibidos por muchos como un insulto a la inteligencia.
Falta de relevo generacional
Explicada la crisis de valores, creo el momento de abordar una circunstancia que, al parecer, ha sido pasada por alto: la falta de relevo generacional, que -según quien esto escribe- es debida al conflicto y la falta de entendimiento entre el poder socialista y las juventudes del electorado. Los antropólogos suelen decir que las revoluciones y los grandes cambios funcionan si se consigue convencer a los jóvenes de entre 20 y 35 años de que tal evolución es necesaria.
Así pasó en la Transición, cuando un movimiento liderado y sustentado por jóvenes se comprometió con un cambio necesario. Lo malo es que esa misma generación sigue en el poder. No han sabido o no han querido dejar el espacio a las nuevas generaciones. Y esto tiene su efecto, como se ha visto en los movimientos del 15-M. No cabe duda de que muchos jóvenes –la mayoría de izquierdas- dejaron de percibir a la cúpula de la socialdemocracia como representantes de sus valores. En aquel momento se fraguó un cambio que, no nos engañemos, afectó a las izquierdas y no a las derechas. Las acampadas de Sol, con un Zapatero todavía en el poder, evidenciaron la falta de conexión entre una troika envejecida y acomodada (sin importar su papel, su trabajo o el merecimiento de este acomodo) y la juventud española de izquierdas; y esto es una mala noticia si de cambiar algo se trata.
Todos sabemos –excepciones gloriosas a parte-, por lógica puñetera, que un joven sin trabajo ni propiedades, tiene más energía y menos miedo al cambio que un madurón con dos casas y dos coches, además de un trabajo que le roba casi todas las horas del día. No se trata de juzgar a las generaciones, cada una tiene su papel. Mucho menos a los individuos. Pero es un hecho evidente que, a día de hoy, la socialdemocracia en general y el PSOE en concreto, no han sabido sustentar un movimiento joven sino todo lo contrario: se enrocan en un liderazgo, ejercido masivamente (no en un caso concreto, lo que sería normal) por generaciones que ya no contactan con los nuevos tiempos representados por la juventud. Y el problema no es fácil de solucionar. Porque, si los venerables se creen imprescindibles, los alevines se han acomplejado y no se ven capaces (ni les interesa) de participar en política. La pescadilla, una vez más, se muerde la cola. Y así nos luce el pelo.
La crisis vista como oportunidad
Decía Jordi Pigem, doctor en Filosofía y autor del libro Buena crisis. Hacia un mundo posmaterialista: "Parto del término médico de crisis, que no es otra cosa que el momento crítico en el que una enfermedad empeora o mejora. La crisis puede ser una oportunidad de sanación". "Ahora toca cambio –añade-, y eso atañe a nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Ni el egoísmo ni la codicia funcionan. La tendencia que está creciendo con más rapidez en estos momentos es la de la generosidad, se manifiesta en la banca ética, en la cantidad de ONG que funcionan en el mundo, en el comercio justo, en redes sociales preocupadas por compartir... Y todo se articula dentro de una visión del mundo en el que las personas no estamos por encima de la naturaleza. No se puede volver a donde estábamos porque no es sostenible".
Lo que viene a decir que vamos a cambiar nos guste o no, gracias al sistema más viejo y efectivo: a base de palos. La derecha también va a cambiar, pero, dada su proverbial incapacidad de mutación, lo hará cuando hayamos cruzado la línea de no retorno. Por eso, la izquierda es más necesaria que nunca. ¿Está en crisis la izquierda porque ya no tiene cabida? Nunca ha sido más necesaria. Sólo la izquierda puede frenar el suicidio obsceno y colectivo al que está abocada la humanidad. Sólo la izquierda puede liderar el movimiento verde, la integración intercultural, la ruta hacia una recuperación del papel de los Estados frente a los bancos.
En el caso concreto del partido socialista, creo que la pérdida del poder no sólo no es una mala noticia, sino que es la única posibilidad que nos queda de encontrar nuestro papel. Me comentó una vez un cubano que trabajaba en una granja de cocodrilos, que, para que estos no atacaran durante una exhibición ante turistas, había que tenerlos bien cebados. Empachados perdían toda voluntad de acción. Lo mismo se puede achacar al PSOE. Por eso creo que es una buena noticia que estemos otra vez en la calle, en el asfalto, con el populacho. Que es donde el socialismo siempre se ha sentido cómodo. Estamos en el bosque y somos lobos, aunque, eso sí, necesitaremos un tiempo para perder los michelines que la domesticación nos ha generado. Porque tenemos dos opciones. O nos tumbamos y morimos de inanición, o nos ponemos las pilas y nos vamos de caza.
Recuperar la juventud, recuperar la calle
Las crisis, decíamos, pueden ser oportunidades. Son termómetros que miden el nivel de fiebre del paciente. Con la crisis empezarán las reacciones de una ciudadanía poco proclive a al movimiento mientras la vaca da leche. Pero como ya no es el caso, la indignación, el sufrimiento y la desesperación van a menudear en nuestras calles. Y allí tendrá que estar el Partido Socialista. Porque hemos perdido las calles, que es de donde nunca debimos salir. Incluso los nazis (y la izquierda abertzale) lo entendieron. Los primeros repartían pan y daban esperanza a los alemanes en el durísimo periodo de entreguerras; el pueblo los vio como salvadores y subieron como la espuma. Los bildutarras siempre han trabajado sobre la juventud y ahora amenazan a un aburguesado y fofo PNV al que le está pasando lo mismo que a la familia socialista.
Por eso digo: estemos ahí, en la calle. Asesorando, escuchando y apoyando; a las personas que se queden sin casa, a los obreros en paro, a los ancianos, a los inmigrantes en estado de indefensión. Engrosemos (esto no puede esperar) el aparato y el activismo de las juventudes. Preparemos actos continuos y visibles y que la ciudadanía sepa que estamos ahí. Lideremos (no se trata de ya de gestos de cara a la galería) el moviendo verde y las políticas de sostenibilidad. Montemos saraos culturales, habilitemos espacios para los artistas, llevemos gente a todos los ámbitos de preocupación ciudadana. Ayudemos a la sociedad, no con dinero, sino con trabajo, ilusión y presencia. Acompañemos a la gente, sostengámosla. Ahora podemos, porque, perdido el poder, estamos otra vez en la calle. Ahora debemos porque se nos necesita; porque es nuestra obligación y porque, si no actuamos, lo harán otros y las alternativas -Bildu, el Frente Nacional de Marine Le Pen, etc.-, ya sabemos qué quieren y a dónde nos llevan. Ahora es el momento de que algo cambie para que todo siga igual, para que el socialismo recupere su papel. Ahora o nunca.
Escrito por Domingo Escandela
Estrategia de mimetismo
¿Y a qué demonios –se preguntará el lector- viene todo esto? Pues viene, porque la reflexión del noble de ficción sirve también como resumen y diagnóstico de la crisis socialdemócrata. Los que nos encuadramos en la familia izquierdista, característica de la democracia occidental, a mi entender, hemos tenido las mismas opciones que una familia de esquimales en Almería, a saber: o tornar el abrigo por unas bermudas, o volvernos cagando leches al Ártico. Lo que no es viable es ir de esquimal en las tórridas colinas sureñas. O bien nuestra ideología o bien el sistema tenían que cambiar. Al final se ha optado por travestirse y aceptar el sistema de derechas como si este formara parte del ADN occidental. Lo que no se ha previsto es lo obvio: que era el sistema el que no funcionaba. El Partido Socialista Obrero Español se ha dotado de las bermudas del liberalismo sólo para ver cómo, con la crisis, ha acabado nevando en el desierto. El chaparrón nos ha pillado disfrazados de neocons y ahí radica nuestra mayor tragedia: no se trata de perder escaños, sino de perder la fe, la vergüenza, la razón de ser. ¿Posibilismo? No, lo que ha tenido la familia socialdemócrata es ceguera. En muchos países europeos, España entre ellos, en vez de frenar el sistema de empacho en masa orquestado por el liberalismo económico, los gobiernos de izquierdas han preferido tirar de las mismas ubres demostrando una visión cobarde y cortoplacista, que, a la postre, lo que ha hecho es abocar a todo Occidente al desastre. De la derecha democristiana no podemos esperar más reacción que la de aceite de ricino, admoniciones maniqueas, populismo xenófobo y rezos periódicos a los santos de la economía. En ellos no habrá reflexión y se aferrarán al sistema como lo hicieron los soviéticos al suyo: y como ellos se hundirán, recalcitrantes como el capitán del Titanic. Porque, si, como se demostró en los 80, el comunismo era inviable, hoy nos damos cuenta de que el liberalismo también lo es. Inviable económica y moralmente y, lo que es peor, insostenible desde un punto de vista ecológico.
Ahora bien, ¿cómo no lo vemos claro desde la izquierda? En algún momento dado, el Orbe entero se derechizó; los estados retrocedieron frente a las multinacionales y los demiurgos de las finanzas jaquearon el sistema operativo. La estrategia socialdemócrata se basó en el mimetismo. Competir con la derecha derechizándose y con los nacionalismos étnicos, remozando el discurso con el invento del vasquismo. ¿Puede un vasco ser vasquista? ¿Puede ser un escocés escocesista? Así solo se logra que hedamos a complejos, a derrota, a descreimiento en nuestra propia forma de ser y sentir. Somos los indios con gorro tejano, los negros que se alisan el pelo y se clarean la piel y los gatitos que aúllan a la luna. No podemos competir con la derecha, sea española o vasca, con su propio discurso y en su propio terreno. Estamos viendo el resultado de semejante estrategia. El público no es idiota. La gente ha procesado que para hacer políticas de derechas será mejor un neocon que un socialista. Lo mismo que para pescar una trucha es mejor una caña que un revólver. Si de ser “más vasco” se trata, mejor los apóstoles de los ocho apellidos y el RH negativo que un vasco vasquista, que se queda en tierra de nadie, bajo las botas de los chicos de la super-raza, sea esta española de Guzmanes o vasca de Ibarretxes. Para visiones miopes del mundo ya está la carcunda de PeNuVeros y PePitos, que agitan los mismos avisperos con distintos colores. Y las cosas no mejoran si, como se ha venido haciendo, se hacen políticas de derechas intentando enmascararlas con gestos vacuos de populismo buenista, que además de ser caros e inútiles, son percibidos por muchos como un insulto a la inteligencia.
Falta de relevo generacional
Explicada la crisis de valores, creo el momento de abordar una circunstancia que, al parecer, ha sido pasada por alto: la falta de relevo generacional, que -según quien esto escribe- es debida al conflicto y la falta de entendimiento entre el poder socialista y las juventudes del electorado. Los antropólogos suelen decir que las revoluciones y los grandes cambios funcionan si se consigue convencer a los jóvenes de entre 20 y 35 años de que tal evolución es necesaria.
Así pasó en la Transición, cuando un movimiento liderado y sustentado por jóvenes se comprometió con un cambio necesario. Lo malo es que esa misma generación sigue en el poder. No han sabido o no han querido dejar el espacio a las nuevas generaciones. Y esto tiene su efecto, como se ha visto en los movimientos del 15-M. No cabe duda de que muchos jóvenes –la mayoría de izquierdas- dejaron de percibir a la cúpula de la socialdemocracia como representantes de sus valores. En aquel momento se fraguó un cambio que, no nos engañemos, afectó a las izquierdas y no a las derechas. Las acampadas de Sol, con un Zapatero todavía en el poder, evidenciaron la falta de conexión entre una troika envejecida y acomodada (sin importar su papel, su trabajo o el merecimiento de este acomodo) y la juventud española de izquierdas; y esto es una mala noticia si de cambiar algo se trata.
Todos sabemos –excepciones gloriosas a parte-, por lógica puñetera, que un joven sin trabajo ni propiedades, tiene más energía y menos miedo al cambio que un madurón con dos casas y dos coches, además de un trabajo que le roba casi todas las horas del día. No se trata de juzgar a las generaciones, cada una tiene su papel. Mucho menos a los individuos. Pero es un hecho evidente que, a día de hoy, la socialdemocracia en general y el PSOE en concreto, no han sabido sustentar un movimiento joven sino todo lo contrario: se enrocan en un liderazgo, ejercido masivamente (no en un caso concreto, lo que sería normal) por generaciones que ya no contactan con los nuevos tiempos representados por la juventud. Y el problema no es fácil de solucionar. Porque, si los venerables se creen imprescindibles, los alevines se han acomplejado y no se ven capaces (ni les interesa) de participar en política. La pescadilla, una vez más, se muerde la cola. Y así nos luce el pelo.
La crisis vista como oportunidad
Decía Jordi Pigem, doctor en Filosofía y autor del libro Buena crisis. Hacia un mundo posmaterialista: "Parto del término médico de crisis, que no es otra cosa que el momento crítico en el que una enfermedad empeora o mejora. La crisis puede ser una oportunidad de sanación". "Ahora toca cambio –añade-, y eso atañe a nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Ni el egoísmo ni la codicia funcionan. La tendencia que está creciendo con más rapidez en estos momentos es la de la generosidad, se manifiesta en la banca ética, en la cantidad de ONG que funcionan en el mundo, en el comercio justo, en redes sociales preocupadas por compartir... Y todo se articula dentro de una visión del mundo en el que las personas no estamos por encima de la naturaleza. No se puede volver a donde estábamos porque no es sostenible".
Lo que viene a decir que vamos a cambiar nos guste o no, gracias al sistema más viejo y efectivo: a base de palos. La derecha también va a cambiar, pero, dada su proverbial incapacidad de mutación, lo hará cuando hayamos cruzado la línea de no retorno. Por eso, la izquierda es más necesaria que nunca. ¿Está en crisis la izquierda porque ya no tiene cabida? Nunca ha sido más necesaria. Sólo la izquierda puede frenar el suicidio obsceno y colectivo al que está abocada la humanidad. Sólo la izquierda puede liderar el movimiento verde, la integración intercultural, la ruta hacia una recuperación del papel de los Estados frente a los bancos.
En el caso concreto del partido socialista, creo que la pérdida del poder no sólo no es una mala noticia, sino que es la única posibilidad que nos queda de encontrar nuestro papel. Me comentó una vez un cubano que trabajaba en una granja de cocodrilos, que, para que estos no atacaran durante una exhibición ante turistas, había que tenerlos bien cebados. Empachados perdían toda voluntad de acción. Lo mismo se puede achacar al PSOE. Por eso creo que es una buena noticia que estemos otra vez en la calle, en el asfalto, con el populacho. Que es donde el socialismo siempre se ha sentido cómodo. Estamos en el bosque y somos lobos, aunque, eso sí, necesitaremos un tiempo para perder los michelines que la domesticación nos ha generado. Porque tenemos dos opciones. O nos tumbamos y morimos de inanición, o nos ponemos las pilas y nos vamos de caza.
Recuperar la juventud, recuperar la calle
Las crisis, decíamos, pueden ser oportunidades. Son termómetros que miden el nivel de fiebre del paciente. Con la crisis empezarán las reacciones de una ciudadanía poco proclive a al movimiento mientras la vaca da leche. Pero como ya no es el caso, la indignación, el sufrimiento y la desesperación van a menudear en nuestras calles. Y allí tendrá que estar el Partido Socialista. Porque hemos perdido las calles, que es de donde nunca debimos salir. Incluso los nazis (y la izquierda abertzale) lo entendieron. Los primeros repartían pan y daban esperanza a los alemanes en el durísimo periodo de entreguerras; el pueblo los vio como salvadores y subieron como la espuma. Los bildutarras siempre han trabajado sobre la juventud y ahora amenazan a un aburguesado y fofo PNV al que le está pasando lo mismo que a la familia socialista.
Por eso digo: estemos ahí, en la calle. Asesorando, escuchando y apoyando; a las personas que se queden sin casa, a los obreros en paro, a los ancianos, a los inmigrantes en estado de indefensión. Engrosemos (esto no puede esperar) el aparato y el activismo de las juventudes. Preparemos actos continuos y visibles y que la ciudadanía sepa que estamos ahí. Lideremos (no se trata de ya de gestos de cara a la galería) el moviendo verde y las políticas de sostenibilidad. Montemos saraos culturales, habilitemos espacios para los artistas, llevemos gente a todos los ámbitos de preocupación ciudadana. Ayudemos a la sociedad, no con dinero, sino con trabajo, ilusión y presencia. Acompañemos a la gente, sostengámosla. Ahora podemos, porque, perdido el poder, estamos otra vez en la calle. Ahora debemos porque se nos necesita; porque es nuestra obligación y porque, si no actuamos, lo harán otros y las alternativas -Bildu, el Frente Nacional de Marine Le Pen, etc.-, ya sabemos qué quieren y a dónde nos llevan. Ahora es el momento de que algo cambie para que todo siga igual, para que el socialismo recupere su papel. Ahora o nunca.
Escrito por Domingo Escandela
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