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viernes, 17 de mayo de 2013

Año II después de Elorza

Denis Itxaso. Donostia. @DenisItxaso

Este próximo 22 de mayo de cumplirán dos años desde que Bildu ganó las elecciones municipales en San Sebastián. Un par de semanas más tarde vendría la elección del Alcalde Izagirre porque, además de ser el más votado, el PNV no quiso entrar a acuerdos que prolongaran la alcaldía socialista. Pero hoy, que atravesamos el ecuador de la Legislatura, ya se vislumbra que este periodo arrojará una mediocre cuenta de resultados.

Yendo de lo general a lo particular, comenzaría por reflexionar sobre la pérdida de influencia de una ciudad que había trabajado, en las dos últimas décadas, por ocupar un lugar en eso que llamamos mercado de las ciudades intermedias, que compiten entre sí a nivel europeo por atraer talento, por generar valor añadido en sectores económicos sostenibles y emergentes, por elevar la calidad de vida, y por enriquecerse culturalmente. Donostia había logrado dejar atrás un cierto aire nostálgico y, con muchas lagunas aún y no pocas contradicciones, afrontar una serie de retos que quizás por tamaño no le habría tocado emprender. Retos de carácter urbanístico para dar respuesta a un lacerante problema de acceso a la vivienda y la exorbitante carestía del suelo; retos de carácter cultural como el de contribuir a una ciudadanía crítica y activa en la defensa de los Derechos Humanos y la convivencia; retos de cariz económico fortaleciendo estratégicamente la vocación innovadora en cuatro de las áreas del conocimiento con mayor futuro como son la biotecnología, las TICs, las nanotecnologías y las neurociencias, así como impulsando la personalidad turística y de servicios de la ciudad.

También se habían encarado retos de carácter intangible como lo son las múltiples redes internacionales que tejió San Sebastián con el objeto de situar a la ciudad en el concierto de ciudades con tres o cuatro señuelos de prestigio como la Cultura, la sostenibilidad urbana, la gastronomía y la educación en valores. Y es que nada de todo esto se pudo llevar a cabo si no hubiese existido una estrategia bien planificada y una inquebrantable voluntad política de sus ciudadanos, colectivos e instituciones. En este contexto, he de reivindicar la labor del Alcalde Elorza y de sus distintos gobiernos municipales, en los que el PSE-EE contó con muy diversos socios, desde el PP hasta Aralar y Alternatiba, pasando por EA y PNV.

La perspectiva que otorga la distancia y el contraste con estos dos años de Legislatura de la izquierda abertzale en el poder, bastan para comprobar que toda aquella energía está huérfana de empuje institucional, y que son emprendedores y activistas de todo pelo los que se afanan en medio de una exasperante soledad en mantener el rumbo como pueden. La mayor crisis económica y social que se recuerda en décadas azota con fuerza, y es cuando más se requiere capacidad de escucha y de reacción por parte de quienes tienen la encomienda de liderar, de inspirar, de guiar o al menos de apuntar la dirección correcta a seguir. Y las políticas reales de estímulo económico y protección social apenas han experimentado novedad alguna. Hay, huelga decirlo, mucha tarea que hacer.

Que la estación de autobuses aún sea motivo de debate e incertidumbre; que de Tabakalera sólo conozcamos el hormigón con el que se está rehabilitando y poco o nada sobre su programa cultural; que la conversión del viejo Topo en Metro de Donostialdea regrese al baúl de los recuerdos; que inversiones como la Pasarela de Monpás y el Hotel de Hydra sean despreciados; que la gestión integral de los residuos urbanos se convierta en un agujero negro; que el proyecto de capitalidad apenas tenga visibilidad social y las dinámicas de participación se hayan reducido a la mínima expresión… todo ello es sólo un síntoma de la parálisis en que está sumido el Gobierno Municipal.

Una ciudad nunca se termina, es un proceso. Proceso vital para quienes lo habitan y procesos de incontables sumas de valor en términos colectivos. Pero el letargo en el que nos hallamos, el abrumador silencio estratégico, la recurrente mirada introspectiva y la permanente autoafirmación identitaria nos alejan del cosmopolitismo que un día perseguimos, quizás de forma pretenciosa, pero saludable en todo caso. El afán ruralizante reduce nuestras inquietudes culturales frente a una visión abierta de lo propio y de lo ajeno, que primó en esta ciudad en los últimos años.

Resulta doloroso reconocerlo, pero, a la vista de la situación política, la ciudad tendrá que padecer este lamentable estado de cosas aún dos años más, lo que puede hacer sentir a mucha gente que, en efecto, en la política actual prevalecen demasiados intereses partidistas sobre la defensa común de modelos compartidos que han demostrado su eficacia en el desarrollo de la ciudad. De modo que cabe apelar al esfuerzo de todos para que el daño no se torne irreparable, y para que, ojalá, esta etapa se recuerde en el futuro como un oscuro paréntesis del que extrajimos alguna que otra lección.

martes, 30 de octubre de 2012

Euskadi: sin suelo

Por Aurelio Romero. Vitoria-Gasteiz

Cuando la radio anunció que los seguidores de EH-Bildu habían comenzado a entrar en el polideportivo de La Casilla, en Bilbao, a los más o menos viejos del lugar el estómago se les dio la vuelta, como si aquel taxi que los llevaba hasta el hotel hubiese frenado en seco. Comprendieron de sopetón que muchas cosas habían cambiado en un período de tiempo que parecía corto, el que va desde las manifestaciones de los 1 de mayo beligerantes y de clase con UGT y CC.OO a la cabeza, a esta tarde de cierre de mesas electorales de 2012, poniendo fin a una campaña que el Partido Socialista de Euskadi–Euskadiko Eskerra abría gobernando en Euskadi y con un escenario minimalista en blanco dentro de un hotel, en plena zona residencial de Vitoria–Gasteiz.

La “ocupación” de La Casilla por los candidatos de EB-Bildu, segunda fuerza electoral en resultados y a un paso por primera vez del mayoritario PNV, arrojaba al interior del taxi múltiples preguntas sobre la evolución de la sociedad vasca, el día de las primeras elecciones sin armas a la vista y a un año de lo que nadie llama aún rendición de ETA. Preguntas sobre por qué había calado el mensaje del cambio sobre los modos y contenidos de la política, sobre cómo evitar que ahora la calle se inunde de nuevo del grito euskaldun de “independentzia” a la vez que Mas esconde su fracaso en Catalunya tras un grito similar y el Bloque se divide en Galicia para ascender al viejo y hasta ahora denostado Beiras. Y preguntas, en fin, de por qué los socialistas han olvidado que sufrieron la peor de las persecuciones del terrorismo para luego sólo tímidamente recordar que “yo estaba allí”.

El concepto político de descalabro es como la purga de fierabrás, duele pero se olvida. El descalabro del PSOE del que se habla hoy en Euskadi, donde se quiso gobernar en minoría sobre un escenario político virtual, o en Galicia, donde todo parece condenado a que sólo Paco Vázquez ejerciese real poder en el partido y en las urnas simultáneamente, ese descalabro es probablemente el dato menos relevante, aunque tenga múltiples lecturas sobre la resistencia del PP, la validez de sus política regresivas, las alternativas imposibles….. Lo más significativo de los resultados del 21-N en Euskadi especialmente –el PSdG-PSOE aún anda rematando y esquivando cadáveres políticos desde el mutis por el foro de Emilio P. Touriño- es que se ha demostrado que, después de un tsunami como el vivido con Zapatero, no se construye una casa sobre el agua con los restos del desastre.

Los resultados para el PSE-EE hablan de un “suelo” imposible de adivinar, porque siempre se pensó que Bildu y sus componentes aún no han recibido la absolución de sus pecados como para merecer el triunfo. Hasta que llegó el 15-M, el de las elecciones autonómicas y municipales, y los herederos de Batasuna llegaron a cotas del 25,6% mientras en Moncloa las cabezas más cercanas a Zapatero suponían que obtendrían solo un 10,5% de votos. Aquel presagio y este resultado de hace pocos días les une el mismo desconocimiento.

Metidos en el diagnóstico, ya hay quien dice desde la cabeza del PSE-EE donde Patxi López refugió su candidatura, en Álava, que “se han salvo los muebles”, que “el escenario es diferente al de anteriores elecciones porque la izquierda abertzale cambia los resultados de los demás con su presencia”…. Hubo una izquierda a la izquierda del PSE presente en el Parlamento que ahora se renueva, la participación permanece prácticamente estable respecto de la anterior convocatoria para presidir el Gobierno vasco, y según los datos conocidos, la llamada al voto nulo o la abstención en aquella ocasión por parte del ahora EH-Bildu no tuvo especial eco.

No hay dudas sobre cómo consigue EH-Bildu su resultado electoral, llamativo resultado, en 21-N. Con su propia cantera de votos, los que resta al PNV, que fue el “mal menor“ de muchos y su capacidad de convocatoria, cuasi militar. La pregunta que más duele es cómo consigue el PNV su resultado, que le permite gobernar aun siendo minoría en un país de minorías políticas. Duele porque hay un desvío evidente de votos al PNV desde el PSE-EE y, está por ver, del PP. Y, en todo caso, son esos votantes de entonces los que cubren el magro de la abstención, que, siendo prácticamente igual numéricamente, es muy diferente en cuanto a la tipología de quienes la componen.

Es ahí donde comienza la respuesta a la pregunta sobre cuándo se abandonó La Casilla, sobre si el eco del balance Zapatero es la causa nuevamente o si, como algunos creen, la realidad es inevitable aunque se la retuerza para formar gobiernos de conveniencia histórica. Respuestas sobre la necesidad de hacer coexistir la presencia en las instituciones con la presencia en la calle, junto a los ciudadanos, todos en general y, especialmente, en los lugares de intención de voto más probable. Respuestas, en fin, sobre si tanto análisis sociológico sobre Euskadi no ha advertido que los pueblos olvidan con prontitud y, más aún, a los que gobiernan, solo gobiernan.

Galicia y Euskadi han sido los pioneros en cristalizar una nueva izquierda que gritaba desde el 15-M, con el 15-M, mientras la izquierda tradicional hacía guiños de pana o cuello Mao para acercarse a ella. Una nueva izquierda que ha rentabilizado el impulso identitario, de nuevo, para situarse en o cerca del poder real, y un mensaje social para lo político, lo económico y lo institucional. Un mensaje al que el PSOE no ha podido llegar, achicando agua aún o preparando nuevos salvavidas.

Aquel anochecer en que Rodolfo Ares, como coordinador de la campaña electoral del PSE-EE, advertía de que el adversario no era el Partido Popular sino el Partido Nacionalista Vasco, pocos pensaban que se estaba refiriendo a un crecimiento posible y resultado favorable a costa de la izquierda abertzale, que antes le había prestados votos y escaños en un ejemplo de buena relación familiar. Nadie entendió que hablaba de votos socialistas o que votaron PSE-EE anteriormente. Desde el escalón más alto de la coordinación electoral, ha tenido una visión fácil sobre el movimiento del suelo, el político en general de Euskadi, y especialmente el ahora más que nunca inimaginable nivel donde el voto socialista deja de perderse.

La última pregunta y su respuesta es si Euskadi ha cambiado tanto como para que La Casilla la alquilen otros ahora o si son los conceptos que definieron siempre al socialismo –es tiempo de identidad- los que han perdido fuerza, si no sentido, en tiempos de crisis; si esa lejanía practicada respecto de la sociedad provoca sordera en tornos a conceptos anclados en su historia y que la sociedad repite a gritos: honestidad, cercanía y contundencia.

El arranque de campaña en el barrio gasteitzarra de Armentia fue el toque contra la abstención, cuando aún se era gobierno. Patxi López ha anunciado su deseo de renovar en y desde la secretaría general y ha desmentido a quienes, desde el propio PSE-EE, deslumbrados por la derrota, llegaban a enaltecer la relativa bondad del resultado, el de la mera presencia. Más vale así. Con ese entusiasmo de algunos y en la oposición, el riesgo es el anonimato.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Ezkerretik ekintza orain

Domingo Escandela. Vitoria-Gasteiz.


Se acabó el tiempo; ya no se trata de mejorar, ahora es una mera cuestión de supervivencia. Ya no se trata de cambiar cosas, ese tiempo pasó. Es momento de refundarse, así de seria es la situación. En esta batalla los socialistas hemos puesto casi todos los cadáveres, pero, inopinadamente, nuestros muertos parlotean, andan, y –como en el “Apocalipsis Z” de Loureiro-, devoran a todo ser vivo y pensante de nuestras propias filas. Ahora, desde la Secretaría Seneral, hablan de “cambiar y reflexionar” aunque descartan extender el cambio a las personas. Pero sabemos que esto no es posible; un equipo desacreditado, que ha perdido la confianza de la sociedad, no puede remontar el vuelo sino que cae en barrena con el suelo como único tope. Pero hay otro camino: el de renovar el grueso del grupo. Cambiar de nombre, de logo, de caras y de estrategia. Cambiar de rumbo, refundarse, vaya.

El Partido Socialista Obrero Español está desfasado. No ha sabido adaptarse a los tiempos: Es un mamut en un desierto. Ha soslayado todos los fenómenos recientes, como si la vieja mentalidad de la Transición fuera una panacea de bondades eternas. Pero no es así. En parte, este es el problema: la sacralización de una generación que se cree imprescindible; que piensa que los éxitos pasados –que nadie niega- la facultan para ocupar la poltrona del poder a perpetuidad.

El plan frente a la crisis fue rescatar las viejas fórmulas, y a los veteranos de pasadas guerras, que, en su tiempo, fueron gente solvente y bregada; Lo grave es que este aparatik gerontocrático no conecta con el electorado más joven e indignado, que es, además, el más afectado por el tsunami económico. Ni comprende la deriva emprendida por ciertas regiones entre las que se encuentra el País Vasco. Ni ha sabido abrirse a las nuevas culturas propias de las sociedades modernas.

No pretendo que esta breve catilinaria se convierta en un raca raca desprovisto de propuestas. Tampoco arreglar el PSOE o, menos aún, el conjunto de la socialdemocracia. Pero sí emitiré un breve juicio en torno al PSE, a tenor de los resultados de las últimas elecciones. Los resultados, en este caso, no son malos, SON DEVASTADORES. Tanto es así que se puede afirmar que el PSE podría desaparecer en un par de legislaturas en favor de otras propuestas de izquierdas. Las razones de este descalabro, según mi juicio, son las siguientes:
1. La alianza con un PP anquilosado y obsesionado por agitar el fantasma de ETA hizo sentirse traicionado a gran parte del electorado. En Euskadi son las alianzas transversales las que son premiadas por el electorado (al PNV de Ibarretxe le pasó lo mismo).
2. Incapacidad para obtener réditos del magnífico papel desplegado en la pacificación de Euskadi. Ha sido BILDU quien ha aparecido frente a la opinión pública como el gran hacedor de la paz.
Incapacidad y falta de voluntad para comprender o conectar con el movimiento indignado, mayoritariamente de izquierdas. BILDU ha sido la única formación vasca en hacer suyos algunos de los postulados de este movimiento.
3. Pérdida de identidad, por dos motivos: práctica de una política económica de derechas, aunada con un abandono de la calle por motivos del conflicto vasco. Un partido obrero poco activista a pie de calle y sin un aparto de juventudes fuerte, es un difunto que camina por mero impulso.
4. Ineficacia a la hora de liderar (o hacer valer el liderazgo) las expresiones populares de potenciación y apoyo al euskera y la cultura vasca.
5. Dependencia del Gobierno central. Este es un punto fundamental, porque en muchas ocasiones, las acciones del PSE se han contradicho con lo ordenado por el Gobierno de Madrid o por la Secretaría General del Partido; esto crea una cierta sensación de falta de independencia, de vasallaje y, por ende, de incapacidad de “defender lo de aquí” con el tesón suficiente. Esto en el País Vasco, sobre todo en tiempos de crisis, es un torpedo en la línea de flotación. Es necesaria una cierta distancia, una mayor independencia, como UPN respecto al PP en el caso navarro. Algo que se vería como una evolución natural si se optara, en vista de la nueva evolución soberanista, por un desarrollo autonómico o la instauración de un estado federal.
6. El PSOE es un partido político antiguo y. como tal, tiene un historial largo, no exento de escándalos, corrupción, GAL, etc. Va con “mochila”, cosa que no ocurre, por ejemplo con UPD o con BILDU. Se trata de partidos con personas que sí tienen trayectorias políticas (en el caso de la izquierda abertzale, muy controvertidas, con apoyo a asesinatos, etc.) pero que han sabido mostrarse como partidos noveles y por lo tanto, limpios. Como solución, volvemos al punto anterior: cambio de nombre, distancia y mayor independencia respecto al PSOE, cambio de las caras actuales por rostros más jóvenes, con más cantidad de euskaldunes, etc.
7. Falta de juventud. Basta con ver las listas actuales para constatar que la edad media de los parlamentarios socialistas es muy alta. Es cierto que la edad no es un valor definitivo, pero la imagen envejecida no es la óptima para un partido de izquierdas. Una vez más, BILDU nos gana por goleada en esta imagen de juventud en movimiento.
8. Mentalidad de búnker o de trincheras. Como partido constitucionalista en el País Vasco, el PSE se ha visto obligado, por motivos bélicos, a retroceder, a encerrarse. Al mismo tiempo ha ejercido políticas no siempre acorde con lo que, sin duda, hubiera hecho en caso de paz o normalización social. Los nuevos tiempos obligan a emprender políticas aperturistas y de acercamiento a todos los sectores poblacionales.
9. Falta de implicación y liderazgo en las políticas verdes.
10. Falta de inclusión de inmigrantes en el aparato del partido; en Francia la mayoría de inmigrantes vota a los socialistas y su presencia se nota en las filas de la organización. El PSE no ha sabido incluir a los nuevos vascos en su aparato.
11. Incapacidad para luchar contra la crisis desde la calle; esto entronca con el problema de abandono por motivos bélicos de numerosas plataformas de participación social. Una crisis es un mar propicio para la Armada socialista; los socialistas deberían estar con los desahuciados, y con los parados, y deberían dejarse ver en los comedores sociales, en las empresas y en los barrios de inmigrantes…Los socialistas deben acompañar, asesorar, dar esperanza y participar más cuanto más crítica y depauperada es la situación; sin embargo, la dirección del partido ha renunciado a todo lo que no sean medidas de Gobierno, desde los sofás. Pero estas, aunque fundamentales, no son ni deben ser los únicos cauces de participación social.
12. El PSE debe organizar, dinamizar y fortalecer un aparato juvenil fuerte y activista, que organice saraos culturales, marchas montañeras, expresiones artísticas, presentaciones, etc.
13. Estructura personalista e incluso caciquil. La estructura y el funcionamiento interno del partido impiden toda renovación y/o reflexión; se trata de una organización personalista que promueve los estómagos agradecidos y el inmovilismo e impide el ejercicio de la democracia interna. Es fundamental una apertura y una democratización de la estructura del partido, ya con listas abiertas, ya con la búsqueda de un modelo moderno, transparente y de rotación del liderazgo, sobre todo después de que, como ha ocurrido, se produzca un revés (descalabro sería una palabra más acertada) electoral. Esto es algo evidente. La gente se da cuenta de esto. Hay muchos simpatizantes y militantes hartos y que, conscientes de esta situación, han decidido optar por otras opciones o por abstenerse y no ejercer su derecho a voto.

Por todo esto, creo que es el momento de refundar el PSE; lo mejor sería, por supuesto, mediante un consenso entre todos. Las fracturas pueden redundar en un suicidio colectivo porque proyectan una imagen de desunión e inseguridad en el electorado (y porque se dividen los simpatizantes y por ende los votos). Lo sucedido entre Ezker Anitza y Ezker Batua es un ejemplo claro de lo que expongo; primero apoyaron la política democristiana del PNV lo que desorientó al electorado de izquierdas, y después, tras el inevitable descalabro, se dividieron, lo que supuso la puntilla final. El PSE debe transformarse profundamente y debe hacerlo, contra viento y marea, unido. Pero es imprescindible que los líderes actuales cambien radicalmente de actitud; que escuchen, y tomen nota de lo que todos/as tenemos que decir. Que se comporten con la valentía que requieren unos tiempos en los que nos jugamos la supervivencia del Partido. Las generaciones salientes, derrotadas en las elecciones, sin embrago merecen todo nuestro respeto. Han mantenido a flote el partido en épocas de gran dureza y sufrimiento. Pero los tiempos han cambiado y ellos no. Si el cambio no se produce, y continúa la misma política arcaizante e inmovilista de la dirección, la fractura será inevitable y todos los vascos perderemos en el proceso.

Así que animo a los vascos y vascas socialistas a cambiar de rumbo y hacerlo desde la juventud. ¡Aupa Mutilak! ¡Ezkerretik ekintza orain!

lunes, 16 de julio de 2012

El futuro vasco y el exceso de principios del PP

Juan Carlos Alonso. Vitoria-Gasteiz.


En realidad no me molesta que el Partido Popular mienta. Lo hace tan habitualmente que ya se ha convertido en parte del paisaje. Lo que realmente me irrita es que nos tomen por gilipollas. Es una tentación en la que incurren de forma reiterativa y contumaz.

Lo hicieron cuando convencieron por unas horas a todos los medios de comunicación españoles de que era ETA la responsable del atentado de Atocha. “-¿A quién creeremos?, preguntaba Aznar indignado ante las cámaras de televisión, ¿a Otegui o al Ministerio del Interior del Gobierno de España?” -Pues a Otegui, cantamañanas, le respondía la gente después de haber acudido a Le Monde y al The Guardian buscando respuestas ante la mentira orquestada desde el Ejecutivo español.

Aquellos días me sentí como cuando en las casas se escuchaba Radio Pirenáica ante la cerrazón informativa del régimen franquista. Y volví a sentir idéntica sensación cuando escuché a Mariano Rajoy, una vez más mintiendo a sabiendas, celebrar el rescate bancario como si nos hubiera tocado el bingo universal, antes de largarse a ver a la Roja a Polonia.

En esta ocasión el pitorreo fue de dimensión mundial. El “You say tomato, I say boil-out” del Financial Times fue como para pedir la baja. Como para borrarnos y nacionalizarnos en las Islas Salomon. Bueno, tampoco. Mejor en la Isla de Nunca Jamás, donde nadie crece y todos permanecen con la edad de la inconsciencia forever and ever.

Tendríamos que exigir daños y perjuicios a nuestros representantes públicos cuando dicen estas falacias en público, para sonrojo del respetable, pensando que la audiencia es subnormal. Y cuando apuestan a que sus votantes ni leen prensa internacional, ni la salmón, ni el listín telefónico. Y que como son tontos de baba –piensan sus avezados asesores de comunicación- no se van a coscar de la farfolla dialéctica que les soltamos.

¿A quién le importa hacer el ridículo mundial si la prensa adicta te salva la cara y te convierte en referente mundial contra la crisis? ¿A quién diantres le importa la imagen de España ante Europa o ante Estados Unidos, si total sólo les entienden cuatro listos? Se dirá Rajoy.

Desde luego hemos de concluir que al Gobierno de la piel de toro no le importa nuestro patético ridículo mundial. Porque todo lo arreglan entre la Roja, Nadal y Fernando Alonso. No es de extrañar que nos degrade Fitch, Moodys, y hasta el presidente del Foro de Brasil del Medio Ambiente, convirtiendo a nuestro Presidente Rajoy en Prime Minister of The Solomon Islands.

Del mismo modo, Basagoiti en Euskadi se apunta a las poses y patalea ahora insistiendo en que Sortu es ETA; y se cisca en el criterio del Tribunal Constitucional. Y Alonso vaticina que es el primer día de la cuenta atrás para su ilegalización. Mientras tanto, su verso suelto Maroto se monta orgías de pactos para desayunar un día si y otro también con Bildu navegando en la coyuntura con una naturalidad pasmosa más propia del siglo XXII.

Y es que lo realmente asombroso del PP vasco es que andan sobrados de principios. Tan sobrados que utilizan unos para reunirse con COVITE, otros para pactar con BILDU en la Vitoria promiscua de Maroto –políticamente hablando, entiéndase-, y otros para negociarse la cartera con el PNV en la Ley de Cajas. Que una cosa es defender el solar patrio y otra ser tonto.

Y es que esto de modular el mensaje –falsear la realidad, sin eufemismos- se ha convertido en el modus operandi de la derecha. Donde dijeron digo, dicen diego. Pero lo hacen con tal desenvoltura que pareciera que no son ellos, sino el mundo y las hemerotecas los equivocados. Como si los principios no existieran sino en función del contexto. Y como si todo lo que fuera imprescindible hoy, pudiera resultar prescindible mañana.

En España, la mayoría absoluta y la prensa adocenada y cortés -salvo honrosas y escasas excepciones- hace posible maquillar los efectos colaterales de las decisiones semanales del Consejo de Ministros. Pero en Euskadi asistimos a un momento trascendental para nuestro futuro y no estamos para francotiradores.

El PP, y especialmente el vasco, debiera preguntarse qué quiere ser de mayor. Si el agitador del fantasma de España, con acento en la primera ‘a’; o si se apunta y arrima el hombro en la reconstrucción de la democracia vasca tras la derrota de ETA. Pasó el tiempo de la política de brochazo. Es el tiempo del pincel, y de trenzar la paz con hilo fino, como si de una alfombra afgana se tratase.

Es cierto que las trincheras imprimen carácter. Pero ha estallado la paz, señoras y señores, y toca recomponer, construir convivencia, preservar y redactar con lealtad y veracidad el relato del sufrimiento. Y para eso sobran las mentiras de manejo de coyunturas; están de más los opositores a don Pelayo; y faltan hombres con sentido de estado. ¿Quién se apunta?

jueves, 17 de mayo de 2012

Algo tiene que cambiar para que todo siga igual

“Algo tiene que cambiar para que todo siga igual”. La frase es de “El Gatopardo”, la astronómica novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa que el director Luchino Visconti tuvo la osadía y el acierto de convertir en película en 1963. La obra se construye a base de los magistrales soliloquios (mediante epigramas como el que abre este texto) de Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina, encarnado en el filme por Burt Lancaster; reflexiones estructuradas, conducidas y aunadas gracias al engrudo de una lucidez tan diabólica como aleccionadora. El personaje, jaque de la rancia nobleza italiana, asiste al cambio social prendido a los vientos de la revolución garibaldina y reflexiona sobre el encaje en ellos de la vieja aristocracia a la que él representa; eran los momentos en que la burguesía se abría camino, marcando los estertores del Antiguo Régimen. La conclusión a la que llega el patricio es que, a la sazón, la lucha de los azulones debía centrarse en lograr que, aunque de forma subrepticia, el sistema siguiera bajo su control. Un control no ejercido de forma directa, sino mediante marionetas de las nuevas clases mercantiles, con las que los jóvenes nobles (encarnados en el filme por el sobrino del tiufado) se apresuraron a unirse mediante ventajosos matrimonios.

Estrategia de mimetismo
¿Y a qué demonios –se preguntará el lector- viene todo esto? Pues viene, porque la reflexión del noble de ficción sirve también como resumen y diagnóstico de la crisis socialdemócrata. Los que nos encuadramos en la familia izquierdista, característica de la democracia occidental, a mi entender, hemos tenido las mismas opciones que una familia de esquimales en Almería, a saber: o tornar el abrigo por unas bermudas, o volvernos cagando leches al Ártico. Lo que no es viable es ir de esquimal en las tórridas colinas sureñas. O bien nuestra ideología o bien el sistema tenían que cambiar. Al final se ha optado por travestirse y aceptar el sistema de derechas como si este formara parte del ADN occidental. Lo que no se ha previsto es lo obvio: que era el sistema el que no funcionaba. El Partido Socialista Obrero Español se ha dotado de las bermudas del liberalismo sólo para ver cómo, con la crisis, ha acabado nevando en el desierto. El chaparrón nos ha pillado disfrazados de neocons y ahí radica nuestra mayor tragedia: no se trata de perder escaños, sino de perder la fe, la vergüenza, la razón de ser. ¿Posibilismo? No, lo que ha tenido la familia socialdemócrata es ceguera. En muchos países europeos, España entre ellos, en vez de frenar el sistema de empacho en masa orquestado por el liberalismo económico, los gobiernos de izquierdas han preferido tirar de las mismas ubres demostrando una visión cobarde y cortoplacista, que, a la postre, lo que ha hecho es abocar a todo Occidente al desastre. De la derecha democristiana no podemos esperar más reacción que la de aceite de ricino, admoniciones maniqueas, populismo xenófobo y rezos periódicos a los santos de la economía. En ellos no habrá reflexión y se aferrarán al sistema como lo hicieron los soviéticos al suyo: y como ellos se hundirán, recalcitrantes como el capitán del Titanic. Porque, si, como se demostró en los 80, el comunismo era inviable, hoy nos damos cuenta de que el liberalismo también lo es. Inviable económica y moralmente y, lo que es peor, insostenible desde un punto de vista ecológico.

Ahora bien, ¿cómo no lo vemos claro desde la izquierda? En algún momento dado, el Orbe entero se derechizó; los estados retrocedieron frente a las multinacionales y los demiurgos de las finanzas jaquearon el sistema operativo. La estrategia socialdemócrata se basó en el mimetismo. Competir con la derecha derechizándose y con los nacionalismos étnicos, remozando el discurso con el invento del vasquismo. ¿Puede un vasco ser vasquista? ¿Puede ser un escocés escocesista? Así solo se logra que hedamos a complejos, a derrota, a descreimiento en nuestra propia forma de ser y sentir. Somos los indios con gorro tejano, los negros que se alisan el pelo y se clarean la piel y los gatitos que aúllan a la luna. No podemos competir con la derecha, sea española o vasca, con su propio discurso y en su propio terreno. Estamos viendo el resultado de semejante estrategia. El público no es idiota. La gente ha procesado que para hacer políticas de derechas será mejor un neocon que un socialista. Lo mismo que para pescar una trucha es mejor una caña que un revólver. Si de ser “más vasco” se trata, mejor los apóstoles de los ocho apellidos y el RH negativo que un vasco vasquista, que se queda en tierra de nadie, bajo las botas de los chicos de la super-raza, sea esta española de Guzmanes o vasca de Ibarretxes. Para visiones miopes del mundo ya está la carcunda de PeNuVeros y PePitos, que agitan los mismos avisperos con distintos colores. Y las cosas no mejoran si, como se ha venido haciendo, se hacen políticas de derechas intentando enmascararlas con gestos vacuos de populismo buenista, que además de ser caros e inútiles, son percibidos por muchos como un insulto a la inteligencia.

Falta de relevo generacional
Explicada la crisis de valores, creo el momento de abordar una circunstancia que, al parecer, ha sido pasada por alto: la falta de relevo generacional, que -según quien esto escribe- es debida al conflicto y la falta de entendimiento entre el poder socialista y las juventudes del electorado. Los antropólogos suelen decir que las revoluciones y los grandes cambios funcionan si se consigue convencer a los jóvenes de entre 20 y 35 años de que tal evolución es necesaria.


Así pasó en la Transición, cuando un movimiento liderado y sustentado por jóvenes se comprometió con un cambio necesario. Lo malo es que esa misma generación sigue en el poder. No han sabido o no han querido dejar el espacio a las nuevas generaciones. Y esto tiene su efecto, como se ha visto en los movimientos del 15-M. No cabe duda de que muchos jóvenes –la mayoría de izquierdas- dejaron de percibir a la cúpula de la socialdemocracia como representantes de sus valores. En aquel momento se fraguó un cambio que, no nos engañemos, afectó a las izquierdas y no a las derechas. Las acampadas de Sol, con un Zapatero todavía en el poder, evidenciaron la falta de conexión entre una troika envejecida y acomodada (sin importar su papel, su trabajo o el merecimiento de este acomodo) y la juventud española de izquierdas; y esto es una mala noticia si de cambiar algo se trata.

Todos sabemos –excepciones gloriosas a parte-, por lógica puñetera, que un joven sin trabajo ni propiedades, tiene más energía y menos miedo al cambio que un madurón con dos casas y dos coches, además de un trabajo que le roba casi todas las horas del día. No se trata de juzgar a las generaciones, cada una tiene su papel. Mucho menos a los individuos. Pero es un hecho evidente que, a día de hoy, la socialdemocracia en general y el PSOE en concreto, no han sabido sustentar un movimiento joven sino todo lo contrario: se enrocan en un liderazgo, ejercido masivamente (no en un caso concreto, lo que sería normal) por generaciones que ya no contactan con los nuevos tiempos representados por la juventud. Y el problema no es fácil de solucionar. Porque, si los venerables se creen imprescindibles, los alevines se han acomplejado y no se ven capaces (ni les interesa) de participar en política. La pescadilla, una vez más, se muerde la cola. Y así nos luce el pelo.

La crisis vista como oportunidad
Decía Jordi Pigem, doctor en Filosofía y autor del libro Buena crisis. Hacia un mundo posmaterialista: "Parto del término médico de crisis, que no es otra cosa que el momento crítico en el que una enfermedad empeora o mejora. La crisis puede ser una oportunidad de sanación". "Ahora toca cambio –añade-, y eso atañe a nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Ni el egoísmo ni la codicia funcionan. La tendencia que está creciendo con más rapidez en estos momentos es la de la generosidad, se manifiesta en la banca ética, en la cantidad de ONG que funcionan en el mundo, en el comercio justo, en redes sociales preocupadas por compartir... Y todo se articula dentro de una visión del mundo en el que las personas no estamos por encima de la naturaleza. No se puede volver a donde estábamos porque no es sostenible".

Lo que viene a decir que vamos a cambiar nos guste o no, gracias al sistema más viejo y efectivo: a base de palos. La derecha también va a cambiar, pero, dada su proverbial incapacidad de mutación, lo hará cuando hayamos cruzado la línea de no retorno. Por eso, la izquierda es más necesaria que nunca. ¿Está en crisis la izquierda porque ya no tiene cabida? Nunca ha sido más necesaria. Sólo la izquierda puede frenar el suicidio obsceno y colectivo al que está abocada la humanidad. Sólo la izquierda puede liderar el movimiento verde, la integración intercultural, la ruta hacia una recuperación del papel de los Estados frente a los bancos.

En el caso concreto del partido socialista, creo que la pérdida del poder no sólo no es una mala noticia, sino que es la única posibilidad que nos queda de encontrar nuestro papel. Me comentó una vez un cubano que trabajaba en una granja de cocodrilos, que, para que estos no atacaran durante una exhibición ante turistas, había que tenerlos bien cebados. Empachados perdían toda voluntad de acción. Lo mismo se puede achacar al PSOE. Por eso creo que es una buena noticia que estemos otra vez en la calle, en el asfalto, con el populacho. Que es donde el socialismo siempre se ha sentido cómodo. Estamos en el bosque y somos lobos, aunque, eso sí, necesitaremos un tiempo para perder los michelines que la domesticación nos ha generado. Porque tenemos dos opciones. O nos tumbamos y morimos de inanición, o nos ponemos las pilas y nos vamos de caza.

Recuperar la juventud, recuperar la calle
Las crisis, decíamos, pueden ser oportunidades. Son termómetros que miden el nivel de fiebre del paciente. Con la crisis empezarán las reacciones de una ciudadanía poco proclive a al movimiento mientras la vaca da leche. Pero como ya no es el caso, la indignación, el sufrimiento y la desesperación van a menudear en nuestras calles. Y allí tendrá que estar el Partido Socialista. Porque hemos perdido las calles, que es de donde nunca debimos salir. Incluso los nazis (y la izquierda abertzale) lo entendieron. Los primeros repartían pan y daban esperanza a los alemanes en el durísimo periodo de entreguerras; el pueblo los vio como salvadores y subieron como la espuma. Los bildutarras siempre han trabajado sobre la juventud y ahora amenazan a un aburguesado y fofo PNV al que le está pasando lo mismo que a la familia socialista.

Por eso digo: estemos ahí, en la calle. Asesorando, escuchando y apoyando; a las personas que se queden sin casa, a los obreros en paro, a los ancianos, a los inmigrantes en estado de indefensión. Engrosemos (esto no puede esperar) el aparato y el activismo de las juventudes. Preparemos actos continuos y visibles y que la ciudadanía sepa que estamos ahí. Lideremos (no se trata de ya de gestos de cara a la galería) el moviendo verde y las políticas de sostenibilidad. Montemos saraos culturales, habilitemos espacios para los artistas, llevemos gente a todos los ámbitos de preocupación ciudadana. Ayudemos a la sociedad, no con dinero, sino con trabajo, ilusión y presencia. Acompañemos a la gente, sostengámosla. Ahora podemos, porque, perdido el poder, estamos otra vez en la calle. Ahora debemos porque se nos necesita; porque es nuestra obligación y porque, si no actuamos, lo harán otros y las alternativas -Bildu, el Frente Nacional de Marine Le Pen, etc.-, ya sabemos qué quieren y a dónde nos llevan. Ahora es el momento de que algo cambie para que todo siga igual, para que el socialismo recupere su papel. Ahora o nunca.



Escrito por Domingo Escandela