viernes, 15 de marzo de 2013

Mintegi y el largo camino de EH Bildu

Aurelio Romero. Vitoria-Gasteiz. @romeronomada

Sólida o no, la creación de la ponencia de paz del Parlamento vasco propuesta por el lehendakari Patxi López en la anterior legislatura es la iniciativa más importante que se ha registrado en toda España tras el alto el fuego voluntario anunciado y hasta ahora cumplido por parte de ETA. Si en aquella ocasión fue la duda del PP para participar en dicha ponencia, en el Pleno de este jueves fue el duro debate entre PP y EHBildu lo que llevó a la presidenta jeltzale a posponer su constitución hasta que se recupere un nivel de diálogo razonable. Es muy probable que, de no haberlo pospuesto, se hubiera destruido ese conato de diálogo entre visiones diferentes de la reciente historia del País Vasco que, hasta ahora, al menos había permitido convertir el Parlamento en un foro menos interesado o “de parte” que cualquiera de los otros convocados o abiertos.

La presidenta Bakartxo Tejería erró el término cuando, poniendo freno a la discusión, apeló al “respeto” entre los miembros de la Cámara. En su intervención, Laura Mintegui, candidata a la Lehenkaritza por EHBildu y su portavoz Parlamentaria, se situó por encima o lejos de ese concepto al abandonar el lenguaje de la campaña electoral y recuperar los tradicionales planteamientos de Batasuna, como si ETA mantuviese su nivel de actividad y la presencia en el Parlamento de la izquierda abertzale fuese consecuencia de una laguna legal.

La intervención de Mintegui fue como un nuevo zarpazo de león mortecino donde aún cuesta ver que la carne vaya cicatrizando, cuando todo el país en su conjunto quiere creer, con un pie en la esperanza y otro en la desconfianza, que un nuevo tiempo va tomando tierra en Euskadi. Hace pocos días que Mintegui acudía al homenaje del Parlamento en conmemoración del asesinato de Fernando Buesa y su escolta, Jorge Díez. Ayer, la portavoz de EH Bildu reflexionaba al hablar de Buesa sobre los muertos que lo son por “causa política”, abriendo de nuevo el foso en el durante casi medio siglo se ha hundido tanta vida y tanto futuro.

Durante este año y medio desde el alto el fuego el debate ya no era la violencia y su legitimación por parte de los violentos, sino cómo ir poniendo una base sólida en esa raya negra del pasado. Hemos avanzado contra la equidistancia y a favor de la conveniencia –y la necesidad- de confiar en que el pasado no puede volver a ser futuro y que, mientras alguien va tomando apunte para el relato, vamos construyendo una nueva realidad sobre la que avanzar. Hoy reviven con fuerza las palabras de Koldo Martínez, portavoz de Geroa Bai junto a Uxue Barcos y presidente de la Asociación de España de Bioética, quien, tajante, afirmaba que la condena de la violencia es el principio de todo lo demás, siendo ese “todo lo demás” por lo que aspiramos. O cuando decía que no hay ética en la comparación de dos violencias desiguales, la de los violentos y la violencia del Estado cuando no cae en la ilegalidad.

Sabemos que el camino futuro sería, será, difícil, lento, complejo y por momentos frustrante. Partimos de una mínima sospecha de paz, pero todos nos hemos aferrado a él como el clavo ardiendo que nos revuelve mientras confiamos en que dure. Laura Mintegui y EH Bildu ha llevado el Parlamento vasco a un día cualquiera de hace dos años y ha provocado, como buscándolo, que la ponencia de paz embarranque contra las palabras o navegue con toda dificultad entre el hierro de la memoria.

Un año y medio de paz no es suficiente para reconstruir medio siglo de destrucción de la convivencia. Laura Mintegui salta por ambos lados del foso negro y anuncia que su recorrido es más particular que común, aun sabiendo que ese largo camino le lleva a ninguna parte.

martes, 12 de marzo de 2013

Más allá de los sentimientos

Vicente Carrión Arregui. Vitoria-Gasteiz


(En respuesta al artículo “VOLVER A EMPEZAR”, publicado el 23 de febrero, de Pili Zabala, con cariño)

He leído con sumo interés tu artículo  y comparto buena parte de los sentimientos que en él transmites, especialmente los referidos al esfuerzo necesario para reinstaurar la convivencia social dañada por tantos años de terrorismo.. No tengo la menor duda de que como hermana de Jose Ignacio Zabala, víctima del terrorismo de los GAL en 1983, tu sufrimiento es equiparable al de las víctimas de ETA –con el agravante de las humillaciones añadidas en tu caso- pero ello no significa, en mi opinión, que podamos establecer simetría alguna entre dos bandos. Aunque el dolor sea emocionalmente similar nuestra capacidad racional nos obliga a comprender que desde la Transición hasta hoy mismo ha sido ETA la responsable principalísima del sufrimiento que necesitamos dejar atrás.

Porque ese “volver a empezar” que propones tuvo su oportunidad perdida en 1977 cuando la amnistía vació de etarras las cárceles una vez recuperadas las elecciones democráticas y otras libertades. Claro que había habido una guerra civil, una dictadura, una opresión nacional y múltiples motivos para enfrentarse al franquismo –por cuestionable que sea siempre el recurso la violencia- pero todo ello concluyó con el nuevo escenario democrático que ETA no quiso aceptar. Creo que desde 1977 las alusiones a la dictadura, a la represión y a la mitología etarra son tan innecesarias como aludir al carlismo o a la Contrarreforma para legitimar que ETA no depusiera las armas. Esa denominada “confrontación armada” no fue, creo, sino un inmenso error del nacionalismo radical vasco al creer que el uso de la violencia precipitaría la revolución vasca de sus sueños. Parafraseando al Muñoz Molina de “Todo lo que era sólido” estaríamos ante el extremismo de una élite que se aprovecha de situaciones sociales dolorosas para crear dinámicas que acaban arrastrando a una sociedad entera.

Yo puedo entender a nivel personal, Pili, que las tropelías que diversos funcionarios cometieron contra tu hermano, más las dificultades para investigar tales hechos a las que aludes en tu artículo, te hayan hecho dudar de la imparcialidad y de la honestidad de la lucha antiterrorista. Pero la legitimidad de tu dolor no debería ocultarte que hay 326 atentados etarras sin esclarecer, que el Estado acabó condenando –ciertamente, con tibieza- la “guerra sucia” de Galindo y compañía y que, por injusto que fuera el crimen de tu hermano, él había decidido integrarse en ETA para ejercer una violencia que acabó atrapándole. Una gran diferencia respecto a los centenares de asesinados por ETA en razón de sus convicciones, de sus oficios o de la mera casualidad de estar comprando en tal hipermercado o pasar por tal calle. No, Pili, el sufrimiento no iguala a las víctimas, no banaliza su razón de ser. Unos eligieron un camino, otros lo padecieron.

Arremetes en tu artículo, también, contra las “necedades” proferidas por algún que otro catedrático de Filosofía jubilado. Me imagino en quien piensas y, más allá de sus ocasionales humoradas, me duele la ofensa hacia su maestría profesional y a su coraje cívico. Yo también soy profesor de Filosofía y me desconcierta profundamente con qué facilidad hay tantos adultos en el País Vasco que incurren en errores básicos de mis alumnos adolescentes, como el de invertir la relación causa-efecto. Si los hechos objetivos confirman que a partir de 1977 ETA, con el apoyo de un sector muy minoritario de entre la población vasca, defendió sus fines “políticos” con medios delictivos y criminales, los presos actuales serán el efecto resultante de sus acciones y no la causa que legitime nuevos desafíos. Salvo contadísimas excepciones, la mayoría de las víctimas del lado etarra lo son como consecuencia de los delitos que estaban cometiendo o de excesos policiales que –sin ánimo de justificación alguna- constituyeron reacciones (efectos) desmesurados o no a la cacería (causa) que hubieron de soportar los miembros de las fuerzas armadas y muchas otras personas que se negaron a someterse al totalitarismo abertzale que, sobre todo en los entornos rurales, permitía acosar, arruinar, amenazar y forzar el exilio de quien no comulgara con las ruedas de molino de los matoncetes locales que, con pendiente o sin él, durante muchos años impusieron su ley. Causas y efectos, sí, Pili, que pueden resultar discutibles porque a veces se encadenan como cerezas en una cesta pero a cuya aclaración han contribuido muy positivamente las “necedades” proferidas por Savater, Arteta, Iriondo, Aranzadi, Azurmendi y tantos otros intelectuales cuya libertad de expresión ha coartado terriblemente su libertad de movimientos.

Para decirte todo esto escribo estas líneas, para intentar transmitirte que la empatía ante el dolor de todas las víctimas es un paso valiosísimo –hago un inciso para aplaudir los esfuerzos que promueven al respecto desde la alcaldía de Rentería- pero que resulta insuficiente si no se acompaña de cierto rigor histórico. Más en concreto, del reconocimiento de la legitimidad del Estado democrático para administrar el monopolio de la violencia, por disconformes que puedan estar una parte de sus miembros respecto a la propia legitimidad del Estado. El paso que parecen estar dando hoy deberían haberlo dado hace 36 años y sabio sería reconocerlo. Pero parece que no.



(((PD. Ligado con este asunto, desde Ezkerretik Ekintza - Con mano izquierda os recomendamos la atenta lectura de la entrevista a Urrusolo Sistiaga de la que varios medios se hicieron eco este fin de semana)))

domingo, 10 de marzo de 2013

Vagos, maleantes e hipócritas

Julio Herrero Romero. @HerreroJulio jherrero2007@gmail.com

Aún me sorprende la naturalidad con que los responsables de algunas cajas de ahorros, y otras entidades bancarias, admiten el hecho de cobrar cantidades exorbitantes por sus pretendidos servicios a la entidad. Esta semana hemos conocido que la actual Presidenta de la Comunidad Navarra, y su antecesor en el cargo, llegaron a embolsarse más de cinco mil euros en una sola tarde por su asistencia a reuniones que no duraban más allá de los treinta minutos. Pero lo más llamativo resulta ser la explicación: "en las cantidades iba incluida la responsabilidad". ¿A qué responsabilidad se referirán? Resulta que cuando en Bankia, o Caja Madrid, un juez se atrevió a insinuársela a los consejeros que habían llevado a la ruina a miles de impositores y accionistas, todos declararon ser unos ignorantes que no entendían un balance.

Terrible situación la que se encuentra este país de vagos e ignorantes que se aúpan al poder sin más miras que llenar la andorga llevándose por delante lo que sea, incluidas las ilusiones, los ahorros y la vida de sus congéneres. Y piensan que es lo natural, que se lo merecen. Que han llegado ahí por sus méritos. Hasta lo aceptaría si tuvieran el mismo trato privilegiado por sus deméritos y a la vista de ellos perdiesen, al menos, lo tan injustamente percibido.

El caso de las cajas de ahorro es especialmente sangrante, teniendo en cuenta que eran las únicas entidades que, aparentemente, tenían un control directo de los impositores mediante sus representantes en las asambleas y en los consejos. Y más tremendo aun cuando parte de esos representantes eran puestos por los partidos políticos que gobernaban en las instituciones fundadoras. ¿Asumirán éstos su responsabilidad? No parece que nadie esté dispuesto a hacerlo y una vez más el ciudadano acabará pagando de su bolsillo los déficit, las dietas, los agujeros y los rescates bancarios, mientras sigue observando la sonrisa forzada de falsa inocencia de tan ineptos gestores.

Bankia anuncia que en 2014 dará beneficios, pero su Presidente ya los lleva por adelantado en los cientos de miles de euros que constituyen su retribución. Caja Vital Kutxa no asegura que pueda mantener las ayudas al alquiler de viviendas más de este año, ¿estarán igual de inseguros los sueldos de sus consejeros pasado este plazo? Sería de agradecer que alguien renunciase a ello pero…”con la iglesia hemos topado querido Sancho” (que al parecer nunca estuvo en el Quijote, otro engaño más…)


Artículo Publicado en Diario Noticias de Álava (10.03.13)

jueves, 7 de marzo de 2013

Un nuevo contrato social: la transparencia

Óscar Rodríguez Vaz. Vitoria-Gasteiz. @rvoscar http://oscarrodriguezvaz.blogspot.com


Las principales instituciones del Estado están siendo percibidas como un problema para la ciudadanía. Se percibe en la calle y lo corroboran, serie a serie, los estudios del Centro de Investigaciones Sociológicas. Los partidos políticos, las Autonomías, la Monarquía, símbolos de la estabilidad y perdurabilidad del sistema ideado y acordado en la Transición, inspiran más desconfianza que nunca.

Y es que, ciertamente, llevamos unas semanas “gloriosas”. En medio de la mayor crisis económica desde el “crack” del 29, no hay forma de encender la televisión y no encontrarse con novedades sobre el caso Bárcenas y las cuentas del partido político que gobierna España; o declaraciones desafortunadas de la presidenta Barcina en torno a “su” caja de ahorros, uno de los símbolos de la extensión de la influencia partidaria en ámbitos que les deberían ser ajenos; o nuevas pruebas que van cercando a miembros de la institución que fue elegida como árbitro y moderador de nuestro sistema, la Monarquía.

Todo este caldo de cultivo, añadido a la obsolescencia de nuestro sistema institucional – lógico, después de 35 años de funcionamiento prácticamente inmutable –, nos sitúa ante una grave crisis de confianza. Esta desconfianza ha alimentado, y lo seguirá haciendo, los diferentes estallidos sociales vividos en los últimos años.

En su último libro, el profesor Manuel Castells sitúa precisamente en esa desconfianza, el origen de las movilizaciones que se han vivido en todo el mundo: “La confianza se desvaneció. Y la confianza es lo que cohesiona a una sociedad, al mercado y a las instituciones. Sin confianza, nada funciona. Sin confianza, el contrato social se disuelve y la sociedad desaparece, transformándose en individuos a la defensiva que luchan por sobrevivir”.

Pues bien, en la medida en que las relaciones sociales en democracia se establecen de acuerdo a mecanismos contractuales, urge la firma de un nuevo contrato basado en la confianza. Y, en mi opinión, la mejor forma de transmitir confianza pasa por dos elementos estrechamente relacionados entre sí: transparencia y la dación de cuentas.

Las medidas de transparencia y dación de cuentas están llamadas a ser uno de los pilares de la tan cacareada – y no por ello menos necesaria – regeneración política que debe experimentar nuestro país. La opacidad que preside la toma de muchas decisiones y la falta de explicación posterior de las mismas, ha provocado que este tipo de medidas se conviertan en una exigencia recurrente de la parte más concienciada y dinámica de nuestra sociedad, que será, al fin y al cabo, quien nos saque de la situación en la que estamos sumidos.

Hacen falta medidas de transparencia radical en la política, en la sociedad, en la empresa. Por ejemplo, en tanto en cuanto su principal fuente de ingresos es la Administración Pública, todos los partidos políticos sin excepción, deberían dar cuenta tanto de sus balances, como de su patrimonio. Por ejemplo, durante el tiempo que ejerzan, los diferentes cargos públicos de todos los niveles institucionales deberían estar obligados a publicitar la evolución de sus declaraciones de actividades y bienes. O, por ejemplo, cualquier ciudadano debería poder conocer el destino de los dineros públicos que reciba cualquier empresa (pública, parapública o participada), así como las declaraciones de bienes y actividades de los responsables de tales empresas.

Y también son necesarias medidas de rendición de cuentas en las instituciones y en los propios partidos políticos. Un ejemplo que ya se practica en otros países: se pueden introducir, tanto en los partidos como en las instituciones de representación, mecanismos que permitan la revocación de un cargo público u orgánico de cualquier nivel por incumplimiento de su plan de acción, del programa electoral o de los compromisos personales que hubiere adquirido. No puede ser que tengamos que aguantar durante cuatro años a una persona que, durante el primer semestre de su mandato, ya haya incumplido sus principales promesas electorales.

En definitiva, no sé si alguna vez en el tiempo la hubo, pero desde luego hoy no hay excusa alguna para no poner a disposición de la gente lo que es suyo. No hay razón para ocultar a la sociedad el destino último y las explicaciones sobre la utilización del dinero que se obtiene de sus impuestos. Además, con los avances tecnológicos que se han experimentado y la extensión de los mismos al conjunto de la sociedad, no hay impedimentos para que se puedan conocer ese destino y las explicaciones “just in time”.Muchísimas personas creen aún en la política, en el sistema democrático-institucional. Yo soy uno de ellas. Y por eso precisamente apuesto por su reforma urgente. Porque si no lo hacemos quienes nos lo creemos, corremos el riesgo de que un movimiento populista de discurso fácil - y aún más fácil financiación - sea quien lidere no ya su reforma, sino su demolición.


Artículo publicado en DIARIO VASCO (07.03.13).


martes, 26 de febrero de 2013

La leyenda urbana del fraude fiscal

Txarlie García. Las Arenas. www.amalababa.es


El fraude fiscal en realidad no existe. Sí, sí, como lo oyes: no existe. El fraude es como el hombre del saco, el bigfoot, los ovnis, el monstruo del lago Ness, el perro goloso de Ricky Martin o la chica de la curva.

Al menos eso es lo que dice el Sr. De Bizkaia, nuestro excelentísimo Diputado General, Don José Luis Bilbao.

Quizá cuando dijo que el fraude fiscal es una leyenda urbana, en realidad quiso decir que el fraude fiscal son los padres. O los fontaneros. O cualquier autónomo y currela asalariado.

Que conste que yo entiendo a nuestro Diputado General. Porque como pobre sociata desarrapado, iletrado, basto, supersticioso y magufo que soy, me gustan las leyendas urbanas. Y cuando más catetas sean, mejor. No sé por qué, pero me gustan… Que le voy a hacer.

Por eso, aunque el mismísimo Lord de Bizkaia me diga que el fraude es una leyenda urbana,  yo me aferraré a mi incultura supina (¡que sabré yo!) y seguiré pidiendo que lo investiguen, pediré que se formen cuadrillas de alerta temprana con gente capaz de investigar el fraude allá donde se produzca, que paguen más impuestos quienes más ganan (soy un demagogo irreductible, lo sé), pediré que se cotice de manera más progresiva por dividendos que por el trabajo y que el sistema tributario de Euskadi sea más justo.

Y da igual las pruebas que me enseñen de que el fraude fiscal es una patraña. Sé que cuando los técnicos de hacienda dicen que no tienen recursos para investigar el fraude es mentira. Sé que las SICAV haberlas, haylas (como los sobres las meigas), pero nadie las ha visto. Sé que los paraísos fiscales son limítrofes con el País de Nunca Jamás y sé que los ricos son en realidad unos pobres grandes empresarios, esos juantxos bonachones que nos dan trabajo por tenernos entretenidos.

Pero que le voy a hacer… Ya se sabe que la ignorancia es muy atrevida.

sábado, 16 de febrero de 2013

Las 7 diferencias

Óscar Rodríguez Vaz. Vitoria-Gasteiz

Cuando me pidieron que explicara en unas líneas las diferencias entre quienes defendemos una regeneración y quienes, legítimamente, apuestan por el continuismo en el PSE-EE de Álava, reconozco que me costó decidirme. No porque no existan diferencias, que las hay, y algunas de mucho calado. No. Me costó porque en los partidos existe un miedo atávico a expresarlas públicamente.

Yo apuesto por una regeneración de la política, y de mi Partido, mirando al futuro. Y creo que el futuro pasa por cambiar los parámetros clásicos de la política, pasa por expresar la diferencia, pasa por aprender a autocriticarse, pasa por ser transparentes,… todo ello es lo que me animó a escribir este artículo.

Previamente diré que, como militante socialista – y como la mayoría de la afiliación –, comparto el 80% de la “doctrina” de mi Partido. De no ser así, estaría en otro. Y yo estoy muy a gusto donde estoy, en la que ha sido y debe seguir siendo la casa común de los progresistas.

Dicho esto, hay diferencias entre el “Stablishment” y quienes defendemos la regeneración del Partido – y de la política – en Álava, que afectan básicamente a la forma de organizarnos y a la manera de relacionarnos con la sociedad. Resumiré estas diferencias en siete.

Primera, la autocrítica. Cuando tras un varapalo electoral, los representantes de los partidos salimos ante la opinión pública - generalmente, sonrientes - a decir que “hemos obtenido unos buenos resultados” o que “hemos ganado a las encuestas”, nos equivocamos. Ante estas situaciones, creo que sería mucho mejor salir a hacer público un análisis crítico de los resultados obtenidos y, posteriormente, asumir responsabilidades. Así empezaríamos a ganar credibilidad. Se trata de una diferencia política sustancial.

Segunda. En mi Partido – en los partidos, en general – no se aprovecha el principal capital de que disponemos: las personas. Tenemos el privilegio de contar con centenares de militantes pertenecientes a muy diferentes sectores de la sociedad, voluntarios dispuestos a colaborar. Sin embargo, no hay hueco para tanta cabeza en la política clásica. ¡Y si no aprovechamos a los militantes, qué decir de los simpatizantes y los votantes, con quienes nuestra única relación se da prácticamente una vez cada cuatro años! El futuro pasa por cambiar esta realidad, y este enfoque supone también una diferencia política de peso.

Tercera, la austeridad. Esta semana lo ha expresado de forma muy gráfica, la militante de las Juventudes Socialistas Beatriz Talegón: “¿Cómo pretendemos dar lecciones desde un hotel de cinco estrellas?”. Nuestro cónclave alavés tendrá lugar en un hotel “sólo” de cuatro estrellas…, cuando tenemos centros cívicos y palacios de congresos en desuso y las arcas públicas renqueantes. Otra diferencia de peso.

Cuarta. Uno de los principales factores por los que la política arrastra falta de credibilidad – según los estudios del CIS, somos el tercer problema para la sociedad – es la falta de transparencia. La mayoría de quienes se dedican a la política son gente honrada, que trabaja por su sociedad de referencia y que no se dedica a robar. Pero el problema es que hoy no nos creen. Y o cambiamos o nos cambian. El cambio, a nuestro juicio, consiste en la firma de un nuevo contrato entre los partidos, las instituciones y la ciudadanía basado en la transparencia. Algunas medidas podrían ser que los partidos den cuenta de su patrimonio y de los ingresos procedentes de la Administración periódica y públicamente; que los cargos públicos estén obligados a publicitar sus declaraciones de actividades y bienes; o que cualquier ciudadano pueda conocer el destino de los dineros públicos que reciba cualquier empresa (pública, parapública o participada) o pueda acceder a las declaraciones de bienes y actividades de los responsables de tales empresas.

Quinta, el debate. Dice el fallecido profesor Tony Judt en su magistral epílogo literario-vital, que “la disposición al desacuerdo, al rechazo o la disconformidad constituyen la savia de una sociedad abierta”. Hoy en mi Partido – y en el resto – el debate crítico no se estila y, sin embargo, éste se me antoja imprescindible para empezar a recuperar parte de la credibilidad perdida. Es otra gran diferencia.

Sexta, la participación. Las innovaciones que han ido dando forma a la sociedad actual han hecho aún más flagrante la falta de adaptación de la política a la nueva realidad. Apenas hay diferencias entre el sistema político que yo vivo y el que pudieron conocer mis abuelos en los años previos a la dictadura. Y como los partidos tienen una gran importancia en el sistema constitucional español, deberíamos empezar el cambio por ellos. Concretamente, para nuestro Partido reclamamos mejorar los mecanismos participativos que ya existen y crear algunos nuevos, como las primarias y las listas abiertas para la elección de representantes, consultas a la militancia y a la sociedad de referencia aprovechando las nuevas tecnologías, etc.

Y séptima. Uno de los déficits de la política – y de mi Partido – es la falta de evaluación de lo que se hace, algo clave para la legitimación de la política. Para remediarlo, deberíamos poner en marcha mejores mecanismos de rendición de cuentas, para que los militantes y votantes sepan a quién pedir responsabilidades por una mala decisión o por una no-decisión; o podríamos, incorporar mecanismos ciudadanos de revocación de cargos públicos por incumplimiento de programa o por mala gestión, etc.

Espero que seamos capaces de acertar a dirimirlas todas ellas en clave de futuro en el VII. Congreso del PSE-EE de Álava.


(Artículo Publicado en Diario Noticias de Álava, 16.02.13)

jueves, 14 de febrero de 2013

Es la estructura, estúpido!

Imanol Zubero. Bilbao. www.imanol-zubero.blogspot.com


El pasado lunes 28 de enero comenzó el segundo cuatrimestre y mi regreso a la docencia de grado, después de cuatro años. He vuelto con tres asignaturas nuevas, que nunca antes había impartido: "Instituciones y procesos sociales" en 1º de Sociología y de Ciencia Política; "Estructuras y procesos sociales en el País Vasco", en 2º de Sociología; y "Bienestar y políticas sociales", en 3º. La preparación de estas asignaturas, con sus correspondientes prácticas según el modelo Bolonia, me ha mantenido desde entonces retirado de este blog (y del mío). 

Instituciones y procesos, estructuras y procesos... Como hemos trabajado estos días en las clases, se trata del núcleo mismo de la ciencia social: ¿los agentes sociales son totalmente libres a la hora de actuar o están constreñidos por condicionantes estructurales? Cuando de explicar los fenómenos sociales se trata, ¿hay que buscar las claves en los comportamientos individuales o en las instituciones en cuyo seno actuamos las personas? Evidentemente, la respuesta no puede ser sólo estructural ni sólo individual. Somos y actuamos en el marco de estructuras e instituciones. Como señalara Pierre Bourdieu, "hay una fuerte correlación entre las posiciones sociales y las disposiciones de los agentes que las ocupan". Sin embargo, en condiciones normales somos más estructura que acción individual, y nuestros comportamientos se explican más adecuadamente por nuestras circunstancias que por nuestro yo más personal.

¡Es la estructura, estúpido! Dicho sea sin intención de ofender. Pero el socorrido eslogan acuñado por James Carville, asesor de Bill Clinton en la exitosa campaña presidencial de 1992 -It´s the politics, stupid!resulta más que oportuno en estos momentos.

El PP se ha desecho de Jesús Sepulveda, ese peculiar "funcionario de esta casa" según la peregrina declaración de ese bobo solemne que actúa como vicesecretario de organización y mamporrero vocacional del PP. También caerá Ana Mato, no me cabe ninguna duda. Caerá, porque esa es la estrategia sacrificial a la que recurren los partidos con el fin de obviar sus responsabilidades institucionales y orgánicas en los casos de corrupción. Es la estrategia del "había un golfo que [nos] estaba engañado y los golfos salen inmediatamente del partido", en memorable expresión de otro secretario de organización.
Pero el problema no es individual, sino estructural. Lo señala correctamente José Antonio Gómez Llano en un artículo en EL PAÍS:

No son casos individuales de alcaldes o concejales que se forran con un plan urbanístico o una licencia; presidentes de diputación o alcaldes que colocan decenas de clientes para garantizarse su apoyo; desaprensivos (Gürtel) o financiación ilegal del partido (Filesa o Naseiro). Son metástasis en las sedes centrales abonadas por el descontrol del dinero, utilizado para “engrasar la maquinaria” o llevárselo. Es la estación término de la política de la Transición que, para estabilizar los partidos, concentró en sus cúpulas los resortes sobre el acceso, ascenso y exclusión de la política. O sea, para incluir y ordenar candidatos en listas electorales, excluir a los disidentes de los órganos del partido —controlando las elecciones internas con listas cerradas para todo—, repartir cargos en las Administraciones y satélites, dilatar el periodo entre sus congresos (cada cuatro años: solo Berlusconi y el Partido Comunista Chino lo superan), escapar al control de sus parlamentos internos (anulándolos en la práctica) y sobre sus cuentas. 

lunes, 21 de enero de 2013

El futuro de la política

Óscar Rodríguez Vaz. Vitoria-Gasteiz

“Algo huele a rancio en la política. Y no me refiero a la corrupción. No es un olor hediondo; se trata más bien de ese olor a cuero o tejidos pasados que recuerda vagamente a su fragancia original, pero que ha perdido ya la fuerza evocadora originaria”. Con esta cita comienzael profesor Vallespín una obra titulada como este artículo que, con apenas unadécada, es ya un clásico en el campo politológico.
 
A pesar de todas las crisis, pienso que aún somos mayoría quienes creemos en una democracia representativa dotada de legitimidad social, pero también reformada, tocando dos de sus pilares clave: los partidos – cuyo papel es “fundamental para la participación política”, según el art. 2.6 de la  Constitución, y que hoy son percibidos como un problema - y las instituciones de representación.

Debemos innovar para obtener la fórmula que cierre la brecha entre la política – partidos e instituciones - y la voluntad popular en la que se fundamenta su legitimidad. Una fórmula reformista que responda tres cuestiones clave: qué nuevos mecanismos contractuales ponemos en marcha para con la sociedad; cómo se forma la voluntad colectiva; y qué nuevos mecanismos de participación implementamos. 

Respecto de la primera cuestión, las relaciones sociales en democracia se establecen de acuerdo a mecanismos contractuales. Debemos firmar un nuevo contrato basado en la confianza. Y no hay mejor forma de transmitir confianza que la transparencia, en los partidos y en las instituciones. No hay excusa alguna para no poner a disposición de la gente lo que es suyo.

Medidas de transparencia que pasarían, por ejemplo, porque los partidos dieran cuenta de su patrimonio y de los ingresos procedentes de la Administración periódica y públicamente. Por ejemplo, porque los cargos públicos estuvieran obligados a publicitar sus declaraciones de actividades y bienes. O, por ejemplo, porque cualquier ciudadano pudiera conocer el destino de los dineros públicos que reciba cualquier empresa (pública, parapública o participada) o pudiera acceder a las declaraciones de bienes y actividades de los responsables de tales empresas.

En cuanto a la segunda cuestión, dice el fallecido profesor Judt en su magistral epílogo literario-vital que “la disposición al desacuerdo, al rechazo o la disconformidad constituyen la savia de una sociedad abierta”. Así pues, en la formación de la voluntad colectiva, resulta imprescindible que haya debates serios, escucha activa y autocrítica.

Las estructuras internas y modos de funcionamiento de los partidos distan bastante de ser todo lo democráticas que debieran. También en las instituciones de representación asistimos a debates prefabricados y rígidos, ajenos al propio sentido del parlamentarismo. O vemos debates esperpénticos para aparentar que ciertas decisiones se toman en el Parlamento, cuando mucha gente ya sabe que se han tomado en salas más pequeñas, con poca luz y con menos gente.

¿Cómo cambiar esta realidad? O lo que es lo mismo, ¿cómo fomentar la libertad de pensamiento y de opinión en un sistema que ha degenerado? La teoría parecería sencilla: quitando poder a las cúpulas de los partidos y dándoselas a los militantes y votantes, a la ciudadanía. La práctica quizás no lo sea tanto.

Y esto me lleva a la tercera cuestión. En poco tiempo hemos pasado de las palomas mensajeras a los smartphones. Se ha transformado todo. Y las innovaciones que han ido dando forma a la sociedad actual han hecho aún más flagrante la falta de adaptación de la política a la nueva realidad. Es más, en ocasiones se han operado cambios en la dirección inadecuada, pues “lapolítica en directo” – como la llama Daniel Innerarity –dificulta “las vías de acceso y permeabilización” de esta con la sociedad.

Ha cambiado todo, menos los partidos y sus estructuras; todo, menos las instituciones y los sistemas de representación. Apenas hay diferencias entre el sistema político que yo vivo y el que pudieron conocer mis abuelos en los años 40.

En este sentido, considero que, además de reducir drásticamente el número de instituciones con criterios de eficacia y eficiencia (sobran las Diputaciones Provinciales y hay que agrupar los 8.100 Ayuntamientos), podríamos incorporar mecanismos ciudadanos de revocación de cargos públicos por incumplimiento de programa o por mala gestión. También hace falta un sistema electoral más dinámico, buscando una mejor representatividad del voto y desbloqueando las listas en las elecciones al Congreso. Se podrían convertir en autonómicas las circunscripciones, para hacer del Senado una Cámara de representación territorial; en todo caso, si no se reforma, carece de sentido. O lejos de los debates populistas sobre su número, se podría mejorar la legitimidad de los parlamentos autonómicos con un sistema mixto de elección: eligiendo una parte como hasta ahora (desbloqueando las listas cerradas, eso sí), y que otra fuera elegida directamente por la ciudadanía en listas abiertas.

Y también habría que impulsar reformas internas en los propios partidos. Por ejemplo, estableciendo primarias y listas abiertas para la elección de sus representantes. O por ejemplo, impulsando consultas a la militancia y a la sociedad de referencia. O, por ejemplo, con mejores mecanismos de rendición de cuentas, para que sus militantes y votantes sepan a quién pedir responsabilidades por una mala decisión o por una no-decisión.

En resumen, la fórmula para corregir la erosionada legitimidad de la política, pasa por la construcción de una mejor democracia sobre la transparencia, el debate crítico y la participación. Me permito la licencia de instar a la izquierda a que patente la fórmula, sea esta o cualquier otra. 



(Artículo publicado hoy en El Diario Vasco y en El Correo)

martes, 15 de enero de 2013

El regreso de Snowball (otro final para “Rebelión en la granja”).

DomigoEscandela. Escritor y militante socialista. Vitoria-Gasteiz.

“Pero no habían dado veinte pasos cuando se pararon bruscamente. Un enorme alboroto de voces venía desde la casa. Regresaron corriendo y miraron nuevamente por la ventana. Sí, se estaba desarrollando una violenta discusión: gritos, golpes sobre la mesa, miradas penetrantes y desconfiadas, negativas furiosas. El origen del conflicto parecía ser que tanto Napoleón como el señor Pilkington habían descubierto simultáneamente un as de espadas cada uno.
Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales, asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro”.
Cerdos mezclados con hombres, bebiendo, fumando, comiendo sobre la mesa, como humanos. Ni Napoleón, cerdo que lideraba la asonada, ni ninguno de sus compinches recordaban “Bestias de Inglaterra”, la canción que clamaba por la libertad animal. Ni Napoleón, ni ninguno de sus adláteres se acordaban de los siete mandamientos que entre todos los animales acordaron antes de emprender la rebelión contra los humanos. Ni Napoleón, ni ninguno de sus secuaces, recordaban que eran animales. Este es el final de “Rebelión en la granja”, genial novela de George Orwell -publicada en 1945-, que satiriza sobre la evolución de la revolución rusa, desde la búsqueda de la justicia social hasta la aventura hiperpresidencialista de Stalin, encarnado en la obra por el cerdo Napoleón.
Orwell, socialista democrático, reflexiona en su libro sobre la situación política de la URSS; ofrece una sátira certera sobre la devaluación de los valores izquierdistas por acción de unos dirigentes corruptos que se limitan a sustituir la vieja aristocracia zarista, por otra nueva, de origen proletario. El resultado es el mismo, y los cerdos se transforman en hombres, pervirtiendo valores como la libertad y la igualdad. La revolución terminó implosionada por un sanguinario dictador que acuñó frases como: “Las ideas son más poderosas que las armas. Nosotros no dejamos que nuestros enemigos tengan armas, ¿por qué dejaríamos que tuvieran ideas?”.
El cerdo Snowball –alter ego de León Trotsky-, representa todos los males para los partidarios de Napoleón-Stalin. Es el perfecto chivo expiatorio, a quien culpar de todos los problemas que aquejan al nuevo régimen revolucionario, ya que encarna los ideales puros con que fue concebida la revuelta izquierdista, y que, víctimas del nuevo sátrapa porcino, cayeron en el olvido.  En nada quedaron las palabras con que Mayor –proyección ficticia de Lenin-, el anciano cerdo muerto antes de la rebelión, advertía a los animales: “En la lucha contra el Hombre, no debemos llegar a parecernos a él (…), no adoptéis sus vicios”.
Son muchos los que piensan que, con el tiempo, uno acaba convirtiéndose en lo que combate. Y, efectivamente, esto es lo que a la postre les ocurre a Napoleón y compañía, como refleja el pasaje con el que Orwell cierra su obra maestra. De modo que, ciertamente, el libro no invita a la esperanza… O tal vez sí.
¿Está el socialismo abocado al fracaso? Algunos estamos convencidos de que otro final para “Rebelión en la granja” es posible.  Y quizás Orwell también lo estaba. Porque no todos los cerdos orwellianos se corrompen; Snowball, quien planta cara a los humanos poniendo en riesgo su vida, quien jamás olvidó las palabras de Mayor, la letra de “Bestias de Inglaterra” y practicaba los siete mandamientos, no muere al concluir la novela. Tras ser desterrado, escapa y se convierte en una suerte de fantasma; una amenaza evanescente, más ficticia que real, para Napoleón y sus cerdos corruptos. Pero también un hálito de esperanza para los que añoran la verdadera revolución animal basada en un comportamiento democrático ejemplar. Nos gustaría pensar que, si Orwell no hubiera muerto cinco años después de haber publicado esta novela, habría escrito  otra titulada “El regreso de Snowball”. El británico nos ha dejado pero todavía tenemos tiempo. Escribámosla entre todos. Aquí y ahora.

(Artículo publicado hoy en Diario Noticias de Álava)

domingo, 6 de enero de 2013

Responsabilidad generacional

Juan Jacinto Muñoz Rengel

Nacidos casi a la par que la democracia, los miembros de mi generación llegamos al mundo con la idea de progreso cincelada en el subconsciente. Crecimos al mismo tiempo que se desarrollaba el Estado de bienestar, viendo cómo nuestras casas siempre se hacían más grandes, cómo los coches eran cada vez mejores, cómo casas y coches se multiplicaban. Esa parecía ser la norma que regía la vida de los hombres. Cursamos la educación obligatoria, y luego el bachillerato y el COU y la universidad, porque era lo que había que hacer. Fue más o menos entonces cuando empezamos a notar que algo no iba bien. Vivimos nuestra primera crisis, la que en 1993 dobló la tasa del paro. No supimos reaccionar, nunca pensamos que podía haber un abismo al final del camino, y, como había a quienes no interesaba que siguiera subiendo la cifra del desempleo, seguimos estudiando y realizamos doctorados o pagamos los primeros másteres millonarios. En esa época, la realidad se estaba reconfigurando para nosotros. Aparecieron las primeras ETT, los contratos basuras, los contratos en prácticas, despertamos de repente en una espeluznante existencia de becarios, de trabajos temporales y de un paro disuasorio y recurrente.

No recuerdo que nadie, ningún representante, ninguna institución, ningún adulto, hubiese dedicado nunca unas palabras a dirigirse a mi generación, hasta que al fin logramos cierto poder adquisitivo. Entonces fue cuando la publicidad empezó a hablar como nosotros y a utilizar cualquier recurso nostálgico para hacernos desembolsar nuestras parcas ganancias. Después, nos lanzamos a la aventura de comprar casas. Era lo que había que hacer, comprometerse con una hipoteca. Nos lo decía la sociedad, nos lo decían los políticos, nos lo decían y repetían nuestros padres. Nuestros padres pertenecen a la generación que fue hippie en los años sesenta, eran parte de ese movimiento que promulgaba estilos de vida alternativos y se oponía al consumismo y al sistema capitalista. Nuestros padres, la gente de su edad, son los hippies que desde hace décadas nos gobiernan y ostentan los cargos de poder, la misma generación que nunca impuso límites al capital, que desde la izquierda y desde la derecha ha permitido la expansión del capitalismo más salvaje de toda la historia de la humanidad, que ha liderado el desmantelamiento del Estado de bienestar, que ha consentido la subversión de la democracia, ha desactivado la capacidad de participación ciudadana y ha confundido Europa con una moneda.

Pero que nadie me entienda mal. De todos, los peores somos nosotros, peores con creces que nuestros predecesores. Mi generación se ha limitado a hacer siempre lo que se suponía que debía hacer. Cuando nos dijeron que estudiáramos, estudiamos. Cuando nos dijeron que compráramos, compramos. Los más borregos entre los borregos, educados para cosechar las mieles de una felicidad anodina, ni siquiera hemos protagonizado un breve episodio luminoso. Por miedo, por una incapacidad para afrontar el sentimiento de culpa, o la responsabilidad, o sencillamente por pereza, nunca hemos hecho nada. Tan solo obedecer.

En cambio, ha sido la generación inmediatamente posterior —esa que algunos llaman generación ni-ni y otros, generación perdida— la que, cuando la nueva crisis mostró sus fauces y nosotros volvimos a perder una vez más nuestros trabajos, se echó a la calle y dio forma al único gesto con algo de sentido en todos estos años: el 15-M.


Quiero pensar que mi generación, esa que accedió a pagar un sueldo íntegro por una vivienda, en propiedad o de alquiler, esa que no salió a la calle cuando su precio se multiplicó por diez, esa que sigue votando a los mismos políticos que lo promovieron y que ahora nos dicen que sobreestimamos nuestro poder adquisitivo, los está apoyando. Quiero pensar que estamos con ellos, que vamos a seguirlos. Que mientras las clases políticas afianzadas en el poder procuraran su descrédito, mientras llaman antisistemas a universitarios sin trabajo, a investigadores que emigran al extranjero, a funcionarios que pierden pagas y derechos, a trabajadores cualificados víctimas de un ERE, a hombres y mujeres normales que se arrojan por la ventana ante un desahucio, mientras nuestros gobernantes sólo se preocupan por no perder sus sueldos obscenos, sus futuros cargos como consejeros en bancos y empresas energéticas, mientras toman las medidas que nos abocan a la catástrofe, mientras se indulta a los corruptos condenados por los tribunales, mientras se ceden a la banca decenas de millones de euros de los ciudadanos, a la misma banca inclemente que fuerza los desahucios, a la misma banca magnánima que condona la deuda a los partidos políticos, mientras todos los sacrificios se exigen a los más débiles, mientras los defensores del sistema van a reventarlo todo desde dentro, por implosión, llevando al extremo sus mecanismos más perniciosos, mientras el sistema se suicida y a nosotros nos suicidan, mientras ocurre todo eso, mi generación está más y más concienciada de que esta vez hay que hacer algo.

Eso quiero pensar, que mi generación está ahí, con los más jóvenes, dispuesta por fin a protagonizar el cambio. Y que muy pronto estará también ahí con nosotros la generación de nuestros padres. Hombro con hombro, todos juntos, antes de que sea demasiado tarde. Antes de que sean nuestros abuelos los que tengan que campar al raso para reclamar su derecho a la jubilación o a una vivienda. Cuando todavía queda algo por lo que luchar.
(Este es un artículo publicado hoy, 6 de enero de 2013, en El País. Juan Jacinto Muñoz Rengel acaba de publicar El asesino hipocondríaco.)